El silencio en el recibidor era tan espeso que casi me asfixiaba.
Mi espalda seguía presionada contra la pared, exactamente en el mismo lugar donde, hacía veinticuatro horas, Alan me había acorralado para exigirme que me quitara su chaqueta. Ahora, quien me acorralaba era la mirada aterrorizada y furiosa de mi propia madre.
—Respóndeme, Adriana —exigió, su voz temblando, amenazando con romperse en cualquier momento—. Dime que no es él.
Tragué saliva. El nudo en mi garganta era del tamaño de una