Capítulo 10
Los sirvientes de los Rojas salieron varias veces, pero Adrián permaneció de rodillas, con el rostro cada vez más pálido. Después del mediodía comenzó a caer una lluvia torrencial. El agua golpeó sus heridas y formó un charco rojizo a su alrededor.

Pasó mucho tiempo antes de que la puerta volviera a abrirse. Jimena, protegida por un paraguas, lo miró desde lo alto.

—Adrián, Adela no volverá a verte. Está muerta.

Él se quedó inmóvil.

—Sé que me odias, Jimena, pero no puedes bromear con algo así.
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