Mundo ficciónIniciar sesiónLia lo perdió todo en un segundo: su prometido, su prima y su fe en el amor. Adrian lo tiene todo, excepto lo que su abuelo le exige para heredar su imperio: una esposa. Un contrato. Seis meses. Un compromiso fingido. Lo que empezó como un acuerdo de negocios para salvar a Adrian y darle estabilidad a Lia, se transforma en un campo de batalla emocional. Ella no sabe que él es el extraño con quien compartió una noche inolvidable, y él no sabe que la secretaria a la que desprecia es la mujer que no puede sacar de sus pensamientos. En un juego de apariencias, donde cada beso parece real y cada mentira duele, ¿podrán Lia y Adrian quitarse sus máscaras antes de que el engaño los destruya a ambos?
Leer másRenacer en lo inexploradoLa existencia habitual de Lia, modesta y sin complicaciones, empezó a transformarse aquella velada en la que, con el corazón desgarrado y tras haber disfrutado de varias copas, se vio envuelta en una apasionante aventura efímera con un desconocido.Debía dirigirse a su lugar de trabajo. Lia cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, deseando evadir la cruda realidad que le esperaba. La cama era amplia y, al observar el entorno, se dio cuenta de que estaba completamente sola. A pesar de sus esfuerzos por rememorar cómo había llegado a ese lugar, su mente permanecía vacía. El rostro y el nombre del hombre se habían desvanecido de su memoria; todo era un torbellino, sumido en una bruma de licor y sentimientos intensos.—Mmm... —Sus párpados le pesaban como si estuvieran cubiertos de oro, y su cuerpo se sentía rendido, como si hubiera pasado por una experiencia opulenta. ¿Acaso ya había llegado la mañana? Aquella cama era tan exquisita y acogedora que p
Al llegar a la pista, la música cambió a un ritmo más intenso y la pista de baile se llenó de parejas. De pronto, Lia lo vio frente a ella. Máscara negra, hombros anchos, porte imponente. Una sonrisa ladeada iluminó el rostro del desconocido, como si supiera un secreto que nadie más conocía.Él se inclinó apenas y su voz grave envolvió a Lia como un susurro: —Eres la mujer más hermosa de esta noche.El calor subió al rostro de Lia. Ella sonrió, sin poder evitarlo, y entonces él posó su mano firme en la cintura de ella. El corazón de la joven latió desbocado. "¿Quién es este hombre tan misterioso?", pensó. Su sola presencia parecía hipnotizarla.Los ojos de ella recorrieron el rostro del desconocido en busca de alguna pista: sus ojos verdes brillaban detrás de la máscara, su nariz recta y perfecta, sus labios finos, tentadores, tan cerca que la mente de ella solo podía imaginar cómo se sentirían sobre los suyos. Las manos de Lia, casi sin querer, descansaron en el pecho de él. Bajo la
Eres mía, Lia. “Para siempre”. La frase reverberaba en la mente de Lia como el eco de un trueno lejano. Sentía el frío del anillo deslizándose en su dedo, la promesa de eternidad estampada en metal helado. Se aferraba a la ilusión, a ese instante frágil en que el amor parecía indestructible, inmortal. Pero la sonrisa frente a ella se torcía. Las manos que un segundo antes la sostenían con ternura, ahora se convertían en sombras que la empujaban sin piedad hacia el abismo. Lia caía, y en medio de la oscuridad solo escuchaba su propio grito.—¿Por qué? —preguntó ella, con la voz quebrada, mientras el rostro de Daniel se distorsionaba, convirtiéndose en una máscara irreconocible.Lia despertó sobresaltada, jadeando, con el corazón a punto de estallar. El sudor le empapaba la frente y tardó varios segundos en distinguir el sueño de la realidad. La voz de su madre atravesó la niebla de su pesadilla, cálida y firme:—Lia, cariño, es hora de levantarse.Ella abrió los ojos y se obligó a resp
— La promesa rotaEl reloj marcaba las siete y media cuando Lia Moretti apagó la pantalla de su computadora. El reflejo del monitor iluminaba su rostro cansado, pero en su mirada había algo distinto: una chispa de ilusión, un brillo de esperanza que la rutina no había logrado apagar. Esa noche quería sorprender a Daniel, su prometido. Llevaban semanas distantes por culpa del trabajo, y ella, en un arranque de nostalgia, había decidido revivir lo que los unía: el amor.Mientras recogía su bolso, repasó en su mente la idea que le parecía perfecta: una cena improvisada, un brindis con champán, risas hasta tarde. “Te amo. “No puedo esperar a verte”, le había escrito él esa mañana. Lia había sonreído al leerlo, sin sospechar que esas palabras se convertirían en una daga.Salió del edificio, y el aire fresco de la tarde le acarició el rostro. Caminó hasta una tienda cercana y, sin pensarlo demasiado, eligió una botella de champán francés. La dependienta le sonrió con complicidad.—¿Una
Último capítulo