La sala de juntas del piso cuarenta tenía vistas panorámicas a toda Roma, paredes de cristal insonorizadas y una mesa de roble donde se tomaban decisiones que movían millones de euros al día. Era mi templo. El lugar donde mi palabra era la ley y mi concentración, absoluta.
O al menos, así había sido hasta hoy.
—Señor Brooks, si revisa la proyección del tercer trimestre en la página cuatro... —El vicepresidente de finanzas seguía hablando, apuntando a un gráfico proyectado en la pantalla con un