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Capítulo 3 - Al borde de la tentación

El interior del auto se había convertido en una cámara de presión.

Encendí el motor y el rugido de la máquina pareció sincronizarse con los latidos pesados que retumbaban en mi pecho. A mi lado, Adriana estaba inusualmente quieta. Hundida en el asiento del copiloto, mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, justo donde las mangas de mi chaqueta gris marengo se anudaban alrededor de su cintura.

El contraste era visualmente letal: una mujer vibrante, de cabello rojo fuego y curvas pecaminosas, envuelta en la sobriedad y el costo de mi sastre italiano. Parecía marcada. Parecía mía. Y mi cerebro de hombre primitivo estaba disfrutando de esa imagen mucho más de lo que mi lado racional estaba dispuesto a admitir.

Arranqué, integrándome al caótico tráfico de Roma con movimientos mecánicos. Mis ojos estaban fijos en el asfalto, pero cada uno de mis sentidos estaba anclado a ella.

Escuché el leve crujido del cuero cuando cambió de postura.

—Alan... —murmuró, su voz apenas un hilo en medio del silencio del habitáculo—. No tenías que hacer eso. Lo de la chaqueta. Tu traje cuesta más que mi apartamento entero.

—Es solo tela, Adriana —respondí, sin despegar la vista del frente. Mi tono seguía siendo grave, controlado, una armadura perfecta para la guerra que se libraba en mis venas—. Y prefiero arruinar un traje a dejar que medio mundo te devore con la mirada en la calle.

—Nadie me iba a devorar —replicó, intentando recuperar un poco de esa chispa extrovertida que la caracterizaba, aunque la inseguridad seguía latiendo debajo de sus palabras—. Solo soy un desastre andante que rompe la ropa.

Frené el auto de golpe ante un semáforo que acababa de cambiar a rojo. La fuerza de la inercia la empujó ligeramente hacia adelante, y cuando se reacomodó, el nudo de la chaqueta se aflojó un centímetro. Lo suficiente para que la pesada tela de lana se deslizara hacia un lado, dejando expuesta la abertura del pantalón y el comienzo de su muslo desnudo.

Giré la cabeza lentamente, clavando mis ojos directamente en esa franja de piel pálida e inmaculada.

Adriana dejó de respirar. Vio la dirección de mi mirada y, por un instante, su instinto fue cubrirse con las manos. Pero no lo hizo. Se quedó paralizada bajo mi escrutinio. Como escritor, me dedicaba a describir la belleza; como hombre, estaba a un segundo de perder el control y comprobar si su piel era tan suave como imaginaba.

—Te equivocas en ambas cosas —le dije, mi voz bajando una octava, volviéndose ronca e íntima—. Sí te iban a mirar. Y no, no eres un desastre. Eres una jodida tentación, y si no acomodas esa chaqueta ahora mismo, voy a olvidar que estamos en medio de una avenida.

Sus pupilas se dilataron hasta casi devorar el color oscuro de su iris. Tragó saliva con dificultad y, con manos temblorosas, tiró de la tela para volver a cubrirse, ocultando la piel que me estaba volviendo loco. El semáforo cambió a verde y volví a pisar el acelerador, agradeciendo al universo por la distracción del tráfico antes de cometer una locura.

El resto del camino hasta su edificio transcurrió en una quietud eléctrica. La culpa revoloteaba sobre nosotros, pesada y tóxica. Ambos sabíamos que la mujer que nos había presentado, la mujer que me había traicionado y que ella llamaba "amiga", era la única razón por la que no había detenido el auto en un callejón para probar su boca.

Al llegar frente al elegante edificio de estilo clásico donde se hospedaba, apagué el motor.

—Gracias por traerme —dijo ella, aferrándose al enorme arreglo de rosas rojas y lirios con una mano, mientras con la otra sujetaba el nudo de mi chaqueta—. Te enviaré la chaqueta a tu oficina después de llevarla a la tintorería.

—No.

Ella parpadeó, confundida por la sequedad de mi respuesta.

