Mundo ficciónIniciar sesiónViviana una mujer empoderada le ocurre un problema que no puede solucionar, su hija mayor sostiene una relación con el hombre del que se enamoró desde que era joven, a quien conoció unos días después de darla a luz, y que la ayudo con su difícil situación debido a que el mejor amigo de sus padres aprovecha la confianza para abusarla; ella no acepto casarse con este abusador, por qué no lo ama, su mamá la prefiero echar de la casa para evitar el escándalo, de que su hija es madre soltera y más encima tiene costumbres arcaicas que no soporta que ellos siendo de raza blanca tengan ahora una nieta de raza africana, por fortuna aparece un hombre para ayudarla solo que es muy tímido para expresarle su amor y se la deja ganar por otros pretendientes, pero seguirá estando pendiente de ella hasta que encuentre las fuerzas de expresarle sus sentimientos
Leer másVIVIANA
En lo alto de una montaña en el sur de la capital de Colombia, estaban ubicadas unas modestas casas que rompían las nubes y, aunque la temperatura era muy baja, el ambiente hervía con la acalorada discusión de una madre con su hija mayor. —Mamá, ¿cómo es posible que te pongas histérica debido a que yo tenga novio? Puedo comprender que te interpusieras en mi relación con el Brayan, quien es un pandillero. Pero no con John, que es todo un señor y muy guapo, con una hermosa mirada, perfil griego y cuerpo de gimnasta; también es muy decente y tiene muchísimo dinero. —La hija golpeó una pared raspándose los nudillos. —Laura, no es eso, la verdad es que con ese John nos conocimos hace mucho tiempo, cuando yo aún era una joven muy pobre e inocente. —La madre se muerde la boca al contarle esto que pretendía ocultar. —No puede ser verdad, no te lo puedo creer, qué mala suerte la mía, o sea que preciso me enamoro de uno de tus viejos amores. Sí, me pude dar cuenta de que él reaccionó muy extraño cuando los presenté; fue como si le hubieran jalado el piso. —Ay, no. ¿Acaso él es mi verdadero padre? —La joven se calmó acurrucándose en el suelo. —No, no, no, él es el amor de mi vida, lo que sucedió es que por diferentes sucesos no logramos estar juntos, algo que yo siempre guardé la esperanza de que ocurriera, hasta que los vi a ustedes dos juntos y es algo que no me puedo aguantar por más que lo intento, es que me retuerza mi interior. —La madre se cogió el estómago y se encorvó para intentar estrujar el dolor que sentía en las entrañas. —Mamá, es tu culpa por no contarme las cosas de tu pasado. Como la identidad de mi padre, supongo que no es mi lindo John; debe ser un hombre negro, ya que tú y mis hermanos son blancos como la leche, no como yo… Por favor, madre, necesito que me lo cuente todo… ¿O acaso sí es él?… —No puede ser mi desgracia, ¡es que ya estuvimos juntos y varias veces! —Laura dejó escapar unas lágrimas que se limpió con la manga del abrigo que llevaba puesto. —Ay, no puede ser que también ya tuvieron relaciones íntimas, es que yo también estuve muchas veces en su lecho… No puedo contarte toda mi vida íntima… aunque tal vez tienes un poco de razón y me estaba preparando para este día… Supuse que algún día tendría que hacerlo; me imaginé que debería empezar por el momento en que mi vida se partió en dos; fue preciso cuando tú naciste. Por eso aquí lo escribí a manera de historia; alguna vez me gustaría publicarlo a manera de autobiografía. Léelo. —La señora le alcanzó unas hojas arrugadas. Laura las tomó con las manos temblorosas y empezó a leer en voz alta: En una sala de parto está Viviana, una hermosa joven que acaba de tener a su bebé; está llorando mientras Mariela, su madre, está entre el desespero, asombro y rabia, cogiéndose la cabeza con las dos manos. Le grita: —Viviana, no puedo creer que estuvieras esperando un bebé. No sé cómo te diste mañas de ocultarlo; fui una boba en confiar en ti. Supuse que estabas gorda, y ahora no se me ocurre cómo le explico a mi familia que tuviste una criatura y que, para empeorarlo todo, es negro. Mariela llora desconsoladamente, agarrándose la barriga como si se le fueran a salir las tripas, cuando en parte todo es culpa suya. No sé si le molesta más que ahora sea abuela o la raza del bebé, aunque lo único que le preocupa es qué van a decir sus amigos. —¡Mamita, le juro que no tuve la culpa! ¡Mamita, por favor, ayúdame! No se vaya, por favor, quédate conmigo, no me dejes. —Entre lágrimas ella le expone, tratando de cogerle las manos; aun estando muy