Capítulo 3
A la mañana siguiente, el médico vino a informarme del estado de Adrián.

—El señor Valverde es fuerte. Los atacantes habían impregnado sus espadas con una potente sustancia paralizante y por eso quedó inmovilizado. Ya está fuera de peligro; después de unos días de descanso volverá a estar como antes.

Asentí y lo recompensé por sus servicios. Antes de marcharse, el médico reparó en mi aspecto y me aconsejó que cuidara también de mi salud.

Clara seguía indignada por mí.

—Hasta un extraño se da cuenta de lo pálida que está, pero el señor no le ha preguntado ni una sola vez cómo se siente desde ayer. Seguro que esa recién llegada lo tiene hechizado. Antes él siempre…

—Clara, mide tus palabras.

En cuanto terminé de hablar, se oyó una voz clara desde el patio.

—Llevo varios días en esta casa y todavía no había venido a saludarla. Le ruego que me disculpe, señora.

Miré a la mujer que se inclinaba ante mí. En mi vida anterior apenas la había visto una vez y solo recordaba su semblante sencillo. Ahora tenía las mejillas llenas de color y los ojos radiantes; parecía mucho más viva.

Le indiqué que se levantara y la dispensé de las formalidades. Luego pedí a Clara que sacara de mi joyero dos brazaletes sencillos de jade blanco para dárselos como obsequio de bienvenida.

Me disponía a marcharme cuando Lucía me detuvo.

—Señora, ¿podríamos hablar a solas?

Nos quedamos una al lado de la otra junto al sendero del jardín.

—Cuidé de Adrián durante tres meses en el sur. Al principio quiso darme dinero por haberle salvado la vida —dijo, observándome de reojo.

Como no respondí, continuó:

—Después alguien volvió a atacarlo y me interpuse para protegerlo. Él pasó toda la noche a mi lado y a la mañana siguiente dijo que me traería a su casa.

Tras un breve silencio, asentí.

—Está bien. Cuando lleves un tiempo aquí, le pediré que te reconozca como esposa con los mismos derechos que yo.

—Qué fría es usted —soltó de pronto.

Al volverme hacia ella, vi la rabia y el resentimiento en sus ojos enrojecidos.

—¿Por qué finge ser tan generosa? Adrián sufrió muchísimo lejos de casa y estuvo a punto de morir varias veces. ¿Por qué, al regresar, todavía tiene que soportar su desprecio? Es normal que un hombre de su posición tenga más de una mujer. Además, yo le salvé la vida. Nunca he intentado ocupar su lugar; solo quiero permanecer a su lado y cuidarlo.

Su voz adquirió más fuerza.

—¿Por qué siempre discute con él? Ayer resultó herido y usted ni siquiera fue a verlo. Pasó la noche enfermo, mirando hacia la puerta y esperando que apareciera. Usted no fue capaz ni de enviar a alguien a preguntar por él. Esta mañana seguía culpándose, temiendo haberla hecho enojar. Señora, si de verdad no puede aceptarme, regresaré al sur y no volveré a presentarme ante ustedes. Pero le suplico que lo trate con un poco de cariño.

Cada palabra parecía sincera. Cualquiera que nos viera habría creído que yo la maltrataba.

Contemplé a Lucía, que había vuelto a arrodillarse, y respondí con calma:

—¿Acaso las cosas no están bien así? A tu lado él encuentra consuelo para todo lo que cree sufrir conmigo. Muy pronto te entregará también el corazón.

Lucía alzó la cabeza, incrédula e indignada.

—¿Cómo puede pensar algo así de mí? Nunca he querido competir por su amor. Solo deseo que él viva mejor. ¿Por qué es siempre tan fría? Usted…

—¡Lucía!

Cuando Adrián llegó, la encontró de rodillas y frunció el ceño. Se apresuró a levantarla.

—¿Qué está pasando?

Lucía negó con la cabeza y le sonrió.

—Solo estaba hablando con la señora.

Él no le creyó. Su mirada recorrió mi rostro con evidente desconfianza.

—Adela, si tienes un problema, arréglalo conmigo.

No respondí; me limité a mirarlo. Aún tenía tos y sentí que el pecho me ardía al contenerla. Al final decidí no discutir.

—Ya están listas las invitaciones y los preparativos del banquete. Revísalos cuando puedas.

Me marché sin darle tiempo a contestar. Su voz airada resonó detrás de mí.

—¡Adela!

Esta vez no volví la cabeza.

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