Mundo ficciónIniciar sesión"Ella cree que es una aventura prohibida... Él sabe que es un negocio millonario... Pero ambos están a punto de caer en su propia trampa". Alissa Vance vive atrapada en un matrimonio frío y por conveniencia con el poderoso Daniel Knight. Buscando escapar de su jaula de oro, cae en los brazos de Kyler, un hombre magnético, peligroso y experto en el arte de la seducción, que le promete noches de pasión salvaje sin compromisos. Alissa piensa que está dominando el juego y explorando sus deseos más impuros con un simple mujeriego. Lo que ella ignora es que Kyler es un gigoló de élite contratado en secreto por su propio esposo para darle el heredero que él no puede concebir. El trato era perfecto y milimétrico. Sin embargo, el plan se sale de control cuando el cínico seductor rompe su regla de oro y se obsesiona perdidamente con la mujer que debía embarazar. En un mundo de secretos corporativos y traiciones familiares, la verdad es una bomba de tiempo. Y cuando explote, las reglas cambiarán para siempre.
Leer másLa oficina de Alissa Vance en el piso cuarenta de la firma de diseño e interiorismo corporativo más prestigiosa de la ciudad era un reflejo de su propia vida: impecable, minimalista y fría. Rodeada de bocetos de millones de dólares, muestras de mármol importado y ventanales que dominaban el distrito financiero, Alissa revisaba los últimos planos para la remodelación de las oficinas centrales de Knight Industries.
Su trabajo era su único refugio, el único lugar donde tenía el control. Porque fuera de esas cuatro paredes de cristal, ella solo era el trofeo de exhibición del hombre más poderoso de la alta sociedad.
La puerta de su oficina se abrió sin previo aviso, rompiendo el silencio. Daniel Knight entró con su habitual elegancia aristocrática. Su traje gris de tres piezas no tenía una sola arruga; su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Se acercó a su escritorio con pasos medidos, pero no hubo un beso, ni una mirada de afecto. Sus ojos azul hielo estaban fijos en una carpeta dorada.
—Las acciones volvieron a tambalearse esta mañana, Alissa —dijo Daniel, con una voz baja y monótona que a ella siempre le erizaba la piel de pura incomodidad—. El consejo de administración está presionando. El testamento de mi abuelo es claro: si no hay un heredero legítimo anunciado antes de que termine el trimestre fiscal, las acciones mayoritarias pasarán a la junta.
Alissa sintió un nudo amargo en el estómago. Dejó el estilógrafo sobre el plano y lo miró, tratando de mantener la compostura.
—Daniel, hemos ido a los mejores especialistas en fertilidad del país. Todos los exámenes dicen que yo estoy perfectamente bien. Si tan solo tú accedieras a hacerte...
—Suficiente —la interrumpió él, con una frialdad cortante que heló el ambiente. Daniel enderezó la postura, ocultando la rabia y el profundo complejo que lo carcomía por dentro—. Sabes perfectamente que mi salud no está a discusión. No voy a exponerme al escrutinio público ni a clínicas donde los secretos se venden al mejor postor. Mi apellido no será el hazmerreír de la prensa.
Se inclinó sobre el escritorio, apoyando ambas manos sobre los planos, acorralándola con su sombra.
—Voy a solucionar esto. Ya he tomado cartas en el asunto para asegurar ese embarazo, Alissa. Solo espero que cuando llegue el momento, cumplas con tu parte como la buena esposa que eres.
Antes de que ella pudiera procesar la extraña y amenazante advertencia, Daniel se enderezó, miró su reloj de oro y dio media vuelta.
—Tengo una junta de emergencia. No me esperes para cenar. Ah, y el nuevo consultor logístico de tu firma ya está abajo. Asegúrate de atenderlo personalmente. Su contrato costó una fortuna.
Daniel salió de la oficina con la misma rigidez con la que había entrado, dejando a Alissa con el corazón latiéndole con fuerza y una opresión asfixiante en el pecho. ¿"Tomado cartas en el asunto"? ¿A qué se refería? ¿Acaso planeaba obligarla a un tratamiento clandestino? La impotencia de Daniel no era física, era psicológica; él se negaba a tocarla, la rechazaba en la intimidad y la hacía sentir invisible, sucia, como si el problema fuera de ella.
Tratando de recuperar el aire, Alissa se levantó y caminó hacia el ventanal, abrazándose a sí misma. Estaba cansada de la jaula de oro. Cansada de las apariencias.
Dos golpes suaves en la puerta de madera y cristal la obligaron a recomponerse. Alissa inhaló profundamente, se dio la vuelta y adoptó su máscara profesional.
—Adelante —dijo, esperando ver a su secretaria o a algún ingeniero aburrido de la obra.
Pero el hombre que cruzó el umbral detuvo el tiempo en seco.
No vestía el típico traje rígido de la corporación. Llevaba unos pantalones oscuros de corte impecable y una camisa negra de seda con los primeros botones abiertos, revelando una piel bronceada y la sugerencia de un pecho firme y atlético. Encima, una chaqueta de cuero que rompía con toda la etiqueta del lugar. Era alto, imponente, con una espalda ancha que parecía absorber toda la luz de la habitación.
Cuando el hombre levantó la mirada, Alissa sintió un choque eléctrico. Tenía un rostro de una belleza ruda, casi pecaminosa; una mandíbula fuerte con una ligera sombra de barba y unos ojos de un verde oscuro, felino e intenso, que la recorrieron de arriba abajo sin el menor rastro de vergüenza.
