La marcha fúnebre resonó con tal fuerza que todas las miradas se desviaron hacia aquella inesperada procesión. La sonrisa de Adrián quedó congelada. Frunció el ceño, irritado.
—Jimena, ¿qué demonios pretendes?
—He venido a felicitarlo por su boda, señor Valverde. ¿No soy bienvenida?
Los curiosos nunca habían presenciado un escándalo semejante y comenzaron a comentar entre ellos.
—¿Esa no es la señora Rojas? Dicen que es íntima amiga de la primera esposa. Ha venido a defenderla.
—Por muy disgusta