VIVIANA
Los días pasaban como hojas secas arrastradas por el viento, y el estómago de Viviana crecía con la lentitud solemne de la luna llena. Aun así, ella seguía trabajando con los helados, caminando con dificultad, con la espalda arqueada y el sudor en la frente, mientras Juan se ocupaba de los almuerzos. El barrio los miraba como quien observa una obra de teatro: ella con su vientre redondo y él con su carreta improvisada, ambos intentando sostener un mundo que se les desmoronaba entre las