El clic de la cerradura principal sonó como el chasquido de un látigo.
En cuanto la puerta de servicio se cerró detrás de Alan, mi cerebro salió del estado de shock erótico y entró en modo de supervivencia absoluta. Estaba en el pasillo de mi propio apartamento, usando únicamente un conjunto de encaje negro que dejaba muy poco a la imaginación, los labios hinchados y el cuerpo ardiendo por el hombre que acababa de huir por las escaleras de emergencia.
—¡Sorpresa, hija! —La voz de mi madre reson