Mundo ficciónIniciar sesiónLia lo perdió todo en un segundo: su prometido, su prima y su fe en el amor. Adrian lo tiene todo, excepto lo que su abuelo le exige para heredar su imperio: una esposa. Un contrato. Seis meses. Un compromiso fingido. Lo que empezó como un acuerdo de negocios para salvar a Adrian y darle estabilidad a Lia, se transforma en un campo de batalla emocional. Ella no sabe que él es el extraño con quien compartió una noche inolvidable, y él no sabe que la secretaria a la que desprecia es la mujer que no puede sacar de sus pensamientos. En un juego de apariencias, donde cada beso parece real y cada mentira duele, ¿podrán Lia y Adrian quitarse sus máscaras antes de que el engaño los destruya a ambos?
Leer más— La promesa rota
El reloj marcaba las siete y media cuando Lia Moretti apagó la pantalla de su computadora. El reflejo del monitor iluminaba su rostro cansado, pero en su mirada había algo distinto: una chispa de ilusión, un brillo de esperanza que la rutina no había logrado apagar. Esa noche quería sorprender a Daniel, su prometido. Llevaban semanas distantes por culpa del trabajo, y ella, en un arranque de nostalgia, había decidido revivir lo que los unía: el amor. Mientras recogía su bolso, repasó en su mente la idea que le parecía perfecta: una cena improvisada, un brindis con champán, risas hasta tarde. “Te amo. “No puedo esperar a verte”, le había escrito él esa mañana. Lia había sonreído al leerlo, sin sospechar que esas palabras se convertirían en una daga. Salió del edificio, y el aire fresco de la tarde le acarició el rostro. Caminó hasta una tienda cercana y, sin pensarlo demasiado, eligió una botella de champán francés. La dependienta le sonrió con complicidad. —¿Una ocasión especial? —preguntó. —Sí —respondió Lia con un hilo de voz—, voy a sorprender a mi prometido. Pagó, y mientras sostenía la botella entre sus manos, sintió un pequeño temblor de emoción. A veces los detalles más simples eran los que mantenían viva una relación. Esa noche quería recordarle a Daniel que el amor aún existía, que ella seguía ahí, creyendo en ellos. Durante el trayecto en coche, el tráfico parecía fluir con una suavidad inusual. Las luces de la ciudad titilaban como si el universo aprobara su plan. En la radio sonaba una canción romántica, y Lia la tarareó, imaginando la sonrisa de Daniel al verla llegar sin avisar. “Esta noche será nuestra.” Subió las escaleras del edificio con pasos rápidos, el corazón latiendo con fuerza. Sabía el código de la puerta; lo había memorizado desde hacía meses. Quería verlo sorprendido, feliz. Pero al abrir, el aire cambió. No había música, ni aroma a su perfume favorito, ni la calidez habitual del apartamento. Solo un silencio extraño, húmedo, que pesaba demasiado. Entonces lo oyó: un ruido ahogado, una respiración acelerada. —¿Daniel? —llamó, sonriendo aún, aunque algo dentro de ella empezó a inquietarse—. Amor, traje algo para ti. Nadie respondió. Avanzó un poco y lo primero que vio fueron unos zapatos rojos junto al sofá. Luego, una camisa rosada de mujer, arrugada, y un sujetador de encaje a pocos pasos. El corazón le dio un vuelco. La botella en su mano tembló. —No… —susurró, negando con la cabeza. Pero la negación se rompió en mil pedazos cuando escuchó una risa femenina, suave y contenida, seguida por la voz inconfundible de Daniel. El alma se le vació. Dio dos pasos más, y allí estaban. Daniel y Andrea. Su prometido y su prima, entrelazados en el sofá, desnudos, ajenos a todo. El cuerpo de él, la piel de ella, el sudor, las caricias… todo era demasiado real. Una escena imposible de borrar. La botella cayó. El vidrio se estrelló contra el suelo y el champán se esparció como una herida abierta. El sonido los despertó de su trance. Andrea chilló, cubriéndose torpemente con la sábana, mientras Daniel giraba el rostro, pálido, petrificado. —Lia… —tartamudeó—, no es lo que parece. Ella rio, una risa hueca, quebrada. —¿En serio, Daniel? ¿De verdad