Capítulo 4
El dolor era insoportable.

Con los recuerdos mezclándose con la realidad, Natalia deseó morir. Su cuerpo reaccionó por instinto y se retorció con violencia, pero las correas estaban ajustadas al máximo. Al resistirse, las correas se le hundieron en la piel, abrieron heridas entrecruzadas y la sangre empezó a correr por los bordes de la camilla.

Varias personas la inmovilizaron a la fuerza.

La corriente le atravesó el cuerpo de la cabeza a los pies. Natalia se mordió el labio inferior para soportarlo hasta que la boca se le llenó de un sabor metálico.

—¡Aaah! ¡Aaah!

Durante un día y una noche enteros, sus gritos fueron apagándose hasta convertirse en simples jadeos. Cada vez que perdía el conocimiento, le arrojaban agua fría para despertarla y luego volvían a aplicarle las descargas. El ciclo se repitió una y otra vez.

Al final, la arrojaron de vuelta a la habitación de su padre.

Le lanzaron el celular a la cara. El golpe la hizo reaccionar. Con dificultad, levantó la cabeza y comprobó que su padre volvía a estar conectado a todos los aparatos y que sus signos vitales estaban estables. Entonces logró respirar aliviada.

En ese momento, el celular sonó con un mensaje de Andrea. Era la fotografía de un diario amarillento.

¡El diario de Natalia!

El mensaje decía:

"Rafael estuvo a punto de quemar esta basura. Yo fui tan considerada que la guardé para ti. Así que lo que más deseabas era contemplar la aurora austral con Rafael. Qué coincidencia. ¿Adivinas dónde estamos?"

A continuación llegaron decenas de fotografías. En todas, Rafael y Andrea aparecían abrazados bajo la aurora, íntimos y enamorados.

Rafael incluso había hecho que bautizaran un asteroide con el nombre de Andrea.

Contemplar una aurora junto al hombre que amaba era uno de los sueños que Natalia había escrito de su puño y letra.

Ahora todo le pertenecía a Andrea.

Con el rostro inexpresivo, Natalia se concentró en cuidar a su padre. Mientras Rafael estaba de viaje, se puso en contacto con un centro de cuidados en el extranjero y firmó por internet el acuerdo de admisión.

Los mensajes de Andrea, en los que presumía de su viaje con Rafael, no cesaron. Los dos visitaron primero unas cataratas y después una isla…

Uno tras otro, los sueños que Natalia había escrito en su diario se hacían realidad para Andrea.

Cada vez que ellos llegaban a un nuevo destino, Natalia quemaba otro de los recuerdos que conservaba de Rafael.

El día en que le confirmaron que el divorcio había sido concedido, Natalia quemó las últimas fotografías en el patio de la mansión.

Las llamas ardían con fuerza en el brasero cuando una voz furiosa sonó detrás de ella:

—¿Qué estás haciendo?

Rafael irrumpió fuera de sí y le dio una patada en el abdomen.

—¿Por fin dejaste de fingir? ¿Ahora que ya no puedes sacar más dinero, hasta estos recuerdos te estorban?

Natalia salió despedida. La espalda chocó contra una columna de mármol y el impacto le sacudió el pecho. Escupió una bocanada de sangre que le tiñó los labios y los dientes de rojo, pero habló con una serenidad que nunca antes había tenido.

—Si los guardo, ¿no crees que a Andrea le molestará verlos?

Hizo un esfuerzo por incorporarse y se alejó dando tumbos.

Rafael se quedó mirándola. Solo entonces reparó en lo mucho que Natalia había adelgazado. La ropa le quedaba holgada y, con cada paso, Natalia parecía a punto de quebrarse al menor roce.

El corazón se le contrajo y una angustia inexplicable lo invadió. Corrió tras ella y la abrazó con fuerza por la cintura.

—Me rindo. Dejemos de pelear, por favor.

Aquella inusual dulzura la dejó rígida y su corazón comenzó a latir con violencia.

Pero, al instante siguiente, el celular de Rafael sonó antes de que ella pudiera responder.

La voz angustiada de Andrea salió del auricular:

—Rafael, alguien me está siguiendo. Tengo mucho miedo. Ven a salvarme.

El rostro de Rafael cambió. Sin vacilar, soltó a Natalia y se marchó.

—No tengas miedo. Ya voy.

Cuando el patio volvió a quedar vacío, Natalia seguía inmóvil. Aún conservaba en el cuerpo el calor de aquel abrazo, pero su corazón estaba helado.

Al cabo de un momento, soltó una risa baja y se dio una bofetada con todas sus fuerzas. El chasquido resonó en el patio.

—Te lo mereces. ¿Cómo pudiste estar a punto de ceder otra vez?

Ya no importaba. Solo faltaban dos días para que se marchara para siempre con su padre.

Esa noche se acostó como de costumbre. Apenas había empezado a quedarse dormida cuando alguien la levantó de un tirón y le arrojó a la cara un vaso de café con hielo. El líquido le hizo arder los ojos.

La voz de Rafael sonó junto a ella, fría y cruel:

—¿Cómo te atreviste a mandar secuestrar a Andrea? ¿Ya olvidaste lo que te advertí la última vez?

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