El silencio en el recibidor era tan espeso que casi me asfixiaba.Mi espalda seguía presionada contra la pared, exactamente en el mismo lugar donde, hacía veinticuatro horas, Alan me había acorralado para exigirme que me quitara su chaqueta. Ahora, quien me acorralaba era la mirada aterrorizada y furiosa de mi propia madre.—Respóndeme, Adriana —exigió, su voz temblando, amenazando con romperse en cualquier momento—. Dime que no es él.Tragué saliva. El nudo en mi garganta era del tamaño de una roca, pero la adrenalina que aún corría por mis venas, alimentada por el fuego que Alan había dejado en mi cuerpo, me impidió bajar la mirada. Ya no era la niña insegura que se escondía detrás de la sombra de su mejor amiga.—No te engañan tus ojos, mamá —respondí, mi voz saliendo mucho más firme de lo que esperaba—. Es Alan Brooks.Mi madre cerró los ojos y dejó escapar un sonido ahogado, llevándose una mano al pecho como si le hubiera dado un golpe físico. Retrocedió un paso, negando con la c
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