Mundo ficciónIniciar sesiónNo recuerdo el trayecto de regreso. Si me pasé algún semáforo en rojo o si excedí el límite de velocidad por las estrechas calles de Roma, no me importó. Mi mente estaba sintonizada en una sola frecuencia: el apartamento de Adriana Summers y la mujer que me esperaba adentro usando mi ropa.
Aparqué el deportivo en la calle, bloqueando parcialmente la entrada de un callejón sin que me importara un demonio si me multaban. Caminé hacia el edificio con grandes zancadas. El conserje, al verme entrar con la camisa desabrochada, el cabello revuelto y una expresión que prometía destrucción, ni siquiera se atrevió a darme las buenas tardes. Solo asintió y miró hacia otro lado.
Subí por el ascensor contando los segundos. Cuando las puertas se abrieron en su piso, no caminé por el pasillo; lo devoré.
Me detuve frente a su puerta de madera. No busqué un timbre. Levanté el puño y golpeé la madera dos veces, con una autoridad seca y contundente. El sonido resonó en todo el pasillo.
Pasaron diez segundos. Quince. Pude escuchar el roce de unos pies descalzos al otro lado, seguido del clic de la cerradura.
La puerta se abrió lentamente.
El impacto visual fue tan letal que olvidé cómo respirar. Adriana estaba ahí, parada en el umbral, iluminada por la luz cálida de su apartamento. Y tal como lo había imaginado en mi retorcida mente de escritor, no llevaba nada más que mi chaqueta gris marengo.
La tela pesada de lana le cubría los hombros y llegaba justo hasta la mitad de sus muslos. El nudo que yo mismo había atado horas antes ya no estaba; en su lugar, ella sostenía las solapas juntas con una mano, en un intento inútil de proteger su modestia. Debajo del borde de la chaqueta, pude ver la delicada línea de un liguero negro y la piel desnuda de sus piernas, pálidas y torneadas.
Sus ojos oscuros se encontraron con los míos. Estaba respirando por la boca, sus labios ligeramente hinchados de tanto morderlos. Estaba asustada. Estaba ansiosa. Y, sobre todo, estaba exactamente igual de hambrienta que yo.
No dije una sola palabra. Di un paso al frente, invadiendo su territorio.
Adriana retrocedió por puro instinto, y yo aproveché el movimiento para entrar por completo. Pateé la puerta detrás de mí, cerrándola de un golpe que nos aisló del resto del mundo.
La acorralé contra la pared del recibidor en un parpadeo. Apoyé mis manos a ambos lados de su cabeza, encerrándola en una jaula de la que no tenía intención de dejarla salir.
—¿El lunes? —susurré, mi voz ronca, raspando el silencio del apartamento—. ¿De verdad creíste, por un solo segundo, que iba a esperar hasta el lunes para quitarte mi ropa, Summers?
Ella tragó saliva. El pulso le latía frenéticamente en la base del cuello.
—Estaba... estaba cerrada la tintorería —tartamudeó, intentando aferrarse a la excusa barata que había usado en el mensaje, pero la sonrisa temblorosa en sus labios la delataba.
—Mentirosa —gruñí, acercando mi rostro hasta que mi nariz rozó la suya. El aroma a vainilla me golpeó de lleno—. Sabes exactamente lo que estás haciendo. Me estás provocando. Estás jugando a encender un fósforo en un cuarto lleno de pólvora.
—Alan... —murmuró, su voz quebrando mi nombre—. Esto está mal... ella es mi amiga. Ella...
—Ella no está aquí —la interrumpí, cortando su excusa de raíz—. Ella no existe en este momento. La única persona que está respirando mi aire, usando mi ropa y volviéndome completamente loco, eres tú. Solo tú, Adriana.
Bajé mis manos de la pared y atrapé sus muñecas. Ella jadeó sorprendida. Con un movimiento firme pero suave, aparté sus manos de las solapas de la chaqueta.
La pesada prenda de lana se deslizó por sus hombros, cayendo al suelo de madera con un susurro sordo.
Adriana cerró los ojos y bajó la cabeza instintivamente, intentando cruzar los brazos sobre su pecho. Conocía su guerra, conocía las voces en su cabeza que le decían que no era suficiente, que la hacían odiar sus curvas. Su cuerpo estaba adornado únicamente por un conjunto de lencería de encaje negro que se ajustaba a sus caderas anchas y a sus pechos plenos con una pecaminosidad absoluta.
Atrapé sus manos antes de que pudiera cubrirse. La obligué a mantener los brazos a los lados.
—Mírame —ordené. Ella negó con la cabeza, manteniendo los ojos cerrados, avergonzada—. Adriana, mírame.
Lentamente, abrió los ojos. Estaban cristalizados por la vulnerabilidad.
Mi mirada hizo un recorrido lento, deliberado y devoto por cada centímetro de su anatomía. No había burla, no había juicio. Solo había una adoración cruda y un deseo tan salvaje que me dolía físicamente.
—He creado personajes en mis libros intentando describir la belleza perfecta —le dije, mi voz vibrando con una honestidad brutal que me nacía del alma—. He buscado palabras en todos los idiomas que conozco para explicar qué es el deseo. Y me acabo de dar cuenta de que he perdido mi maldito tiempo.
