Capítulo 5
Natalia estaba completamente desconcertada.

—¡Yo no hice nada!

Apenas terminó de hablar, Andrea salió corriendo y la acusó a gritos, señalándola con el dedo.

—He cedido una y otra vez. ¿Por qué insistes en destruirme?

Se abrió la blusa y dejó al descubierto grandes moretones y sospechosas marcas rojizas alrededor de la clavícula.

—¿A esto le llamas no haber hecho nada? Si Rafael no hubiera llegado a tiempo, me habrían destrozado…

Al ver aquellas marcas, el rostro de Rafael se volvió aún más sombrío.

—¿Cómo pudiste? Ya te advertí que, si volvías a hacerle algo a Andrea, no te perdonaría. ¿Por qué te empeñas en desafiarme?

Natalia trató de explicarse con desesperación.

—¡Yo no fui! Puedes investigarlo. ¡No tuve nada que ver!

—¡Todavía te atreves a negarlo!

Con los ojos enrojecidos, él la sujetó por el cuello.

—De verdad creí que nuestro pasado ya no te importaba y que por eso habías quemado aquellas cosas. Ahora veo que solo pretendías que bajara la guardia para atacar a Andrea. ¿Olvidaste que todo lo que tienes te lo di yo? ¡No te doy dinero para que te enfrentes a mí!

Se volvió hacia sus hombres.

—Llévenla al club clandestino. Que allí le enseñen a obedecer al hombre que la mantiene.

A Natalia le zumbaban los oídos. Sentía la garganta cerrada y apenas podía respirar. Temblando de pies a cabeza, soltó una risa incrédula.

—¿De verdad vas a enviarme a un lugar así?

Él la miró con frialdad. Su voz no mostró la menor emoción.

—Debiste saber que pagarías las consecuencias desde el momento en que lastimaste a Andrea.

El corazón de Natalia se desgarró.

El club clandestino era conocido como un infierno en la tierra: de cada diez mujeres que entraban, nueve morían y la décima perdía la razón. Nadie salía intacta.

¡Y Rafael estaba dispuesto a llegar tan lejos por Andrea!

Con los ojos rojos, Natalia reunió todas sus fuerzas para apartarlo de un golpe. Corrió hacia la mesa, tomó el cuchillo para pelar fruta que había sobre un plato y apoyó la hoja contra su garganta.

Habló con la voz quebrada:

—Si vas a enviarme allí, será mejor que me mates ahora mismo.

Las pupilas de Rafael se contrajeron. Quedó paralizado, con los ojos llenos de un terror y una preocupación imposibles de ocultar.

—¡No hagas eso! No te precipites. Podemos hablar…

Andrea se dio cuenta de que Rafael estaba a punto de ceder y endureció el gesto. Apretó los dientes y corrió llorando hacia el balcón, interrumpiéndolo.

—¡Olvídalo! Yo soy una cualquiera. ¿Cómo podría permitir que la distinguida Natalia pagara por lo que me hizo? Ella solo está fingiendo y tú vuelves a creerle. Pero después de semejante humillación, ¡la que de verdad no puede seguir viviendo soy yo!

Tras decirlo, se subió a la baranda y saltó desde el segundo piso.

El golpe retumbó en el patio. Su cuerpo cayó entre los arbustos.

—¡Andrea!

Rafael lanzó un rugido desgarrador y salió corriendo, tambaleándose.

Natalia seguía aturdida. Bajó el brazo sin fuerzas y solo reaccionó cuando el cuchillo cayó al suelo. Entonces salió detrás de él.

Andrea yacía en medio de un charco de sangre. Como la altura no era excesiva y los arbustos amortiguaron la caída, estaba herida, pero consciente.

Se acurrucó débilmente entre los brazos de Rafael y sollozó:

—No te preocupes por mí. Déjame morir…

Él la abrazó con angustia, el rostro tenso.

—¡No digas tonterías! No volveré a tolerarle nada a Natalia. Te prometo que haré justicia. Resiste un poco más, la ambulancia ya viene.

Andrea alzó lentamente la mirada por encima del hombro de Rafael y observó a Natalia, que estaba a poca distancia. En su rostro pálido apareció una sonrisa cruel y sus ojos brillaron con una burla triunfal, como si le dijera en silencio:

"Estás acabada".

Cuando llegó la ambulancia, Rafael levantó a Andrea en brazos. Antes de irse, miró a Natalia sin una pizca de calidez.

—¿Qué esperan? ¡Llévenla al club!

Los guardaespaldas se abalanzaron sobre Natalia y la inmovilizaron contra el suelo antes de que pudiera reaccionar. Su mejilla quedó presionada contra una piedra afilada que le abrió la piel de inmediato.

Rafael la contempló desde arriba. Vio la sangre correr por su rostro, pero no mostró compasión.

—En tres horas ordenaré que te dejen salir. Aprende bien esta lección y no vuelvas a desafiarme.

Se marchó sin mirar atrás.

Los guardaespaldas levantaron a Natalia a la fuerza, la llevaron al club clandestino y la arrojaron dentro de aquel recinto helado.

En cuanto la puerta se cerró, se encendieron las luces. Más de diez hombres con látigos en las manos comenzaron a acercarse lentamente.

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