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Capítulo 10 - Lo moralmente correcto

El silencio en el recibidor era tan espeso que casi me asfixiaba.

Mi espalda seguía presionada contra la pared, exactamente en el mismo lugar donde, hacía veinticuatro horas, Alan me había acorralado para exigirme que me quitara su chaqueta. Ahora, quien me acorralaba era la mirada aterrorizada y furiosa de mi propia madre.

—Respóndeme, Adriana —exigió, su voz temblando, amenazando con romperse en cualquier momento—. Dime que no es él.

Tragué saliva. El nudo en mi garganta era del tamaño de una roca, pero la adrenalina que aún corría por mis venas, alimentada por el fuego que Alan había dejado en mi cuerpo, me impidió bajar la mirada. Ya no era la niña insegura que se escondía detrás de la sombra de su mejor amiga.

—No te engañan tus ojos, mamá —respondí, mi voz saliendo mucho más firme de lo que esperaba—. Es Alan Brooks.

Mi madre cerró los ojos y dejó escapar un sonido ahogado, llevándose una mano al pecho como si le hubiera dado un golpe físico. Retrocedió un paso, negando con la cabeza.

—¿Te has vuelto loca? —susurró, abriendo los ojos de par en par, llenos de decepción—. Adriana, por el amor de Dios. Es el ex de tu amiga. El hombre por el que ella lloró mares en este mismo sofá. ¡Es un terreno prohibido! Hay millones de hombres en Roma, millones de hombres en el mundo, ¿y tienes que enredarte justo con el único que destruyó la paz de tu amiga?

El comentario fue la chispa que detonó la pólvora.

—¡Él no destruyó nada! —exclamé, alzando la voz lo suficiente para que la escuchara, pero manteniendo el tono bajo para no despertar a mi padre en la habitación contigua—. ¿De qué paz hablas, mamá? ¿De la paz que ella perdió porque no supo valorar lo que tenía enfrente?

Me separé de la pared, sintiendo cómo la furia y la necesidad de defenderlo me quemaban el pecho.

—Conoces la historia a medias porque solo escuchaste su versión llena de lágrimas —continué, acercándome a ella con pasos decididos—. Alan le entregó el mundo entero. Viajó, invirtió su tiempo, se humilló intentando arreglar malentendidos que ella misma provocaba porque no sabía lo que quería. Ella lo trató como si fuera una opción de segunda mano, mamá. Lo mantuvo en la incertidumbre mientras seguía atada a un ex que la trataba como basura.

—¡Ese no es el punto, Adriana! —replicó mi madre, cruzándose de brazos, a la defensiva—. Es el código entre mujeres. Es la lealtad. No te acuestas con el hombre que le rompió el corazón a tu amiga.

—¡Es que él no se lo rompió! ¡Fue ella quien lo hizo pedazos a él! —Solté un suspiro frustrado, pasándome las manos por el cabello rojo y desordenado—. Lo convirtió en un hombre de hielo. Lo obligó a blindar su corazón y a dejar de creer en todo porque le pagó su devoción con la peor de las traiciones.

Mi madre me miró en silencio durante unos largos segundos. La furia en su rostro comenzó a transformarse en una profunda preocupación maternal.

—Y por eso mismo deberías alejarte, hija —dijo, bajando el tono de voz, acercándose para tomarme por los hombros—. Si es un hombre de hielo, si está tan herido, solo te va a usar para vengarse de ella. Te va a destrozar, Adriana. Eres demasiado sensible, demasiado insegura para un hombre de ese calibre. Te va a devorar y te va a dejar vacía.

Sus palabras tocaron mis miedos más profundos, esos mismos monstruos con los que peleaba frente al espejo cada mañana. Pero entonces, el recuerdo de la calle, de la floristería, del auto, me golpeó con fuerza.

—No conmigo —susurré, mirándola directamente a los ojos, sintiendo que una lágrima rebelde se deslizaba por mi mejilla, no de tristeza, sino de pura convicción—. Conmigo no es de hielo, mamá.

Mi madre frunció el ceño, confundida.

—Tú no lo viste ayer —le expliqué, mi voz volviéndose un murmullo cargado de emoción—. Cuando se me rompió la ropa en medio de la calle y entré en pánico, no se burló. No me miró con lástima. Se quitó su propio traje, me cubrió para protegerme de las miradas y me hizo sentir como si fuera la mujer más hermosa y valiosa del mundo. Él ve en mí todo lo que yo misma odio. Y no voy a pedir perdón por eso.

Me zafé suavemente de su agarre.

