Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta de madera se cerró a mis espaldas con un clic metálico que sonó como un disparo en el silencio de mi apartamento.
Me quedé apoyada contra la madera fría, con las rodillas temblando de una forma tan violenta que temí caer al suelo. Abracé el inmenso arreglo de lirios y rosas como si fuera un salvavidas, pero lo único que conseguí fue hundir mi rostro en esos pétalos oscuros y respirar agitadamente.
«Te juro que no voy a ser yo quien se quede fuera de este apartamento».
La voz de Alan, grave, áspera y cargada de una lujuria que casi se podía tocar, seguía rebotando en las paredes de mi cabeza. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas, bombeando sangre caliente a cada rincón de mi cuerpo. Me llevé una mano temblorosa al pecho, intentando recuperar el control de mis pulmones, pero era inútil. El oxígeno de mi sala había sido reemplazado por su olor.
El nudo de su chaqueta gris marengo seguía apretado alrededor de mi cintura. La pesada tela de lana italiana me envolvía como un abrazo posesivo, destilando ese perfume masculino, frío y abrumadoramente caro que usaba. Era como tenerlo todavía ahí, pegado a mi espalda, midiendo cada uno de mis movimientos con esos ojos analíticos que parecían leer mis pensamientos más oscuros.
Caminé hacia la isla de la cocina a paso lento, dejando caer las llaves sobre el mármol. Dejé el jarrón improvisado con las flores y me apoyé en la encimera.
La culpa me golpeó en el estómago, un recordatorio ácido de la realidad. Alan Brooks no era un hombre cualquiera. Era el hombre que había puesto el mundo a los pies de mi mejor amiga, el que había viajado, el que había invertido tiempo, dinero y disculpas en ella... solo para que ella lo tratara como una opción de segunda mano mientras lloraba por su ex. Yo había sido su paño de lágrimas, la testigo de cómo ella le destrozaba el ego y el corazón.
Y ahora, aquí estaba yo. Temblando porque el roce de sus nudillos en mi muslo casi me hace suplicarle que detuviera el auto en medio de Roma.
«Soy una pésima amiga», pensé, cerrando los ojos con fuerza.
Pero entonces, el recuerdo de lo que pasó en la floristería me invadió. La vergüenza aplastante cuando sentí la tela de mi pantalón ceder, el pánico absoluto de sentirme gorda, fea, un desastre andante que no cabía en su propia ropa. Había esperado la burla, la mirada de asco o la lástima.
En su lugar, Alan me había protegido como si fuera lo más valioso de este planeta. Me había envuelto en su chaqueta, me había escondido del mundo y me había dicho que era la mujer más hermosa de esa calle con una ferocidad que me cortó la respiración.
Abrí los ojos y me dirigí lentamente hacia el espejo de cuerpo entero que adornaba el pasillo hacia mi habitación.
Me detuve frente al cristal. Mi cabello rojo era un nido de caos alrededor de mi rostro acalorado. Mi maquillaje estaba intacto, pero mis ojos oscuros delataban el incendio que se estaba consumiendo en mi interior.
Mis manos bajaron instintivamente hacia el nudo de la chaqueta de Alan.
«Si te la quitas ahora mismo, frente a mí...»
Tragué saliva, sintiendo una punzada de excitación pura en el bajo vientre al recordar su amenaza. Deshice el nudo lentamente. La pesada tela se deslizó, y el aire fresco de mi apartamento golpeó la piel desnuda de mi muslo donde el pantalón se había rajado sin piedad.
Sin pensarlo mucho, desabroché lo que quedaba del pantalón y lo dejé caer al suelo de madera, pateándolo a un lado como si fuera el último rastro de mis inseguridades.
Me quedé allí, frente al espejo, vistiendo solo mi blusa ajustada, mi ropa interior de encaje negro y la inmensa chaqueta de traje de Alan Brooks cubriendo mis hombros. Las mangas me colgaban hasta los dedos, y el bajo de la chaqueta rozaba la parte superior de mis muslos. El contraste era salvaje. Su ropa, estricta y masculina, sobre mis curvas exuberantes y femeninas.
Por primera vez en meses, no odié lo que vi en el cristal. No vi los rollitos que me mortificaban, ni las estrías, ni la falta de perfección que tanto envidiaba en otras personas. Vi a la mujer que había hecho que el hombre más frío y controlado de Roma perdiera los estribos en un ascensor.
Aspiré profundamente, hundiendo la nariz en la solapa de la chaqueta. Su aroma me inundó el cerebro. La culpa seguía ahí, susurrándome que estaba jugando con fuego, que traicionar a mi amiga me iba a salir caro, y que un hombre tan hermético como Alan podría destruirme si yo bajaba la guardia.
Pero la atracción era un veneno mucho más rápido.
Caminé de regreso a la cocina, tomé mi teléfono móvil de la encimera y busqué su número en mis contactos. Mis dedos temblaron sobre el teclado virtual. Era una locura. Era cruzar la línea de no retorno.
Escribí y borré tres veces, hasta que finalmente, mi instinto silenció a mi conciencia.
«El conserje dijo que las tintorerías están cerradas hasta el lunes. Supongo que tendrás que venir tú mismo por tu chaqueta, Alan».
Presioné enviar antes de poder arrepentirme. Bloqueé la pantalla, la arrojé sobre el mármol y me abracé a su chaqueta, sonriendo como una reverenda idiota en medio del apartamento, sintiendo cómo el borde del abismo se desmoronaba bajo mis pies.







