No era una pregunta. Adrián lo había afirmado como si con aquellas palabras perdiera sus últimas fuerzas. Yo también me dejé caer sobre la cama.
Las velas se habían apagado. Nos contemplamos en la penumbra, a muy poca distancia.
Tenía razón. Desde el principio supe que fingía haber enloquecido.
Había acompañado a su padre y a sus hermanos a la guerra desde muy joven y presenciado escenas mucho más sangrientas. A los diez años vio cómo el enemigo los decapitaba ante sus ojos. Al día siguiente, si