—Sé que moralmente es un desastre. Sé que para la sociedad soy la peor amiga del universo —admití, sintiendo el peso de la realidad, pero negándome a dejarme aplastar por él—. Pero Alan Brooks es un hombre bueno. Y está soltero. Completamente libre. Mi amiga lo tiró a la basura porque no supo qué hacer con un hombre de verdad. Bueno, pues yo sí sé. Y él me quiere a mí. Está a mis pies, mamá. Y te juro por lo más sagrado que no voy a dejarlo ir solo para proteger el ego herido de una mujer que no lo supo amar.

Mi madre se quedó petrificada. Nunca, en mis veintiséis años de vida, le había hablado con tanta fiereza. Nunca había defendido algo —o a alguien— con tanta pasión.

El silencio volvió a reinar en el recibidor, pero esta vez ya no era asfixiante; era el silencio que sigue a una tormenta cuando el aire por fin se limpia.

Mi madre soltó un largo suspiro, luciendo repentinamente muy cansada. Negó con la cabeza lentamente, frotándose las sienes.

—Eres adulta, Adriana —dijo finalmente, con una resignación amarga—. No puedo prohibirte a quién ver o a quién meter en tu cama. Pero ten en cuenta algo: las decisiones que tomas en la oscuridad siempre terminan saliendo a la luz. Y cuando tu amiga se entere, porque se va a enterar, el escándalo va a ser monumental. Espero que ese hombre valga la pena el incendio que estás a punto de provocar en tu propia vida.

—Lo vale —respondí sin dudar un solo milisegundo.

Mi madre asintió débilmente, me dio la espalda y caminó hacia la habitación de invitados donde se quedaba con mi padre. Cerró la puerta tras de sí, dejándome completamente sola en la penumbra del recibidor.

Me quedé quieta durante un minuto entero, escuchando el latido desbocado de mi corazón. Lo había hecho. Había cruzado la línea y había defendido a Alan en voz alta. Hacerlo real frente a mi madre había roto el último hilo de culpa que me ataba al pasado.

Caminé hacia mi habitación, sintiendo una mezcla embriagadora de agotamiento y adrenalina pura. Cerré la puerta con seguro. Me apoyé contra la madera y me dejé resbalar hasta sentarme en el suelo, abrazando mis rodillas.

El aroma a sándalo que se había impregnado en mi uniforme de enfermera seguía ahí, volviéndome loca. Mi piel aún conservaba la memoria térmica de sus dedos acariciando mi muslo en el auto. Estaba ardiendo. Las palabras de mi madre sobre el "incendio" resonaban en mi cabeza, pero lejos de asustarme, solo me dieron más ganas de quemarme viva.

Mi teléfono móvil, que había tirado sobre la cama antes de salir a abrir la puerta, vibró de repente, iluminando la habitación a oscuras.

Me levanté del suelo casi de un salto. Agarré el aparato con manos temblorosas y desbloqueé la pantalla.

Era un mensaje de Alan.

«He sido un hombre prudente, educado y civilizado frente a tu madre. Me he comportado como el perfecto caballero que la sociedad espera que sea. Y ha sido la peor puta tortura de mi vida.»

Dejé escapar un pequeño jadeo, leyendo sus palabras. Podía escuchar su voz ronca pronunciándolas en mi mente.

El indicador de 'Escribiendo...' apareció de nuevo.

«Te di tu espacio para que lidiaras con el desastre. Pero mi paciencia se acaba de agotar de forma definitiva, Adriana.»

El corazón se me subió a la garganta. Mis dedos volaron sobre el teclado.

«¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, Alan?»

La respuesta no tardó ni cinco segundos. Fue cruda, directa y dictatorial. El veredicto final.

«Asómate a la ventana de tu habitación.»

Fruncí el ceño, confundida. Caminé descalza hacia la ventana que daba al callejón trasero del edificio, la misma por la que me entraba la luz de las farolas cada noche.

Descorrí la cortina lentamente y miré hacia abajo.

Ahí estaba.

Su deportivo oscuro seguía aparcado exactamente en la misma esquina, camuflado entre las sombras. Pero él no estaba dentro. Alan estaba de pie frente al auto, apoyado contra la carrocería, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando directamente hacia mi ventana del tercer piso. Se había quitado el saco y la corbata, y tenía los primeros botones de la camisa abiertos, luciendo como el pecado mismo encarnado en Roma.

El teléfono volvió a vibrar en mi mano. Bajé la vista hacia la pantalla iluminada.

«Baja, Adriana. Tienes exactamente tres minutos antes de que pierda lo que me queda de cordura, suba a ese apartamento, le diga buenas noches a tus padres y te saque de ahí yo mismo para llevarte a mi cama. Tú decides.»

Levanté la vista y miré hacia el callejón. Él levantó ligeramente el rostro, desafiándome desde la oscuridad.

No lo pensé. No evalué las consecuencias. Arrojé el teléfono sobre el colchón, me di la vuelta y corrí hacia la puerta de mi habitación, lista para entregarme al incendio.

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