Natalia abrió los ojos de golpe.
La sensación de asfixia aún persistía. Se apretó el pecho con ambas manos y observó el lugar con incredulidad.
—¿Despertaste?
La voz llegó desde la puerta. Un hombre distinguido y elegante entró con una palangana y una toalla para limpiarle el rostro.
—Llevas dos semanas inconsciente. El médico dijo que ya estabas fuera de peligro, pero seguías sin despertar. Parecía que habías perdido las ganas de vivir.
Natalia lo contempló en silencio mientras él se acercaba a