Mundo ficciónIniciar sesiónEl motor del deportivo rugió bajo nosotros, devorando las oscuras calles de Roma con una ferocidad que me hizo hundirme más en el asiento de cuero.
Alan conducía con una precisión letal, con la vista clavada en el asfalto y la mandíbula tan tensa que temí que se le rompieran los dientes. El silencio en el habitáculo era absoluto, pero estaba muy lejos de ser pacífico. Era un silencio denso, asfixiante, saturado del perfume a sándalo y madera que emanaba de su traje, mezclándose con la adrenalina pura que corría por mis venas.
«A terminar lo que empezaste con esa foto. O quizá llevarte a tu casa, lo que decida en el camino».
Su advertencia seguía bailando en mi cabeza, enviando oleadas de calor directamente hacia mi bajo vientre. Estaba a su merced. Él tenía el control del volante, de la ruta y de la velocidad a la que mi corazón estaba latiendo. Observé su perfil iluminado intermitentemente por las luces de las farolas. La línea recta de su nariz, la sombra incipiente de barba en su mandíbula, las manos grandes y fuertes agarrando el volante forrado en cuero oscuro.
Era el hombre prohibido. El hombre por el que mi amiga no supo apostar. Conocía la historia perfectamente: Alan le había entregado el mundo, había viajado, había perdonado, y ella le había pagado con indecisión y traición, llorando por un ex que la trataba mal mientras destruía la confianza de Alan. Esa traición lo había convertido en el hombre frío, calculador y de hielo que era hoy. Sentir culpa por mi amiga habría sido lo moralmente correcto según las reglas de la sociedad, pero mientras el deportivo tomaba una curva cerrada, pegando mi brazo contra su hombro, sentí que la moralidad era inútil. Yo estaba logrando lo que nadie jamás pudo: devolverle el fuego a ese hielo.
No iba a quedarme en silencio, esperando su veredicto como una niña asustada. La forma en la que me había mirado en el callejón, la manera en que su pulgar había trazado el borde de mi lencería, me había inyectado una audacia que no sabía que poseía. Si íbamos a jugar con fuego, yo también sabía cómo quemar.
Tragué saliva, reuniendo todo el valor que pude encontrar, y deslicé mi mano izquierda lentamente sobre la consola central.
Mis dedos temblaban apenas una fracción de milímetro mientras cruzaban la frontera invisible que nos separaba. El roce de mi piel contra el cuero oscuro del reposabrazos fue el único sonido dentro del auto. Me detuve a centímetros de su pierna. Él no apartó la vista del frente, pero vi cómo el músculo de su mandíbula saltó. Sabía perfectamente lo que yo estaba haciendo.
Moví la mano un centímetro más.
Las yemas de mis dedos encontraron la tela fina y costosa de su pantalón de diseñador, justo sobre su muslo derecho. En el instante exacto en que hice contacto, Alan soltó una respiración áspera por la nariz. Sentí cómo el músculo bajo mi mano se tensó con una violencia contenida.
Esperé a que me apartara. Esperé a que Alan recuperara su espacio y me devolviera a mi lugar con una mirada de advertencia.
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, su mano derecha abandonó la palanca de cambios y cayó pesadamente sobre la mía. Su palma caliente y grande cubrió mis dedos, atrapándome contra su pierna. Mi corazón dio un vuelco. Entrelazó sus dedos con los míos con una fuerza posesiva que me robó el aliento.
El auto aceleró, como si la máquina respondiera directamente a la urgencia que se estaba desatando dentro de la cabina.
Lentamente, sin soltar mi mano, Alan comenzó a moverla. Arrastró nuestros dedos entrelazados por encima de la consola y los llevó hacia mi territorio. Deslizó el dorso de su mano sobre mi rodilla descubierta. Un gemido involuntario quedó atrapado en mi garganta.
Subió por mi muslo, trazando el borde de la falda de mi uniforme de enfermera. Su tacto quemaba. Cada roce era una promesa oscura. Cuando sus nudillos rozaron la tira de encaje negro que se asomaba por debajo del dobladillo blanco —el mismo encaje que le había enviado en la foto la noche anterior—, arqueé la espalda contra el asiento, completamente rendida a la sensación.
Mi respiración se volvió errática. Giré el rostro hacia él, mis ojos buscando los suyos en la penumbra. Quería más. Quería que detuviera el auto, quería que me demostrara que todo ese deseo contenido podía destruirnos a ambos ahí mismo.
Pero Alan se detuvo.
Sus dedos se clavaron suavemente en mi muslo por un segundo, como si estuviera librando una guerra interna de proporciones épicas. Luego, con una brusquedad que me dejó aturdida, soltó mi mano.
—No me tientes en movimiento, Adriana —gruñó, su voz un octava más grave de lo normal, oscura y rasposa—. Porque si sigo tocándote, voy a estrellar este maldito auto.
Puso ambas manos sobre el volante y giró bruscamente en la siguiente intersección. Reconocí la avenida de inmediato. Reconocí los edificios clásicos y la panadería de la esquina.
Me llevaba a casa.
Una mezcla agridulce de alivio y una profunda, casi dolorosa decepción chocó en mi pecho. Me acomodé el uniforme con manos temblorosas, intentando calmar el fuego que él había encendido con solo rozarme. Había elegido ser prudente. Había elegido la opción de llevarme a casa en lugar de terminar lo que empezamos.
Tres minutos después, el deportivo se detuvo frente a la fachada iluminada de mi edificio.
