Mundo ficciónIniciar sesiónEl clic de la cerradura principal sonó como el chasquido de un látigo.
En cuanto la puerta de servicio se cerró detrás de Alan, mi cerebro salió del estado de shock erótico y entró en modo de supervivencia absoluta. Estaba en el pasillo de mi propio apartamento, usando únicamente un conjunto de encaje negro que dejaba muy poco a la imaginación, los labios hinchados y el cuerpo ardiendo por el hombre que acababa de huir por las escaleras de emergencia.
—¡Sorpresa, hija! —La voz de mi madre resonó en el recibidor en el instante exacto en que la puerta comenzó a abrirse.
Di un salto hacia atrás, como si me hubieran quemado, y corrí hacia mi habitación con una velocidad que habría envidiado cualquier atleta olímpico. Mis pies descalzos resbalaron ligeramente sobre la madera pulida, pero logré meterme en mi cuarto y cerrar la puerta de un empujón justo cuando escuché los pasos de mi padre en la sala.
—¿Adriana? —Llamó mi padre—. ¡Traje la lasaña del restaurante de Luigi! ¡Aún está caliente!
—¡Ya voy! ¡Un segundo, papá! —grité, con la voz un par de octavas más aguda de lo normal.
Tragué bocanadas de aire, apoyando la espalda contra la puerta de mi habitación. Me temblaban las manos. Me temblaban las rodillas. Aún podía sentir la presión de los dedos de Alan en mis muñecas y el peso abrasador de su mirada adorando mi cuerpo.
«Tu cuerpo es un puto milagro, Adriana».
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Negué con la cabeza violentamente, intentando disipar la neblina de deseo, y me abalancé sobre el armario. Agarré lo primero que encontré: unos pantalones deportivos grises holgados y una camiseta blanca enorme que me llegaba casi hasta los muslos. Me vestí a tropezones, sin siquiera quitarme la lencería de encaje negro de debajo.
Me miré en el espejo un segundo para arreglar mi cabello. Tenía las mejillas encendidas, de un rojo furioso. Me pasé el dorso de la mano por los labios, intentando borrar el rastro invisible de los besos que no llegaron a suceder pero que me habían dejado marcada.
Abrí la puerta y salí al pasillo, fingiendo la mejor sonrisa de niña buena que pude armar.
—¡Mamá, papá! ¡Qué sorpresa! —exclamé, caminando hacia la cocina.
Mi padre, un hombre robusto de sonrisa amable, estaba dejando una gran bandeja térmica sobre la isla de mármol. Mi madre, siempre elegante y observadora, se quitaba su abrigo ligero. Al verme, abrió los brazos.
—¡Mi niña! —Me abrazó con fuerza. Al soltarme, frunció el ceño ligeramente y arrugó la nariz—. Mmm... qué aroma tan peculiar hay aquí. Huele a tu café, pero también hay algo más... ¿Es colonia de hombre? Un aroma muy intenso. ¿Sándalo? ¿Madera?
El pánico me apretó la garganta. El perfume de diseñador de Alan había impregnado cada milímetro cúbico del apartamento, especialmente el pasillo donde me había acorralado.
—¡Oh! Es... es un ambientador nuevo —mentí, sintiendo cómo el calor subía de nuevo a mi rostro—. Sí, de esos de varitas de madera. Muy... europeo. Lo compré hoy.
—Pues es bastante fuerte, cariño. Pareciera que tuvieras a un hombre escondido por aquí —bromeó mi padre, abriendo la caja de la lasaña.
Solté una risa nerviosa que sonó más como un graznido.
—¡Qué cosas dices, papá! Vivo sola y muy tranquila.
Fue entonces cuando los ojos de mi madre se posaron en la esquina de la isla de la cocina. Su expresión cambió de la curiosidad a la sorpresa absoluta.
—Por Dios bendito, Adriana. ¿Qué es esta belleza? —Caminó hacia el enorme arreglo floral que Alan había comprado—. ¡Nunca había visto rosas de un rojo tan oscuro! Son espectaculares. Y lirios... Esto debe haber costado una fortuna.
Mi mente se quedó en blanco por un microsegundo. Las flores. La excusa patética que había iniciado todo este incendio.
—¡Ah! Eso... —Tragué saliva—. ¡Son para ti, mamá! Quería darte una sorpresa. Las fui a comprar justo esta tarde porque... bueno, porque sabía que te gustan los colores vivos. ¡Olvide que las había dejado ahí!
Mi madre se llevó las manos al pecho, genuinamente conmovida, pero su mirada afilada escaneó las flores con sospecha maternal.
—¿Para mí? Ay, mi amor, eres muy dulce. Pero... ¿rosas rojas pasión y lirios oscuros para tu madre? —Se giró hacia mí, levantando una ceja—. Estas no son flores de "te quiero, mamá". Estas son flores de "estoy perdidamente obsesionado contigo". ¿Hay algún admirador millonario que no nos has presentado, señorita?
