Los sirvientes de los Rojas salieron varias veces, pero Adrián permaneció de rodillas, con el rostro cada vez más pálido. Después del mediodía comenzó a caer una lluvia torrencial. El agua golpeó sus heridas y formó un charco rojizo a su alrededor.
Pasó mucho tiempo antes de que la puerta volviera a abrirse. Jimena, protegida por un paraguas, lo miró desde lo alto.
—Adrián, Adela no volverá a verte. Está muerta.
Él se quedó inmóvil.
—Sé que me odias, Jimena, pero no puedes bromear con algo así.