vas a decirme eso? Porque lo que parece es que te estás acostando con mi prima en el sofá donde me dijiste que me amabas. Andrea intentó hablar, su voz temblorosa. —Lia… yo… esto fue un error, no planeamos… —¡Cállate! —gritó Lia, con una furia que ni ella sabía que tenía—. ¡Tú eras como mi hermana! ¡Confiaba en ti! Andrea bajó la cabeza, y el silencio se llenó de respiraciones agitadas y de vergüenza. Daniel se puso los pantalones apresuradamente, sin atreverse a mirarla. —Escúchame, Lia —dijo al fin, con voz baja—. Fue un momento de debilidad. Las cosas entre nosotros estaban frías; tú trabajas todo el tiempo, y yo… —¿Y tú qué? —lo interrumpió ella, con los ojos enrojecidos—. ¿Decidiste calentar el vacío con mi sangre? ¡Porque eso es lo que hiciste, Daniel! ¡Te metiste en la cama con mi propia familia! —No lo digas así —replicó él, nervioso—. No fue planeado, pasó… —¡Pasó porque tú quisiste que pasara! —Lia dio un paso adelante, la voz cargada de rabia—. ¡Yo estaba aquí amándote, confiando en ti, soñando con un futuro, mientras tú me traicionabas a espaldas! Daniel levantó las manos, suplicante. —Lia, por favor. No arruines todo lo que tenemos por un error. Yo te amo, te lo juro. No quise herirte. Ella lo miró incrédula, soltando una carcajada amarga. —¿Amarme? ¿Así me amas? ¿Con ella? —apuntó hacia Andrea, que lloraba en silencio—. No sabes lo que es amar, Daniel. Lo tuyo es posesión, egoísmo. Él se acercó, intentando tocarla. Lia retrocedió bruscamente. —Ni se te ocurra. No me toques. No después de esto. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. No, aún no. Había algo dentro de ella que se estaba endureciendo, un instinto de defensa, una pared que se alzaba entre lo que fue y lo que quedaba. Andrea se levantó lentamente, envuelta en la sábana. —Lia… te lo ruego. Yo… no quería hacerte daño. Fue una confusión, un momento… —¿Confusión? —repitió Lia, con voz helada—. ¿Le quitaste la ropa por accidente? ¿Se cayó sobre ti por error? No me trates como una idiota. Andrea bajó la mirada, sin poder responder. Daniel la observó con rabia contenida, como si la culpa de todo fuera de ella. —Ya basta, Andrea —dijo con el ceño fruncido—. Vístete y vete. Lia lo miró horrorizada. —¿Eso es todo? ¿La echas ahora, como si fuera una desconocida? Daniel apretó los puños. —No quiero discutir más. Lo que pasó fue un error, y quiero arreglarlo contigo. Las palabras flotaron en el aire, absurdas, sin peso. Lia lo miró largo rato, en silencio. Luego habló con una calma que helaba. —No hay nada que arreglar. Lo único que rompiste fue el respeto, Daniel. Y sin respeto, el amor no sirve de nada. Se inclinó, recogió del suelo el anillo que había caído de su dedo al temblar. Lo sostuvo un segundo entre los dedos, observando cómo el metal brillaba bajo la luz del salón. Luego se lo arrojó con fuerza al pecho. —Quédate con esto. Te queda mejor que a mí. Él intentó detenerla cuando tomó su bolso, pero ella ya no escuchaba. Cada paso hacia la puerta era una batalla ganada contra el dolor. Cuando su mano tocó el pomo, se giró una última vez. —¿Sabes qué es lo peor de todo? —susurró—. Que mientras tú jugabas a destruir lo que teníamos, yo seguía creyendo que eras el amor de mi vida. Salió sin mirar atrás. El pasillo olía a flores y lejía. La botella rota aún chorreaba champán sobre el suelo del apartamento, como si el amor se derramara junto con los cristales. Afuera, el viento soplaba fuerte, y por primera vez en meses, Lia sintió frío de verdad. Caminó sin rumbo, con la mente nublada. En cada esquina, el eco de su propio corazón le recordaba una verdad que dolía aceptar: el amor puede prometer eternidad… hasta que un solo momento lo destruye todo. Esa noche, Lia Moretti dejó de ser la mujer que soñaba con una boda, y comenzó a ser la mujer que aprendería a sobrevivir a una traición. Y aún no lo sabía, pero ese vacío sería el camino hacia alguien que cambiaría su destino para siempre.Una semana entera de silencio absoluto