Mundo ficciónIniciar sesiónLa sala de juntas del piso cuarenta tenía vistas panorámicas a toda Roma, paredes de cristal insonorizadas y una mesa de roble donde se tomaban decisiones que movían millones de euros al día. Era mi templo. El lugar donde mi palabra era la ley y mi concentración, absoluta.
O al menos, así había sido hasta hoy.
—Señor Brooks, si revisa la proyección del tercer trimestre en la página cuatro... —El vicepresidente de finanzas seguía hablando, apuntando a un gráfico proyectado en la pantalla con un puntero láser.
Yo asentí mecánicamente, fingiendo prestar atención, pero mi mirada estaba clavada en el teléfono móvil que descansaba sobre la mesa, justo al lado de mi taza de café negro.
Llevaba tres horas de reuniones y no había procesado ni una sola palabra. Mi mente estaba atrapada en un bucle interminable. Cerraba los ojos y veía a Adriana apoyada contra la pared de su pasillo, envuelta en mi chaqueta gris. Respiraba, y mis pulmones exigían el aroma a vainilla que se había quedado impregnado en mi memoria.
Y luego estaba la foto.
Esa maldita foto que me había enviado anoche. La había abierto al menos veinte veces desde que empezó la mañana. Solo un fragmento de piel dorada por la luz de una lámpara, la curva de su cuello y ese encaje negro asomándose por debajo de una camiseta blanca que gritaba «quítamela». Era una tortura exquisita. Una provocación directa que me tenía ajustándome la corbata cada diez minutos porque el calor en mi cuerpo era insoportable.
Desbloqueé la pantalla sutilmente por debajo del borde de la mesa, ocultando el teléfono de la vista de mis ejecutivos.
Abrí nuestro chat. La última palabra que ella había escrito anoche seguía ahí, burlándose de mi autocontrol: «Oblígame».
No pude resistirlo más. Ignorando por completo la presentación de finanzas, mis pulgares volaron sobre el teclado.
«¿Sobreviviendo al turno, Adriana? O estás demasiado ocupada pensando en cómo vas a cumplir el desafío de anoche.»
Bloqueé la pantalla y dejé el teléfono boca abajo. Tomé un sorbo de mi café, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba de forma ridícula. ¿Desde cuándo Alan Brooks, el hombre de hielo, enviaba mensajes a escondidas en medio de una junta directiva?
El teléfono vibró contra la madera tres minutos después.
«Soy una profesional, Alan. Estoy salvando vidas. Aunque admito que cierta chaqueta gris que dejé en mi armario huele demasiado fuerte a sándalo y me está distrayendo.»
Una sonrisa oscura, casi depredadora, tiró de la comisura de mis labios. El vicepresidente de finanzas se calló de golpe, mirándome confundido, probablemente pensando que me estaba riendo de sus proyecciones. Le hice un gesto tranquilo con la mano para que continuara y volví a bajar la vista.
«Póntela de nuevo», le escribí, sin filtro. «Póntela y tómate otra foto. Necesito borrar la imagen de estos gráficos financieros de mi cabeza y reemplazarla con algo que valga la pena.»
Vi el indicador de 'Escribiendo...' parpadear durante varios segundos. Podía imaginarla en algún pasillo de la clínica, apoyada contra una pared blanca, mordiéndose ese labio inferior carnoso, con las mejillas sonrojadas bajo su uniforme de enfermera.
«Estás loco. Estoy en el hospital. Además, la única imagen que deberías tener en la cabeza es la de un hombre adulto huyendo por unas escaleras de emergencia por culpa de una bandeja de lasaña.»
Apreté la mandíbula, pero la diversión burbujeaba en mi pecho. Qué mujer tan malditamente insolente.
«Sigue provocándome, Adriana. Pero ambos sabemos que esa no es la imagen que nos quitó el sueño anoche.»
Hice una pausa, mis dedos deteniéndose sobre el teclado virtual. El recuerdo de los segundos previos a la interrupción de sus padres me golpeó con la fuerza de un tren de carga.
Escribí de nuevo, dejando de lado el juego y permitiendo que la crudeza de mi deseo tomara el control.
«Ese roce en la comisura de tus labios antes de salir por la puerta de servicio... fue el peor error que pude cometer. Fue un robo desesperado y me salió caro. Me dejó con hambre. No fue suficiente, Adriana. Ni siquiera estuvo cerca de serlo.»
Envié el mensaje y esperé. Esta vez, el silencio del otro lado de la línea fue más largo. La había acorralado digitalmente. Había puesto sobre la mesa la tensión que ambos estábamos intentando disfrazar con sarcasmo.
Cuando la pantalla se iluminó de nuevo, su respuesta fue corta, carente de su habitual escudo de humor.
«Para mí tampoco fue suficiente.»
Cinco palabras. Cinco malditas palabras y mi autocontrol se resquebrajó de forma definitiva.
Sentí cómo la sangre corría pesada hacia el sur de mi anatomía. Me removí en mi silla de cuero, incómodo, necesitado, frustrado.
«¿A qué hora termina tu turno?», tecleé, la decisión ya tomada.
«A las 6:00 p.m. Tomaré el metro hacia mi apartamento, mis padres me están esperando para cenar. Aún no saben que las rosas no eran para mi madre.»