Me quité el cinturón de seguridad y abrí la puerta, saliendo al calor de la tarde. Rodeé el auto a zancadas y abrí su puerta antes de que pudiera procesar mi negativa. Le tendí la mano.

—Baja, Adriana. Te voy a escoltar hasta tu puerta.

—Alan, no es necesario, de verdad. El conserje me conoce, no me importa si me ve...

—Baja. Del. Auto. —Mi tono fue bajo, una orden absoluta que no dejaba espacio a la negociación.

Ella me miró a los ojos y, rindiéndose con un suspiro que hizo temblar su pecho, colocó su mano pequeña y cálida sobre la mía. La corriente eléctrica que nos atravesó al hacer contacto fue innegable. La ayudé a salir, asegurándome de que mi chaqueta siguiera cubriendo la vergüenza de su pantalón rasgado, y no solté su mano hasta que estuvimos frente a las puertas del ascensor en el lobby.

El cubículo de metal y espejos era pequeño, demasiado pequeño para el tamaño de mi deseo. Las puertas se cerraron, atrapándonos en un espacio de un metro cuadrado. El aroma a vainilla y flores me asfixió deliciosamente.

Me apoyé contra la pared del ascensor, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón para evitar la tentación de tocarla. Ella se quedó en el centro, abrazando las rosas rojas como si fueran un escudo. Vi su reflejo en los espejos. Su labio inferior estaba maltratado de tanto morderlo.

—Estás muy callada —comenté, rompiendo el zumbido de la maquinaria.

—Estoy pensando —respondió ella, sin mirarme—. Tratando de entender por qué eres así.

—¿Así cómo?

—Frío como el hielo un segundo, y... —hizo una pausa, buscando la palabra— y asfixiante al siguiente. Es como si me odiaras y me quisieras proteger al mismo tiempo. Y no entiendo por qué. Sabes quién soy. Sabes de quién soy amiga.

El número de los pisos iba subiendo en la pantalla digital. El aire se volvió pesado. Saqué las manos de los bolsillos y di un paso lento hacia ella. Adriana retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared de los espejos.

Me detuve a escasos centímetros. Apoyé una mano en la pared, justo al lado de su cabeza, encerrándola. Mi mirada viajó desde sus ojos asustados hasta su boca entreabierta.

—No te odio, Adriana —murmuré, mi rostro tan cerca del suyo que podía sentir su respiración errática—. Ese es exactamente el maldito problema.

El ascensor emitió un ding y las puertas se abrieron en su piso.

Me aparté antes de que pudiera responder, dándole el espacio para salir. Caminamos por el pasillo en silencio hasta que se detuvo frente a su puerta. Sacó la llave de su bolso con torpeza, y cuando logró abrir, se giró para mirarme. Había un fuego nuevo en sus ojos, una mezcla de culpa y una valentía kamikaze.

—Gracias por las flores. Y por... salvarme hoy.

—Entra, Adriana —le ordené, ignorando el agradecimiento, sabiendo que si me quedaba un minuto más cruzaría esa puerta con ella y no saldría hasta el día siguiente.

Ella asintió, pero antes de entrar, su mano voló hacia el nudo de mi chaqueta.

—Espera, te devuelvo...

En un movimiento reflejo, atrapé su muñeca antes de que pudiera deshacer el nudo. Mis dedos largos y fuertes envolvieron su piel con firmeza. La detuve en seco. La miré fijamente, mi respiración volviéndose más pesada.

—Quédatela —susurré, arrastrando las palabras con una posesividad que me asustó a mí mismo—. Quédatela, Adriana. Porque si te la quitas ahora mismo, frente a mí... te juro que no voy a ser yo quien se quede fuera de este apartamento.

Sus labios se separaron, dejando escapar un jadeo silencioso. La promesa —o amenaza— flotó entre nosotros, cruda y cargada de una lujuria brutal.

Solté su muñeca, di media vuelta y caminé hacia el ascensor sin mirar atrás, dejándola en el umbral de su puerta, con mi chaqueta puesta, abrazada a unas flores rojo veneno, y al borde de un abismo en el que ambos estábamos a punto de caer.

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