Apagó el motor. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica, de todas las palabras no dichas y de todos los besos no dados. Alan no me miró de inmediato. Se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del auto. Rodeó el capó y abrió mi puerta antes de que yo pudiera siquiera reaccionar.
Me tendió la mano. La tomé, sintiendo de nuevo esa descarga magnética al contacto piel con piel, y me ayudó a salir al cálido aire de la noche romana.
Caminamos hacia la entrada del edificio. Ninguno de los dos soltó la mano del otro. Mis pasos eran torpes; mi mente seguía en el asiento del copiloto, sintiendo el fantasma de sus dedos sobre mi muslo.
Entramos al lobby y subimos en el ascensor en un silencio sepulcral. Yo miraba los números iluminarse en la pantalla, sintiendo cómo el tiempo se agotaba. Cuando las puertas se abrieron en mi piso, caminamos por el pasillo vacío.
Nos detuvimos frente a mi puerta de madera.
Alan se giró hacia mí. Su pecho subía y bajaba con una lentitud calculada. Dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal, acorralándome sutilmente contra mi propia puerta. Sus ojos oscuros bajaron hacia mis labios y se quedaron ahí.
El instinto me hizo alzar el rostro. La decepción de antes se evaporó. No me había llevado a casa por prudencia; me había llevado a casa porque el auto no era suficiente para él.
Levantó una mano y deslizó un mechón de mi cabello rojo detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron mi cuello. Cerré los ojos, esperando el impacto, separando los labios, lista para entregarme a la misma locura de la que había escapado por las escaleras el día anterior.
Y entonces, el sonido del cerrojo metálico de mi puerta girando nos golpeó como un disparo.
Abrí los ojos de golpe, retrocediendo un paso tropezado justo cuando la puerta de madera se abría hacia adentro.
—¡Por fin! Creí que te habías quedado a vivir en el hosp... —La voz alegre de mi madre, que sostenía una pequeña bolsa de basura en la mano, murió en su garganta.
Su sonrisa se congeló. Sus ojos pasaron de mi rostro sonrojado y mi respiración agitada al imponente hombre de traje oscuro que estaba de pie a menos de un metro de mí.
El tiempo pareció detenerse. Vi cómo la expresión de mi madre cambiaba en tiempo real. Pasó de la confusión inicial a la sorpresa, y luego, en un destello aterrador de claridad, al reconocimiento absoluto.
El color desapareció por completo de las mejillas de mi madre. La bolsa de basura que sostenía tembló en su mano. Ella no necesitaba que yo hiciera las presentaciones. Lo sabía. Había visto sus fotografías en fiestas en común y conocía la historia completa. Sabía cómo ese hombre había movido cielo y tierra por una mujer que le pagó con la peor de las traiciones, obligándolo a blindar su corazón.
Mi madre sabía perfectamente que el hombre que estaba a punto de besar a su hija en el pasillo era el "ex" de mi amiga. Y que meterme en ese terreno era el tabú más grande que yo podía cometer.
El aire se volvió hielo. Sentí que el estómago se me caía a los pies. El pánico me paralizó las cuerdas vocales; intenté formar una palabra, una excusa, pero nada salió de mi boca.
Alan, por el contrario, no se inmutó.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, la máscara del empresario implacable e intocable volvió a apoderarse de sus facciones. El hombre consumido por el deseo desapareció en una fracción de segundo, reemplazado por un muro de educación y control absoluto.
Se abotonó el saco del traje con un solo movimiento fluido y le ofreció a mi madre una ligera y elegante inclinación de cabeza.
—Señora Summers, es un absoluto placer conocerla por fin de manera formal —dijo Alan, con una voz tan suave, educada y carente de culpa que me dio escalofríos—. Soy Alan Brooks. Solo traía a su hija a salvo después de su turno en el hospital.
Mi madre tragó saliva de forma audible. Su instinto maternal estaba luchando una guerra sangrienta contra los modales de la alta sociedad.
—Señor Brooks... —respondió mi madre, forzando una sonrisa increíblemente tensa, casi dolorosa, mientras agarraba el pomo de la puerta con los nudillos blancos—. Se... se lo agradezco. Es usted muy amable. Buenas noches.
—Que tengan una excelente noche. Adriana —Alan pronunció mi nombre con una formalidad perfecta, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, vi el fuego oscuro y la promesa latente ardiendo en sus pupilas—. Nos vemos pronto.
Se dio media vuelta y caminó por el pasillo hacia el ascensor. Sus pasos resonaron con firmeza sobre la alfombra, seguros, arrogantes, dejándome atrás para enfrentar el pelotón de fusilamiento.
No esperó a que el ascensor llegara. Simplemente empujó la puerta de las escaleras y desapareció.
Me quedé allí parada, sintiendo cómo el frío del pasillo me calaba los huesos.
La mano de mi madre salió disparada, agarrándome del brazo con una fuerza que me hizo jadear. Tiró de mí hacia el interior del apartamento con una brusquedad que nunca le había conocido, arrastrándome hacia el recibidor y soltando la bolsa de basura en el suelo.
Cerró la puerta de un golpe seco, echó el cerrojo y se giró lentamente hacia mí.
Sus ojos estaban muy abiertos, brillando con una mezcla de furia, incredulidad y terror puro.
—Dime que mis ojos me están engañando, Adriana —susurró mi madre, con la voz temblando por la tensión, acorralándome contra la pared exactamente en el mismo lugar donde Alan lo había hecho el día anterior—. Dime que no te acabo de ver a punto de besarte en nuestro pasillo con ese hombre...







