Capítulo 2
Cuando Natalia salió del edificio, una tormenta azotaba la ciudad. La lluvia golpeaba con fuerza el suelo y ella, parada al borde de la calle, no pudo evitar estremecerse.

Rafael la llamó. Su tono burlón estaba cargado de malicia.

—¿Disfrutaste llevándote todo lo que quisiste?

Tras unos segundos de silencio, Natalia preguntó con voz ronca:

—¿Qué necesitas?

—¿Qué necesito? —se mofó él—. De verdad no tienes remedio. Ya que aceptaste mi dinero, vuelve a casa ahora mismo y deja impecable el dormitorio principal. Andrea se quedará conmigo esta noche.

Aunque ya había decidido divorciarse, a Natalia se le encogió el corazón. Tuvo que contener las ganas de llorar antes de contestar en voz baja:

—Está bien.

Su docilidad, lejos de satisfacer a Rafael, avivó su furia.

—Muy bien. Está claro que por dinero eres capaz de soportar cualquier humillación.

Colgó de inmediato.

La lluvia caía a cántaros. Natalia permaneció inmóvil bajo el aguacero, incapaz de reaccionar, hasta que una mujer que pasaba por allí le tocó el hombro con preocupación.

—Señorita, ¿qué le pasa? ¿Se encuentra bien?

Solo entonces volvió en sí. Un dolor punzante le atravesó la palma: había apretado el celular con tanta fuerza que el borde metálico le dejó una herida sangrante rodeada de moretones.

Así que sus palabras todavía podían dolerle tanto.

Cuando llegó a casa, estaba empapada. Quería darse una ducha caliente antes de arreglar el dormitorio principal, pero al poner el dedo sobre la cerradura inteligente, el sistema lanzó una alerta por intento de intrusión.

Natalia se quedó paralizada. Tardó varios segundos en comprender que le habían retirado el permiso de acceso.

Bajó la mirada con una sonrisa amarga y llamó suavemente a la puerta. Nadie respondió. Tocó el timbre más de diez veces, sin obtener respuesta.

En medio de aquella tormenta, con la camiseta de manga corta empapada, permaneció acurrucada durante dos horas en un rincón junto a la entrada.

Temblaba de frío, pero su temperatura corporal no dejaba de subir y sufría oleadas de mareo.

Por fin, la puerta se abrió con un chirrido. El mayordomo salió con el rostro impasible y la miró desde arriba, sin el menor asomo de compasión.

—Señora, ya puede entrar. El señor dijo que, si acepta el dinero de la familia Montes, debe obedecer sus reglas. Estas dos horas fueron un castigo leve. Esperamos que, de ahora en adelante, se comporte como corresponde.

El rostro de Natalia estaba tan pálido como el papel. La fiebre ya le impedía pensar con claridad, pero entendió una cosa: Rafael había ordenado que la dejaran afuera para que se congelara.

Soltó una risa desolada, se puso de pie con dificultad y entró en silencio.

A pesar de la fiebre, se duchó, se cambió de ropa y, a duras penas, terminó de arreglar el dormitorio principal. Intentó volver a la habitación de invitados, pero se desplomó en el suelo y perdió el conocimiento.

En medio del delirio, pasaba de un calor insoportable a un frío que la hacía temblar. Sentía que se asfixiaba, pero no conseguía despertar.

De pronto, alguien la sujetó del cabello, la levantó del suelo de un tirón y le dio dos bofetadas.

El grito de Andrea resonó por toda la mansión. Medio desnuda, se cubría el pecho; detrás de ella había un reguero de prendas que comenzaba en el pasillo y terminaba dentro del dormitorio.

Rafael miraba a Natalia con los ojos desorbitados por la rabia.

—¿Qué haces tirada en el piso de mi dormitorio? ¿Pretendías humillar a Andrea?

Natalia terminó de despertar. Se había desmayado antes de poder salir del dormitorio. Por la ropa esparcida desde el pasillo, dedujo que Rafael y Andrea habían llegado hasta allí besándose y quitándose la ropa.

Con el rostro rojo y los ojos llenos de lágrimas, Andrea sollozó:

—Lo hizo a propósito.

Rompió a llorar y corrió hacia la puerta, pero tropezó y estuvo a punto de caer. La mirada de Rafael se ensombreció. Se apresuró a sostenerla y luego le gritó a Natalia:

—¡Lárgate!

Andrea, sin embargo, forcejeó entre llantos. Agarró cuanto encontró a su alcance y lo lanzó en todas direcciones.

Un florero de cristal golpeó a Natalia de lleno en la frente y se hizo añicos. La sangre le corrió por las mejillas. La fiebre ya la tenía mareada, y el dolor casi la hizo caer de rodillas. Desorientada, se llevó una mano a la herida.

Recordó que, en el pasado, cada vez que le subía la fiebre, Rafael sufría tanto por ella que incluso entraba en la cámara frigorífica para enfriar su propio cuerpo y después regresaba para abrazarla con fuerza.

—Verte enferma me duele más que la muerte. Si pudiera, soportaría todo esto por ti.

Pero aquella ternura había desaparecido hacía mucho. Solo quedaba un tormento cada vez más cruel entre los dos, como si aquello no fuera a terminar hasta que uno muriera.

Al ver lo débil que estaba Natalia, el rostro de Rafael se tensó y sus manos se cerraron de manera inconsciente. Estaba a punto de acercarse cuando la voz ofendida de Andrea lo detuvo.

—Será mejor que me sueltes y me dejes ir. Antes, por lo menos, ella se arrodillaba y no se atrevía a levantar la cabeza. Pero hoy se quedó mirándonos sin disimulo. Solo quería humillarme y recordarme que este es su dormitorio y que yo no merezco entrar.

Rafael la levantó entre sus brazos y le besó la coronilla con ternura.

—No te enojes. Yo haré que pague por esto. Ven, siéntate en la cama. Déjame el resto a mí.

Apartó a Natalia de un golpe y se acercó a la cama. Ella retrocedió varios pasos tambaleándose hasta que la espalda chocó con la esquina de un mueble bajo. Una punzada le recorrió el cuerpo y cayó sentada en el suelo, humillada, como si ella fuera la amante despreciable y sucia.

Soportó el dolor y consiguió levantarse.

—No lo hice a propósito. Me sentía mal…

—¿Te sentías mal? —la interrumpió Rafael, con el rostro lívido—. ¿Ahora ni siquiera te esfuerzas en inventar una excusa decente porque ya cobraste? Siempre has sido repugnante.

Natalia se quedó inmóvil, sin saber qué más decir para defenderse.

La furia de Rafael aumentó al verla callada.

—¿Ya no tienes nada que decir? Muy bien. Si tú cometes una falta, tu padre pagará las consecuencias. ¡Que alguien avise al asilo! ¡Que le den a mi querido suegro el trato que se merece!

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