—¡No, mamá, por favor! —Me apresuré a tomar platos de las alacenas para evadir su mirada escrutadora—. El florista me las recomendó. Era un arreglo que ya estaba armado y... bueno, se veía bonito. Vamos a comer, que la lasaña se enfría.
Logré desviar la atención hacia la comida, pero durante la siguiente hora y media, apenas probé bocado. Cada vez que mi madre mencionaba lo "apasionadas" que se veían las flores, mi mente viajaba directamente a las escaleras de emergencia, imaginando a un empresario multimillonario, acostumbrado a tener el mundo a sus pies, bajando escalones llenos de polvo, frustrado y con la camisa abierta.
Una punzada de morbo y excitación pura me hizo apretar los muslos bajo la mesa.
En cuanto terminamos de cenar y mis padres se instalaron en el sofá a ver la televisión para hacer la digestión, me excusé diciendo que necesitaba ir al baño.
Me encerré en mi habitación y me tiré sobre la cama. Saqué el teléfono móvil de mi bolsillo. Mi corazón volvió a latir a un ritmo frenético. Abrí la aplicación de mensajería.
No había nada.
Me mordí el labio inferior, sintiendo una mezcla de decepción y adrenalina. Alan Brooks era un cazador. Y si él no iba a dar el primer paso, lo daría yo. El hecho de que me hubiera visto casi desnuda y me hubiera hecho sentir como una diosa me había inyectado una dosis de audacia que desconocía tener.
Tecleé rápidamente:
«Mis padres están encantados con tu ambientador de sándalo y madera. Dicen que es muy varonil. Y a mi madre le fascinaron tus flores de admirador obsesionado.»Envié el mensaje.
Pasaron solo tres segundos antes de que apareciera el indicador de 'Escribiendo...' en la pantalla. Alan no estaba ocupado; estaba esperando.
«Me alegro por tu madre. Aunque me encantaría saber qué opina tu padre del hombre que estuvo a cinco segundos de arrancarte la lencería en su pasillo.»
Solté un pequeño jadeo, leyendo el mensaje. La crudeza de sus palabras, su franqueza brutal, me encendió la sangre de inmediato.
«Ese hombre tuvo que huir por las escaleras de emergencia. Pierde puntos de intimidación, Alan. »
«No huyas de la realidad, Adriana. Me fui porque me lo suplicaste con esos ojos enormes. Me debes una muy grande. Y mi paciencia se quedó en el descanso de tu escalera.»
Me giré sobre mi espalda, sintiendo el encaje negro rozar mi piel bajo la camiseta holgada. Estaba jugando con fuego, pero el calor era demasiado adictivo.
Abrí la cámara del teléfono.
Tiré ligeramente del cuello holgado de mi camiseta blanca, dejándola caer por uno de mis hombros. La tela expuso mi clavícula, la curva pálida de mi cuello, y la delicada tira negra del sostén de encaje que resaltaba contra la piel afiebrada de mi pecho. No mostré mi rostro, solo ese pequeño fragmento de intimidad, el mismo lugar donde él había deslizado su pulgar horas antes.
Tomé la foto. La iluminación cálida de mi lámpara de noche le daba un tono dorado a mi piel. Sin darme tiempo a pensar en nada más, en la moralidad o en el peligro, presioné enviar.
Añadí un texto abajo:
«Para compensarte por el viaje por las escaleras. Buenas noches, Alan.»Me quedé mirando la pantalla, conteniendo la respiración. Un segundo. Dos. El mensaje fue marcado como leído casi al instante.
El indicador de 'Escribiendo...' apareció, desapareció y volvió a aparecer. Podía imaginarlo perfectamente en su lujoso apartamento, con un vaso de whisky en la mano, apretando la mandíbula al ver la pantalla de su teléfono.
La respuesta llegó un minuto después. Fue un solo mensaje, pero golpeó con la fuerza de un terremoto.
«Bórrala. Bórrala ahora mismo, Adriana. Porque si sigo mirando esa foto tres segundos más, te juro por lo más sagrado que voy a volver a subir por esas putas escaleras de emergencia, voy a tirar la puerta abajo y te voy a hacer gritar mi nombre hasta que tus padres tengan que salir del apartamento.»
El teléfono casi se me resbala de las manos.
La amenaza, cargada de una posesividad oscura y cruda, hizo que mi respiración se volviera errática. Una humedad traicionera se acumuló entre mis muslos. No era un juego para él. Era una promesa.
«Oblígame», tecleé, con los dedos temblando por la adrenalina pura, desafiando al mismísimo diablo.
Alan respondió al instante:
«No juegues con fuego si temes quemarte, Adriana.»