en el plano personal había convertido el piso ejecutivo de las Empresas Valenti en un desierto de hielo. Siete días en los que Lia se había limitado a ser una sombra impecable detrás de su escritorio, cumpliendo cada orden con una precisión quirúrgica y manteniendo la distancia de seguridad que le había exigido a su jefe. Siete días en los que Adrián, consumido por la espera del informe de su investigador privado y por la humillante declaración de su secretaria sobre Fabián, se había refugiado en una frialdad ejecutiva que asustaba a sus propios socios de la junta.Aquella mañana de miércoles, el sol se filtraba con una timidez pálida a través de los enormes ventanales. Lia se encontraba de pie junto a su estación de trabajo. Vestía una blusa de seda blanca, abotonada de manera impecable hasta el cuello, y una falda lápiz de color gris marengo que delineaba sus curvas con discreción.Sin embargo, lo que rompía la monotonía del espacio no era el b
Lia no dijo una sola palabra más. Se giró sobre sus talones, abrió la puerta doble del despacho presidencial de un solo movimiento y salió al pasillo exterior, cerrando la puerta detrás de sí con un golpe seco y violento que pareció hacer vibrar los cristales templados del piso ejecutivo.Una vez que se quedó completamente solo en la inmensidad de su oficina, Adrián dio un puñetazo sutil pero firme sobre la madera de caoba, sintiendo que la rabia y la impotencia lo consumían por dentro.—¿Por qué diablos me siento así? —exclamó Adrián para sí mismo, su voz temblando de pura frustración—. ¿Por qué Lia me está volviendo loco de esta manera?Se dejó caer en su sillón de cuero, frotándose las sienes con ambas manos en un intento desesperado por disipar las imágenes de Lia sonriéndole a su primo Fabián en el pasillo. Cerró los ojos con fuerza, buscando en la oscuridad de su mente el ancla de lógica que siempre lo había guiado. Sin embargo, en cuanto sus párpados se cerraron, su pensamiento
Sin esperar una respuesta verbal de ella, ni dedicarle una sola mirada a Fabián, Adrián giró sobre sus talones y regresó por donde había venido, caminando con paso firme de regreso al despacho presidencial.Lia y Fabián se miraron en un silencio tenso.—Lo siento mucho, Fabián... debo ir —dijo Lia en un susurro, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en la garganta ante el inminente reclamo de su jefe.Fabián le dedicó una sonrisa suave, estirando la mano para darle un sutil toque de apoyo en el hombro.—No te preocupes, preciosa. Ve con cuidado. No voy a quitarte más tiempo de trabajo hoy para no causarte problemas con el ogro de tu jefe. Te llamaré al celular en cuanto termine la jornada para coordinar lo de nuestra cena. Mi propuesta sigue en pie para hoy en la noche. Nos vemos.Lia asintió con una leve sonrisa de agradecimiento, dejó la taza de café en una mesa lateral y caminó a toda prisa por el pasillo hacia la oficina presidencial. Al entrar, cerró la puerta de madera de
Lia se levantó de la silla con un movimiento rápido y elegante, negándose a permanecer un segundo más bajo la sombra física de su jefe.—Sí, señor Valenti. Lo he escuchado perfectamente —respondió ella, forzando a su voz a sonar gélida y profesional—. Le agradezco mucho que comparta conmigo sus preocupaciones sobre la seguridad y las intenciones del señor Fabián. Pero le aseguro que sé cuidarme perfectamente sola. No necesito que nadie me diga con quién debo o no entablar una conversación fuera de mi horario laboral.Adrián la observó con fijeza, la molestia dibujándose en sus ojos verdes ante el evidente rechazo de la joven. Justo cuando ella dio un paso hacia atrás para dirigirse a la salida, Adrián se movió con rapidez. Estiró la mano y la tomó suavemente, pero con firmeza de la muñeca, deteniendo su avance de golpe. El contacto físico fue como una descarga eléctrica para ambos; Lia dio un leve respingo, pero no forcejeó de inmediato.—Lia, espera... —dijo Adrián, su tono de voz ba
Último capítulo