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Renací para Dejar de Amarte

Renací para Dejar de AmarteES

Andrea Santos  Completo
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Resumen
Índice

Yo, Adela Serrano, fui la esposa de Adrián Valverde. Nos casamos cuando ambos éramos muy jóvenes. El día de su muerte, el reino entero guardó luto y su majestad le concedió póstumamente el título de marqués de la Frontera. Yo creía que, para él, aquella había sido una vida plena. Hasta que ordené sus pertenencias. Sin querer, hice caer al suelo una pila de manuscritos con las esquinas desgastadas. Al hacerlo, una vieja caja de madera que estaba detrás también se volcó y dejó varias cartas esparcidas a mis pies. Me agaché a recogerlas. En aquellas hojas amarillentas, cada palabra estaba dedicada a la misma persona; todas comenzaban con el mismo deseo: que ella se encontrara bien cuando las recibiera. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me quedé inmóvil, helada por lo que acababa de descubrir. Cuando yo tenía diecisiete años, Adrián viajó por orden del rey a las provincias del sur para contener unas inundaciones. A su regreso trajo consigo a Lucía Ferrer y me aseguró que solo quería recompensarla por haberle salvado la vida. Consumida por los celos, armé una escena desesperada y amenacé con quitarme la vida hasta obligarlo a enviarla lejos. Después, Adrián me abrazó con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. —Adela, no vuelvas a asustarme así. Solo te quiero a ti. Durante el resto de mi vida, no querré a nadie más. ¿Está bien? Desde entonces, nunca hubo otra mujer a su lado. Sin embargo, mientras contemplaba las apasionadas promesas de amor que cubrían aquellas cartas, sentí que los ojos me ardían. Cuando volví a abrirlos, había regresado al día en que Adrián llevó a Lucía a nuestra casa.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Una ráfaga recorrió la galería. Frente a mí estaba de nuevo aquel rostro joven que aún conservaba cierta inocencia.

Adrián no dejaba de contarme cómo, cuando estuvo en peligro en el sur, Lucía lo había cuidado y ayudado una y otra vez. En mi vida anterior no había sabido reconocer la ternura que desbordaba su mirada al hablar de ella. Esta vez, al ver sus ojos llenos de esperanza, toda la obstinación y la rabia que llevaba dentro se disiparon de pronto.

Hablé en voz baja; mis palabras casi se perdieron en el viento.

—La señorita Ferrer parece una buena mujer. Deja que se quede a tu lado para atenderte.

***

El patio quedó en silencio.

La sonrisa de Adrián desapareció. Se acercó despacio y, después de un largo momento, sacó del interior de su túnica una peineta de jade blanco. La había mandado hacer para mí con el dinero que había ahorrado antes de casarnos; era el símbolo de nuestro compromiso.

—No pretendo casarme con ella. ¿Ya olvidaste que te prometí amarte solo a ti hasta el final de nuestros días?

Amarme solo a mí.

Bajé la mirada y esbocé una sonrisa amarga.

En mi vida anterior, después de que lo obligué a alejar a Lucía amenazándolo con mi propia muerte, Adrián cambió. Se volvió cada vez más reservado. Trabajaba para la corte durante el día y pasaba las noches en el estudio, o encontraba cualquier pretexto para viajar. Cada vez que le preguntaba por qué, respondía que sus deberes lo mantenían ocupado.

En las reuniones sociales, las damas de las familias más distinguidas me felicitaban. Alababan la entrega de mi esposo al reino y aseguraban que le esperaba un futuro brillante. Yo era tan ingenua que les creía. No veía la lástima ni la pena escondidas detrás de sus halagos.

Solo lo comprendí después de leer aquella gruesa pila de cartas y descubrir que Adrián y Lucía se habían escrito durante años para confesarse lo que sentían.

No había permanecido conmigo porque deseara compartir la vida con una sola mujer. Se había resignado. No era a mí a quien amaba de verdad.

Con mis escenas, mis lágrimas y mis amenazas de muerte, yo había agotado todo el amor que alguna vez sintió por mí. Incapaz de vencer mi obstinación y de abandonar a la mujer con la que se había casado tan joven, reprimió lo que sentía por Lucía y permaneció a mi lado por puro deber.

Guardé silencio durante mucho tiempo.

Adrián apretó la peineta entre los dedos y un destello de inquietud cruzó su rostro. Antes, cuando yo callaba, siempre lo hacía porque estaba profundamente herida. A él le bastaba armarse de paciencia, hablarme con dulzura y besarme. Pero esta vez mi calma era demasiado extraña.

Se inclinó hacia mí y tanteó el terreno.

—¿Estás enojada? Si no quieres que se quede, la enviaré lejos ahora mismo. Siempre serás la única mujer a mi lado.

Su voz aún tenía la sinceridad insegura de un muchacho. En mi vida anterior ya me habría arrojado a sus brazos. Ahora, al contemplar aquellos ojos tan tiernos, solo sentía un cansancio inmenso.

—No estoy enojada. De verdad creo que la señorita Ferrer es una buena mujer. Si ella te acompaña, yo también me sentiré más tranquila.

Adrián se quedó desconcertado.

—¿Hablas en serio?

Sentí un vacío en el pecho. Lo miré a los ojos y recordé las palabras del médico de la corte en mi vida anterior.

—El señor Valverde lleva demasiado tiempo consumido por la angustia. Su dolencia tiene una causa emocional y ya no hay medicina capaz de salvarlo.

Había muerto con apenas treinta años. Al recordarlo, decidí dejarlo ir.

—Llevamos más de dos años casados y no he podido darte descendencia. He fallado en mi deber como esposa. No quiero que algún día te quedes sin heredero.

Por su rostro pasaron la sorpresa, el dolor y una alegría casi imperceptible. Abrió la boca, pero al final no dijo nada. Solo depositó la peineta en mi mano y cerró mis dedos sobre ella.

Lucía se había arrodillado en cuanto me oyó hablar. Cuando terminé, tenía los ojos enrojecidos y miraba a Adrián con una emoción difícil de ocultar.

Ya no pude permanecer allí. Inventé una excusa y me marché. Aún no había salido de la galería cuando escuché detrás de mí sus voces llenas de júbilo.

—Adrián, por fin voy a casarme contigo.

—Estoy tan feliz.

Huí de allí. Cuando por fin llegué a mi habitación, las piernas me fallaron y caí al suelo.

Yo había llegado a la capital a los diez años y, entre los jóvenes de mi edad, solo conocía a Adrián. No entendía las reglas ni los modales de las familias nobles, así que solía hacer el ridículo en los banquetes. Él siempre salía en mi defensa.

El año en que llegué a la edad de casarme, Adrián ganó la cacería de otoño. Cuando su majestad le preguntó qué recompensa deseaba, Adrián se arrodilló ante los ministros, los oficiales y las damas de la corte. Con todos los presentes por testigos, pidió casarse conmigo.

Por primera vez olvidé toda compostura y corrí a abrazarlo delante de todos. Aún recordaba las risas de aquel día y cómo el rey, complacido, dispuso que nos casáramos.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me las sequé antes de llamar a mi doncella personal.

—Clara, lleva mis documentos al Tribunal Real. Diles que, tras más de dos años de matrimonio, no he podido darle herederos a mi esposo y que solicito el divorcio por voluntad propia.

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