débil por el parto, el olor a anestesia le provoca dormir. —Es que dime, aunque sea dígame, ¿quién es el padre de la criatura? Mariela se retira; en la cara se le ve el nivel de angustia que le hace brotar las venas de la frente; ya se le borran los anhelos de ver a su hija vestida de blanco en un altar para casarse con un millonario, lo que ella no pudo hacer, uno de sus deseos frustrados. Se detiene en la puerta esperando una respuesta, mientras observa de reojo al bebé y a Viviana, quien le responde: —Mamá fue en una ocasión en que nos dejaron cuidando de Moncho, uno de esos días en que se quedaron en el casino con mi padre. La Abuela se devuelve, mirando la cara de Viviana, abriendo su mano para abofetearla, mientras le grita: —Deja de mentir, el Moncho es nuestro mejor amigo, él sería incapaz, es que te vio crecer, él ha sido como un padre para ti. Viviana en su mente revive lo que sucedió y por eso le grita desesperada: —¿Aún no me crees? Contempla que este bebé es morena como Moncho. Por favor, deja de defenderlo; por primera vez confía en mí, en tu hija. Mariela suspira sacando un fajo de dinero de entre su pecho y se lo deja en la mesa de noche; entre susurros manifiesta: —Aquí te dejo este dinero, no tengo más, espero que lo hagas rendir. No te molestes en volver a la casa; tu padre es capaz de desaparecernos. No me baja de alcahueta. Es que aún no puedo ni siquiera considerar que esto sucediera; es una desgracia desgraciada. La abuela de nuevo llora, cuando debería estar feliz por tener su primera nieta; un hijo debería ser siempre motivo de felicidad, eso les decían los médicos. Viviana recordó esto y pensó: “Eso me debería servir, pero ahora ni siquiera soy capaz de verla y me molesta su llanto que desgarra mi realidad. Ojalá cerrara mis ojos y resultara que todo fue solo una pesadilla.” Sin embargo, se deja llevar por el estrés y le vocifera un reproche que tiene atravesado en la garganta a su madre: —Es que la culpa es suya, por no orientarme y sobre todo por haberme dejado con ese animal. ¿Cómo se les ocurrió dejarme a solas con un hombre mayor? Ella se devuelve mirándola con lástima y enfado, exponiéndole: —Por supuesto que es mi culpa, es que me faltó haberte dado más rejo para que no fueras tan mentirosa… Me hubieras contado que estabas preñada, algo hubiéramos hecho… Ahora no hay nada que hacer, lo único que sería darlo en adopción… Desde luego que eso ya no es opción; ya todo el barrio debe saber, los chismes viajan más rápido que la luz; es que sus amiguitas ya tenían que saber de tu domingo siete; con razón la señora de la tienda de la esquina me saludó: “Hola, abuelita”… ¿Cómo pude ser tan ingenua? Viviana se queda observando la papelera y le provoca botar a su niña, la misma que después le daría tantas alegrías. De nuevo lloro amargamente, mientras Mariela se marcha dejándole ese pucho de dinero que de seguro no le va a servir mucho.VIVIANALos días pasaban como hojas secas arrastradas por el viento, y el estómago de Viviana crecía con la lentitud solemne de la luna llena. Aun así, ella seguía trabajando con los helados, caminando con dificultad, con la espalda arqueada y el sudor en la frente, mientras Juan se ocupaba de los almuerzos. El barrio los miraba como quien observa una obra de teatro: ella con su vientre redondo y él con su carreta improvisada, ambos intentando sostener un mundo que se les desmoronaba entre las manos.Cierto día, unos clientes de Juan llegaron hasta Viviana, con caras largas y voces de reproche.—Señora, ¿usted sabe dónde está Juan? —preguntó uno, con el estómago vacío y la paciencia agotada.—¿Qué pasó? —respondió ella, con el corazón apretado.—No llevó los almuerzos. Nos dejó esperando como bobos.Viviana sintió que el aire se le escapaba. Con el vientre pesado y la niña en brazos, fue a buscar a su hermana Lucía. La encontró con el jefe Tobón, riéndose, besándose, sin importarles q
VIVIANA El amanecer entró por las rendijas del rancho como un cuchillo de luz. Viviana, con los ojos hinchados de tanto llorar la noche anterior, se levantó con la determinación de que ese día debían trabajar para seguir adelante. Sacudió suavemente del hombro a Juan, mientras la niña aún dormía con la boca abierta y un mechón rebelde sobre la frente.—Juan, levántese… ya es hora de ir a vender los helados.—Ah, yo no voy —respondió él, con voz pastosa, como si las palabras se le pegaran en la lengua.—¿Cómo que no va? —Viviana frunció el ceño, con esa mezcla de rabia y ternura que solo ella sabía sostener.—No voy porque no pienso seguir explotado por Tobón. Ese hombre se está gastando mi vida para llenarse los bolsillos. Yo no nací para hacerle plata a otro.Viviana lo miró con incredulidad. El aire del rancho se volvió pesado, como si las paredes de lata escucharan y se burlaran.—¿Explotado? —repitió ella, con ironía—. ¿Y entonces qué? ¿Nos vamos a morir de hambre esperando que l
