El motor del deportivo rugió bajo nosotros, devorando las oscuras calles de Roma con una ferocidad que me hizo hundirme más en el asiento de cuero.
Alan conducía con una precisión letal, con la vista clavada en el asfalto y la mandíbula tan tensa que temí que se le rompieran los dientes. El silencio en el habitáculo era absoluto, pero estaba muy lejos de ser pacífico. Era un silencio denso, asfixiante, saturado del perfume a sándalo y madera que emanaba de su traje, mezclándose con la adrenalin