«No vas a tomar ningún metro», le respondí de inmediato, mi tono dictatorial filtrándose a través de la pantalla. «Voy a pasar por ti a las 6:00. Te esperaré en la entrada oeste, la que da al callejón.»
«Alan, no. Si alguien del hospital te ve conmigo, o si mis padres nos ven llegar juntos... es demasiado riesgo. Y tú sabes por qué. Mi amiga...»
Esa simple mención apareció en la pantalla, pero esta vez, en lugar de sentir la habitual punzada de traición, solo sentí una irritación profunda. Ya no me importaba el pasado. El muro de hielo se había derretido.
«Al diablo el riesgo, Adriana», escribí, presionando las teclas con dureza. «Y al diablo el pasado. No voy a tocar la puerta de tu apartamento hoy, no te preocupes por tus padres. Pero necesito tenerte dentro de mi auto. Necesito el encierro. Necesito oler tu perfume a vainilla respirando mi mismo oxígeno, y necesito comprobar con mis propias manos que la suavidad de tu piel anoche no fue una alucinación.»
Me quedé mirando la pantalla, respirando de forma pesada, esperando su rechazo o su sentido de la moralidad.
El vicepresidente de finanzas finalmente terminó su presentación.
—Entonces, señor Brooks... ¿Cuál es su decisión sobre la adquisición? —preguntó, sacándome de mi trance y devolviéndome a la realidad corporativa.
Levanté la vista lentamente, guardando el teléfono en el bolsillo interior de mi saco. Mi expresión volvió a ser la del administrador meticuloso que todos conocían y respetaban.
—La proyección del tercer trimestre es sólida, pero el margen de riesgo en la sección B aún me parece demasiado amplio para firmar a ciegas hoy —dije, apoyando las manos sobre la mesa con aplomo—. Pausen la firma. Quiero una revisión exhaustiva de esos números en mi escritorio mañana a primera hora. La reunión ha terminado, señores. Excelente trabajo.
Me levanté con calma, ajustándome el saco, mientras los ejecutivos asentían, conformes con la prudencia y la firmeza de mi decisión. Salí de la sala de juntas a paso seguro, pero en el instante en que las puertas del ascensor privado se cerraron, saqué el teléfono.
Había un mensaje nuevo de Adriana.
«A las 6:00 en punto, Alan. No llegues tarde.»
A las 5:50 p.m., mi deportivo ya estaba aparcado en la entrada oeste del hospital, camuflado en las sombras del callejón tal como había prometido. El motor roncaba suavemente. Mis manos apretaban el volante forrado en cuero, y la ansiedad latía en mi mandíbula.
A las 6:00 p.m. exactas, la silueta de Adriana apareció por la puerta de cristal. Llevaba su uniforme de enfermera debajo de un abrigo ligero, el cabello rojo recogido en un moño desordenado. Caminó rápidamente hacia mi auto, mirando a ambos lados con paranoia antes de abrir la puerta del copiloto.
El aire acondicionado del interior fue inmediatamente vencido por su fragancia. Se dejó caer en el asiento de cuero, cerrando la puerta y dejando escapar un suspiro tembloroso.
El encierro nos golpeó a los dos al mismo tiempo. Estábamos a centímetros. Podía ver el pulso acelerado en su cuello. No dije hola. Me incliné sobre la consola central, movido por puro instinto animal, deslizando mi mano hacia su nuca para acercarla a mi boca. Ella cerró los ojos, separando los labios, rindiéndose a la misma urgencia que me estaba consumiendo.
Apenas nuestras respiraciones se mezclaron, en lugar de capturar sus labios como mi cuerpo me exigía a gritos, desvié la trayectoria en el último milímetro.
Mi boca rozó la curva de su mandíbula, provocando que un escalofrío violento sacudiera su cuerpo. Con mi mano libre, aparté la solapa de su abrigo y bajé ligeramente el cuello de su uniforme médico.
Ahí estaba. La fina tira de encaje negro que me había torturado durante toda la maldita junta directiva, contrastando contra su piel cálida.
Tracé la línea del encaje con la yema de mi pulgar, ejerciendo la presión justa. Adriana dejó escapar un gemido ahogado, casi imperceptible, y sus manos volaron hacia las solapas de mi saco, aferrándose a la tela con desesperación.
—Alan... —suplicó, con la voz completamente rota, alzando el rostro para buscar mi boca a ciegas.
Me separé de ella lo justo para evadir sus labios. Abrí los ojos y me encontré con su mirada: oscura, dilatada y devorada por una lujuria pura que me hizo apretar los dientes.
—Si te beso en este momento, Adriana —le advertí en un susurro áspero, mi aliento chocando contra su boca húmeda—, te juro que te voy a arrancar este uniforme aquí mismo y no saldremos de este maldito callejón.
Ella soltó una respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando con fuerza.
Me aparté bruscamente de su espacio, regresando a mi asiento. Puse ambas manos en el volante y el auto en marcha, haciendo que el potente motor rugiera contra las paredes del callejón.
—¿A... a dónde vamos? —tartamudeó ella, intentando recuperar el aliento y acomodándose el uniforme con manos temblorosas, completamente desarmada por el cambio abrupto.
—A terminar lo que empezaste con esa foto. O quizá llevarte a tu casa, lo que decida en el camino.







