Mundo ficciónIniciar sesiónElly Anderson alguna vez lo fue todo para Erick Vanderbilt. Ahora, Elly es solo la mujer a la que Erick desea destruir. Hace cinco años, Elly fue víctima de una traición que jamás cometió. Erick creyó en aquella mentira, y su vida se llenó desde entonces con la ambición de arruinar a la única mujer que lo amó sin condiciones. Lo que Erick nunca supo es que... Elly se marchó estando embarazada. Cuando vuelven a encontrarse, Erick se ha transformado en un hombre poderoso, frío y despiadado. Y al ver al pequeño niño que acompaña a Elly, asume que es el símbolo de la infidelidad de ella con otro hombre. Así comienza el castigo. Control. Amenazas. Herida tras herida. Erick ni siquiera duda ante la posibilidad de acabar con Felix. Hasta que, en un momento de desesperación e impotencia al ver la crueldad de Erick hacia el pequeño, Elly grita la verdad: —¡Él es tu hijo!
Leer más—¿Qué estás haciendo? ¡Maldita zorra!
El grito estalló en la quietud de la mañana. Elly no estaba del todo despierta cuando un tirón violento la arrancó de la cama, haciéndola caer de bruces sobre el suelo frío.
Un brazo se alzó y los dedos impactaron contra su mejilla; una bofetada seca golpeó su lado izquierdo, dejando un rastro de fuego instantáneo. La cabeza de Elly giró por el impacto y sus oídos comenzaron a zumbar con fuerza. Jadeando, levantó la vista y se encontró con Erick, su novio. Él estaba allí, de pie, con la respiración agitada y los ojos inyectados en sangre por la furia.
Elly estaba aturdida. El dolor en su rostro no era nada comparado con el horror que la invadió al darse cuenta de que estaba completamente desnuda. A su lado, en la cama revuelta, un extraño también desprovisto de ropa acababa de despertar, mirando a su alrededor con ojos parpadeantes y confundidos.
—Erick... —la voz de Elly tembló, casi devorada por el miedo. Se encogió en el suelo, intentando cubrir su cuerpo con manos que no dejaban de tiritar.
Sin prestarle atención, Erick se abalanzó sobre el desconocido. Se subió a la cama y descargó una lluvia de golpes incesantes. El sonido de los puños impactando contra la carne resultaba aterrador en aquella habitación silenciosa.
—¡Bastardo! ¡Te has acostado con mi mujer! —rugió Erick, fuera de sí. La sangre fresca comenzó a salpicar, manchando las sábanas blancas que ahora parecían un campo de batalla.
—¡Detente, Erick! ¡Vas a matarlo! —chilló Elly, histérica. Solo entonces él se detuvo. Con el pecho subiendo y bajando violentamente, Erick se giró hacia ella y, por primera vez, Elly vio la locura tras el rostro del hombre que tanto la había amado.
Erick se acercó y le apretó el brazo con tal fuerza que ella sintió que sus huesos se quebrarían.
—¿Tú lo ayudaste a robar mis diseños? —preguntó él en un susurro bajo y amenazante.
El corazón de Elly pareció detenerse. El hombre apaleado en la cama era el rival de negocios de Erick, el mismo que le había hecho perder una licitación millonaria tras robarle sus planos. Y lo más espantoso: aquel hombre había ganado el contrato bajo su propio nombre; el mismo hombre con el que Erick creía que ella lo había traicionado.
—Yo... no lo sé... No entiendo por qué estoy aquí —sollozó Elly, negando frenéticamente con la cabeza.
Erick soltó una risa amarga, un sonido que laceraba el alma. Le puso el teléfono frente a los ojos. En la pantalla, se veía a una mujer idéntica a Elly entrando en esa misma habitación de hotel.
—¡No! ¡Esa no soy yo! —gritó ella en una negación desesperada. Pero Erick arrebató el montón de ropa del suelo y se lo arrojó a la cara.
—¿Entonces esto no es tuyo? ¡¿Eh?! —rugió. Él la arrastró por el brazo, obligándola a ponerse de pie frente al hombre que ahora gemía de dolor—. ¡Este es el tipo que estaba contigo en el video!
El mundo de Elly se derrumbó. Las lágrimas brotaron sin control y su cuerpo sufrió convulsiones ante tan cruel acusación. Sin embargo, entre las ruinas de su realidad, una sombra cruzó por su mente: el rostro de la madre de Erick. Aquella mujer de mediana edad que, pocos días atrás, le había lanzado una gélida amenaza para separarlos a cualquier precio.
“Rómpe con Erick o usaré cualquier medio para apartarlos”.
La frase resonó con nitidez en su memoria. Elly lo comprendió todo en ese instante. No era una simple infidelidad; era la ejecución de su amor.
—Erick... perdón... perdóname... —Elly se desplomó, arrodillándose a sus pies.
—Perdón... te he traicionado —pronunció con voz quebrada. Aquella disculpa no era una confesión real, sino la elección de Elly de rendirse, sabiendo que jamás podría convencerlo.
Con los ojos rojos y empañados, Erick apartó su pie con brusquedad del abrazo de Elly, empujándola hacia atrás.
—Lo dejé todo por estar contigo... nunca imaginé que serías una traidora. ¡No vuelvas a buscarme jamás! —sentenció antes de marcharse, envuelto en una profunda frustración.
Elly quedó allí, temblando, mientras las lágrimas que había contenido caían como un torrente. Bramó de impotencia hasta que sintió que el pecho se le cerraba por la asfixia.
Horas más tarde, tras la partida de un Erick destrozado, su madre se presentó ante Elly, quien acababa de terminar de vestirse.