Levanté una mano y tracé la línea de su clavícula con la yema del pulgar, bajando lentamente por el centro de su pecho, sintiendo cómo se estremecía bajo mi tacto.
—No te escondas —susurré, acortando la distancia hasta que mi pecho rozó el encaje negro que cubría el suyo—. Tu cuerpo es un puto milagro, Adriana. Eres la fantasía más espectacular que he visto en toda mi vida, y me está costando cada gramo de autocontrol no adorar cada centímetro de ti ahora mismo contra este suelo.
Un pequeño sollozo de alivio escapó de sus labios. La barrera de su inseguridad se hizo añicos frente a mis ojos. La mujer avergonzada desapareció, y en su lugar emergió la pelirroja de fuego, empoderada por el peso de mi mirada.
Adriana soltó un suspiro tembloroso y, por primera vez, tomó la iniciativa. Levantó las manos y hundió sus dedos en mi cabello desordenado. Tiró de mí hacia ella.
No necesité más invitación. Me incliné sobre su boca. Podía sentir el calor de su aliento mezclándose con el mío. El mundo se redujo a la fricción de sus labios entreabiertos esperando los míos. El sabor a vainilla estaba a un milímetro de mi lengua. Iba a devorarla. Iba a hacerle olvidar su propio nombre y el de su amiga.
Nuestras respiraciones chocaron. Cerré los ojos, listo para el impacto.
¡DING-DONG!
El sonido agudo y estridente del timbre del apartamento atravesó la tensión del pasillo como un balazo.
Adriana se congeló, sus manos deteniéndose en mi cabello. Yo me quedé paralizado a un milímetro de su boca, con los músculos del cuello tensos hasta el dolor.
«Tiene que ser una maldita broma», pensé, apretando la mandíbula con tanta fuerza que mis dientes crujieron.
—¡Adriana, mi amor, abre! —Una voz de mujer, alegre y aguda, llegó desde el otro lado de la pesada puerta de madera—. ¡Sorpresa, hija!
El color abandonó el rostro de Adriana en una fracción de segundo. Sus ojos se abrieron de par en par, desbordando un pánico que no tenía nada que ver con sus inseguridades corporales.
—Oh, por Dios —susurró, empujándome débilmente por el pecho—. Son mis padres.
—¿Tus padres? —repetí, mi voz cargada de una incredulidad furiosa y oscura—. ¿Viven en Roma?
—¡No! ¡Viven a tres horas de aquí! ¡Se supone que no venían hasta el mes que viene! —chilló en un susurro, agarrándose la cabeza con ambas manos, dándose cuenta de que estaba parada en el pasillo de su apartamento en ropa interior de encaje negro, frente al hombre que casi la devora viva.
—¡Adri, sabemos que estás ahí, oímos ruido! ¡Tu padre trajo esa lasaña que tanto te gusta! —insistió la madre desde afuera, golpeando la puerta con entusiasmo maternal.
Miré hacia la puerta y luego hacia Adriana. La situación pasó de ser una fantasía erótica de alto voltaje a una pesadilla logística en cuestión de tres segundos. Como gerente, estaba acostumbrado a manejar crisis multimillonarias. Pero un empresario no tiene un protocolo para evitar que los padres de la mujer que está a punto de hacer suya lo encuentren en el pasillo.
—Tienes que esconderte —dijo Adriana, completamente frenética, tomando mi chaqueta del suelo—. ¡Tienes que irte! Si te ven aquí... si se enteran de quién eres y de lo de ella... me matan.
—¿Esconderme? —Mi orgullo masculino gruñó en protesta. Yo no me escondía de nadie.
—¡Alan, por favor! —Suplicó, empujándome la chaqueta contra el pecho—. La puerta de servicio de la cocina. Da a las escaleras de emergencia. Por favor.
Resoplé con frustración, pasándome las manos por el rostro. El dolor físico de la interrupción en mis pantalones era una agonía real. Quería estrangular a alguien, preferiblemente a su padre y a su lasaña.
Pero al ver sus grandes ojos oscuros suplicando, el instinto protector volvió a ganar la partida.
—Me debes una, Adriana —le advertí en un murmullo letal, arrebatándole mi chaqueta de las manos—. Y te aseguro que me la voy a cobrar de la peor manera posible.
Le di un beso rápido y furioso en la comisura de los labios, un robo a mano armada que la dejó jadeando, y me giré. Crucé el apartamento a zancadas largas hacia la cocina, esquivando la isla de mármol.
Abrí la pequeña puerta de servicio justo cuando escuché el tintineo de unas llaves en la cerradura principal. Su padre tenía copia. Maravilloso.
Me deslicé hacia las escaleras de emergencia de concreto y cerré la puerta de servicio sin hacer ruido en el momento exacto en que la puerta principal se abría de par en par entre gritos de júbilo familiar.
Me quedé allí, de pie en el descanso polvoriento de las escaleras, con mi traje arruinado, mi camisa desabrochada y un nivel de frustración sexual que podría alimentar una planta de energía nuclear.
Solté una risa seca, apoyando la cabeza contra la pared fría de ladrillo. Adriana Summers me iba a matar de un infarto. Pero mientras bajaba lentamente los escalones en la penumbra, una cosa me quedó absolutamente clara:
El juego ya no era un simple capricho. Ahora, era una maldita adicción. Y no iba a parar hasta terminar lo que los señores Summers acababan de interrumpir.