No la miraba como un empleado mira a su jefa, ni como un consultor mira a una cliente. La miraba como un depredador que acaba de acorralar a su presa.
—¿La señora Vance? —La voz del hombre era un susurro ronco, profundo, una vibración que resonó directamente en el vientre de Alissa.
—Sí... —Alissa carraspeó, odiando la debilidad en su propia voz. Caminó hacia él, extendiendo la mano en un intento de marcar distancia—. Usted debe ser el nuevo consultor de logística. Disculpe, no retuve su nombre.
El hombre avanzó. Sus movimientos eran fluidos, peligrosos y cargados de una confianza física absoluta. Cuando envolvió la mano de Alissa con la suya, ella sintió un calor abrasador. La piel de él era cálida, firme, y apretó con una sutil posesividad que la obligó a sostenerle la mirada.
Una sonrisa lenta, arrogante y devastadora se dibujó en los labios del desconocido.
—Mi nombre es Kyler —dijo él, sosteniendo su mano un segundo más de lo socialmente aceptable, fijando sus ojos verdes en los labios de ella—. Y créame, señora Vance... estoy aquí para encargarme personalmente de que todo lo que su esposo no puede manejar... llegue a feliz término.
Alissa dio un paso atrás, con la respiración alterada. Había algo salvaje, prohibido y sumamente magnético en ese hombre que acababa de invadir su espacio de trabajo. Ella pensó que era solo un mujeriego peligroso y arrogante que intentaba coquetear con la esposa del jefe.
No tenía idea de que el hombre frente a ella era el gigoló más exclusivo de la élite.
No tenía idea de que era el primo de su esposo.
Y mucho menos, que Daniel acababa de pagarle una fortuna para poseerla.
La claridad de la mañana terminó por filtrarse sin piedad a través de las rendijas de la ventana, disipando la penumbra que nos había protegido durante las últimas horas de la noche. Cuando abrí los ojos, el primer sentido en activarse no fue la vista ni el oído, sino una punzada cálida y punzante que recorría cada fibra de mi cuerpo. Me quedé inmóvil sobre las sábanas revueltas, con la mejilla apoyada en la almohada, sintiendo el rastro físico e imborrable de lo que habíamos hecho pocas horas antes.Y, por más que mi orgullo intentara armar un muro de resistencia, mi mente tuvo que admitir una verdad tan innegable como molesta: joder, Kyler era malditos milagros en la cama.Cada roce de la noche anterior, la forma en que había llevado mi cuerpo al límite absoluto entre la furia y el éxtasis, seguía reverberando en mi piel. Había sido una colisión salvaje, un acto de desesperación mutua que había dejado mis defensas hechas trizas. Me removí entre las sábanas, sintiendo un calor repent
La luz de la mañana se filtraba perezosamente a través de las rendijas de las cortinas desteñidas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. La cabaña estaba envuelta en un silencio denso y pesado, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del viento entre los pinos y el compás pausado de la respiración de Alissa.Estaba profundamente dormida. Su rostro, que durante las horas de vigilia siempre mantenía una expresión de alerta perpetua, de murallas levantadas y escudos afilados, lucía ahora extrañamente pacífico. Su cabello castaño se esparcía como un abanico desordenado sobre la almohada, y uno de sus brazos reposaba medio fuera de las sábanas, con los dedos aún ligeramente curvados, como si incluso en sueños estuviera buscando un punto de apoyo o una defensa que levantar.Me quedé inmóvil, apoyado sobre un codo, observándola.Mi cuerpo entero se sentía entumecido, no por el frío de la madrugada, sino por el peso de la realidad que nos aguardaba al otro lado de esa p
El espacio entre nosotros se había vuelto una zona de guerra, una frontera invisible donde las palabras habían dejado de tener sentido. La aceptación de Kyler a mi advertencia de que nada cambiaría no había traído paz; al contrario, había encendido una mecha que ambos sabíamos que terminaría en una explosión. Él no me soltó. Al contrario, me atrajo hacia la cama, donde la madera crujió bajo nuestro peso, un sonido seco que se perdió en el denso silencio de la casa escondida.No hubo ternura en sus movimientos, ni tampoco la frialdad mecánica del gigoló que solía ser. Había una urgencia casi salvaje, una necesidad de marcar, de poseer y de ser poseído, de borrar por un instante los nombres de nuestros demonios. Cuando me recostó sobre las sábanas, su mirada era un incendio, una mezcla de adoración y odio que me provocaba un vértigo insoportable.Kyler bajó, sus labios y su lengua recorriendo el camino de mi cuello, bajando por la curva de mis pechos, provocando escalofríos que me recor
El aire en la pequeña sala de estar se había vuelto irrespirable. La confesión de Kyler, cargada de una honestidad tan cruda que dolía, seguía resonando entre las paredes de madera como un eco persistente. Después de que sus manos finalmente soltaran las mías, me sentí extrañamente a la deriva, como si el ancla que me había mantenido sujeta al suelo durante toda la cena hubiera sido arrancada de golpe.—Kyler —dije, buscando mis palabras en un mar de dudas—. Me has dicho muchas cosas. Has hablado de proteger, de quemar el mundo, de promesas que me aterra aceptar. Pero hay algo que nunca hemos abordado con la verdad desnuda. Algo que, en medio de esta locura, no sé si es real o simplemente parte de la misma coreografía que hemos estado siguiendo para sobrevivir.Él se puso en pie, recuperando su postura, aunque sus ojos seguían clavados en los míos con una intensidad difícil de sostener. Me mantuve sentada, sintiendo cómo el frío de la noche empezaba a filtrarse por las rendijas de la
Último capítulo