VIVIANA Los días empezaron a pasar con una mezcla curiosa de calma y angustia. Por las mañanas, Viviana se levantaba con la ilusión de que Juan consiguiera un trabajo estable, pero al llegar la noche, también él llegaba con la misma cara larga y la cabeza entre los hombros.—¿Cómo le fue? —preguntaba ella, con la niña en brazos.—Nada, que no me quieren, que no tengo experiencia certificada, que ellos me llaman, que no los llame —respondía él, rascándose la cabeza, como si la vergüenza se le escondiera en el cuero cabelludo.Al final, no hubo más remedio que aceptar lo de los helados. Y con el rabo entre las piernas fue a rogarle a Chambursi que los ayudara.—Por supuesto, el patrón necesita gente, vamos ya, yo voy para allá. —Chambursi, a pesar de todo, no dudó en ayudarles.—¿Y yo también puedo ir? —Viviana también quería ayudar en la economía del hogar.—Por supuesto, incluso las mujeres venden más que nosotros los hombres. Lucía vende más que yo; vamos, que de una nos dejan traba
VIVIANALa noche vigilaba el silencio del rancho que se rompía por los ronquidos de Juan, mientras que Viviana contemplaba los rayos de luz que se colaban por las fisuras de las latas.“Este es el sitio más feo en donde me he quedado”, ella pensaba, “aunque en cierta manera es mío, y soy más libre que en cualquier casa que me quede con mis padres”.El insomnio la llevó afuera a contemplar las estrellas, preguntando sin encontrar respuesta: “¿Qué será de mí? ¿Qué hago?No fue que no le contestaran, es que simplemente se tardó; es comprensible por la distancia en que están las estrellas.“¿Será que salgo corriendo? Es que este hombre no es un buen marido, es un borracho y vago; además… que no me gusta… “¿Pero para dónde cojo?” Sus preguntas se mezclaron con hilos de lágrimas y, cuando se cansó de llorar y de soportar el frío de la madrugada, escuchó unos quejidos.—¿Quién está allí? —gritó con más miedo que valor.—Ay, hermanita, soy yo, Lucía.—¿Qué te sucedió? ¿Por qué vienes a esta h
Viviana—Ay, hija mía, esa noche, la primera noche de casados o de vivir juntos, fue inolvidable. Es que recuerdo el pasado y siento como si fuera una cascada frente a mí y que yo puedo estirarla y agarrarla como un puñado de agua entre mis manos e intentar meterme en ella. Pero sin importar cuánto lo apriete, se me escapa entre la unión de los dedos y lo único que me queda me alcanza para empaparme el rostro, aunque me alcance para sentir la superficie del ardor en la piel que sentí ese día en toda mi alma.—Mamá, no sé a qué te refieres, por eso mejor continúo leyendo…La noche cayó sobre el rancho como un telón pesado. El viento soplaba entre las latas del techo, produciendo un murmullo que parecía un coro de voces antiguas. Juan encendió una vela, y la llama proyectó sombras que bailaban en las paredes, como si el rancho entero estuviera celebrando un ritual secreto.Viviana se sentó en la cama, con las manos entrelazadas, nerviosa. Su respiración era corta, como si cada inhalació
VivianaEl grupo caminaba hacia el asadero como si fuera una procesión extraña: cuatro figuras envueltas en murmullos, risas nerviosas y miradas que se cruzaban como flechas invisibles. El aire olía a carbón encendido y a promesas incumplidas.Lucía, siempre chispeante, se adelantaba un poco, lanzando carcajadas que parecían campanas desafinadas. Cada tanto, giraba la cabeza hacia Juan y le lanzaba frases juguetonas:—Juan, usted sí que sabe hablar bonito. Eso de “castillo para mi reina” me dejó pensando… ¿Y si me invita a vivir en ese castillo también? Jajaja.Viviana apretó la mano de Juan con fuerza, como si quisiera clavársela en la piel. Juan, con su sonrisa de teatro, respondió:—Lucía, usted merece su propio palacio, no un castillo prestado. Porque mi reina es Viviana, y ella es la que manda en mi mundo.Lucía fingió un puchero, pero sus ojos brillaban con picardía.—Ay, hermanita, qué suerte la suya. Yo apenas tengo un lote en sueños y un marido que vende helados que no se der
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