Mundo ficciónIniciar sesiónEl interior de la ambulancia olía a yodo, a plástico esterilizado y a su propia adrenalina rancia. Daisy se estremeció cuando el paramédico, un chico joven con ojeras marcadas, le aplicó un antiséptico frío sobre el labio partido y la mejilla hinchada. El escozor fue agudo, pero lo recibió casi con gratitud; era un dolor real, físico, anclándola al presente y alejándola de la pesadilla del búnker subterr&aacut