—Vete lo más lejos posible —dijo la mujer con frialdad, arrojando un sobre grueso sobre la mesa. Miraba a Elly como si fuera una mancha que ensuciaba su alfombra de lujo—. Jamás te aceptaría. Erick es el heredero principal, y por una mujer pobre como tú, renunció a su trono para ser un simple arquitecto mediocre. Eres el lastre de su futuro.
Aquellas palabras se clavaron en el plexo solar de Elly con más dolor que cualquier golpe. Sin más opciones, decidió desaparecer de la vida de Erick por el bien del futuro de él.
***
Cinco años después
—Elly, ¿te has enterado? ¡El dueño del hotel vendrá de visita y se hospedará aquí! —Agnes, su compañera de limpieza, se acercó con el rostro iluminado por el entusiasmo.
Elly solo esbozó una sonrisa tenue mientras seguía doblando toallas. Durante el tiempo que llevaba trabajando en aquel pequeño pueblo, nunca le había importado quién era el dueño. Su enfoque era uno solo: trabajar, cobrar su sueldo y volver al abrazo de su hijo.
—Agnes, tengo que ir a la Planta Club ahora mismo —dijo con calma, empujando su carrito hacia el ascensor.
Elly recorrió el pasillo con paso pausado. Se rumoreaba que el dueño llegaría pasado mañana, así que no tenía prisa. En esa localidad tan tranquila, rara vez había huéspedes capaces de alquilar la Suite Presidencial. El último piso solía ser silencioso como un cementerio.
Al girar en el pasillo que conducía a la suite, se permitió un momento de distracción. Su mente vagaba por la lista de compras que debía hacer con el saldo restante de su tarjeta de subsidio. No esperaba que hubiera nadie allí.
El estrépito de sus utensilios de limpieza cayendo al suelo rompió abruptamente su ensimismamiento. Se dio cuenta de que su carrito había chocado contra algo sólido. Elly se sobresaltó. Su mirada cayó sobre un par de zapatos de cuero relucientes y el bajo de un pantalón de tela costosa. Detrás del hombre, se erguían dos escoltas corpulentos.
—Lo siento, señor... fue sin querer —dijo Elly presa del pánico. Inclinó la cabeza profundamente, con el cuerpo temblando por el miedo a perder su empleo—. Perdone mi torpeza…
—No esperaba encontrarte aquí, Elly.
El mundo de Elly pareció dejar de girar. Aquella voz grave golpeó sus sentidos, enviando una oleada de trauma doloroso a través de su piel.
Lentamente, levantó la vista. Allí, a escasos centímetros, estaba Erick. Su antiguo amante la observaba con una mirada difícil de descifrar: fría, afilada y cargada de un rencor que amenazaba con estallar.
—Disóciame de mi desatino, me he demorado un tanto en consonancia con la hora en que me comprometí —articuló Lupe en cuanto la portezuela del apartamento de Elly franqueó el acceso.Lupe permanecía en el umbral adoptando un aliento sutilmente presuroso, custodiando aún su bolso de faena.—Carece de trascendencia —correspondió Elly.Desprovista de dilapidar vocablos, Elly avanzó un flanco de inmediato y entrelazó ambos brazos alrededor de la anatomía de Lupe.Sepultó el rostro en el hombro de su confidente, transmutando una facción de la fatiga y del pavor que desde el mediodía atenazaban su pecho.<
—Hola, Lupe —saludó Erick.Erick permanecía de pie ante el mostrador de la vitrina de cristal escalonada, inclinándose deliberadamente hacia el frente para interceptar la línea de visión de Lupe, quien se descubría organizando la hilera de repostería.Al tiempo que apoyaba uno de sus codos sobre la superficie del mostrador, le guiñó un ojo desplegando un ademán pausado y premeditado.Aquella disparatada acción la ejecutó Erick con el único despropósito de provocar una reacción por parte de la dama, quien figuraba en calidad de confidente íntima de Elly.Lupe interrumpió su actividad en el act
En cuanto Elly franqueó el acceso, se petrificó al contemplar a un varón de robusta constitución que portaba el uniforme oficial y la insignia del Tribunal de Familia.Permanecía erguido ante su umbral, custodiando en su poder una tabla de apoyo y un monumental sobre de manila lacrado.A la retaguardia del ujier, Elena permanecía de pie exhibiendo una gélida sonrisa de triunfo.—¿Señorita Elly Anderson? Comparezco en calidad de ministro de fe del Tribunal de Familia. Le hago entrega de una orden judicial dictada por el magistrado —anunció el uniformado empleando una rígida frecuencia barítona que, al instante, cercenó el suministro de aire en la cavidad torácica de El
—¡Jamás habría discurrido en mi fuero interno que la madre que me confirió la existencia fuera capaz de consumar una vileza de semejante calaña! —bramó Erick, al tiempo que rotaba la anatomía y abandonaba el recinto, clausurando la portezuela con una violencia descomunal.¡PUM!El rudo estrépito de aquella monumental hoja de madera resonó con fuerza, haciendo vibrar los muros de la estancia y dejando tras de sí una quietud sobrecogedora.Elena exhaló un prolongado suspiro, procurando restablecer el caótico ritmo de su corazón.Valiéndose de una extremidad que aún registraba un constante temblor, levantó su dispositivo telefónico para repasar de nueva cuenta el mensaje que examinaba en el preciso instante en que Erick había irrumpido en su despacho. La brillante pantalla del artefacto exhibía la instantánea del cadáver de un varón que había sido ultimado por arma de fuego, tendido en deplorables condiciones sobre el fango húmedo. Por debajo de aquella pavorosa imagen, un texto de nat





Último capítulo