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CAPITULO 7; ENCRUCIJADA

JUAN

Juan dormía como si el mundo se hubiera detenido; hasta John lo sacudió con suavidad. -Amigo, levántese. Tenemos hambre... y usted ni nevera tiene; al parecer no tiene ni la culpa.

-Tenemos que ir a comprar; lo complicado es que no tengo dinero y en la tienda, la dueña ya no me fía, es que ni siquiera quiere que me aparezca por allá. -Juan se levantó, escupió un poco de saliva en las manos, las frotó y se limpió los párpados pegados.

-Se da garra; me imagino que también está limpio, después que ayer éramos millonarios. -John se esculcó en los bolsillos.

-Todo por esas mujerzuelas; en cambio, ellas hoy se levantaron ricas y millonarias. Es que me hierve la carne al recordar esa noche, es que me dejaron limpio... y eso sucedió, fue antier, es que dormimos todo el día y la noche. -Juan observó la fecha en el celular.

-No... es que cuando nos acostamos ya estaba de día, pero si dormimos mucho, yo supuse que la bebé nos despertaría, pero ahorita les eché un vistazo y siguen dormidas. -John seguía esculcándose los bolsillos hasta el punto en que uno se le rompió.

-Deja ya de esculcarse, no vas a encontrar ni un penique, esas viejas nos dejaron limpios... Lo bueno es que estamos vivos; en cambio, el pobre gordo, ni eso, qué embarrada, él dio la vida por nosotros. -Juan moduló la voz como si estuviera llorando, pero continuaba con los ojos secos.

-Lástima por don Jefferson, buena gente el hombre; se me anuda la garganta al recordar lo sucedido, aunque puede que esté con vida.

-Es posible, y de estarlo, lo tendrán en los cuidados intensivos de un hospital para que se recupere y luego llevarlo derecho a la cárcel. -Juan escupió al piso de tierra y lo restregó con el pie desnudo.

En ese momento John encontró unos billetes en un bolsillo secreto de su chaqueta. -Los encontré, yo sí fui precavido; encálete unos billetes para pagar el arriendo.

-Excelente, con eso, vaya y traiga algo de comer, y algo para las mujeres; a mí mejor tráigame unas cervezas. -Juan, sonriendo para disimular, se mordió la lengua, pues no encontró ese dinero cuando le revisó la ropa de su amigo cuando todos dormían.

-No, voy es a traer comida y pañales, nada de licor, voy a guardar para pagar el arriendo y buscar trabajo; usted debería buscar ayuda para ese vicio que lo tiene jodido.

-John, yo no tengo problemas con el alcohol... al contrario, me la llevo muy bien. -Juan le enseñó una risotada muda con sus dientes podridos y chasqueó los dedos.

-Mejor me voy para la tienda. -Con gran trabajo, John corrió la puerta y se dirigió a la tienda de la cuadra, mientras Juan estiró los pies y, mediante tres pasos largos, se fue derecho a pelear con la ducha; es que el agua helada le causaba que se bañara en un par de segundos y, al salir, observó que Viviana se encontraba sentada dándole pecho al niño.

-Tan bonitas. -Dejó escapar un suspiro y luego recordó que tenía que entregársela al roedor.

-¡Qué vergüenza! -Viviana se tapó los pechos y volteó la cara para no ver a Juan, quien se encontraba envuelto en una vieja toalla que lo único que le tapaba eran las partes privadas.

-Descuide, señorita, que no hay mucho que ver; a propósito, tengo que ir a buscar empleo; si gusta, la puedo llevar a donde su hermana, de la que nos contó. -Juan empezó a tejer la red para ir a entregarlas.

-Sí, señor, le estaría muy agradecida, ya que no conozco bien la ciudad. Según recuerdo, ella vive con el esposo en la chucua de la vaca. -Viviana silenció la boca, pero le sonó la barriga por el hambre; es que no era capaz de pedir comida en esa casa extraña donde había pasado la noche; la embargaba un sentimiento de nostalgia al recordar que este rancho era similar al de sus padres.

-Tranquila, podemos ir a mi entrevista de trabajo y después a donde su hermana. De pronto puede decir que usted es mi esposa y ella mi hija para que me contraten rápido. -Juan fingió una sonrisa, al tiempo que calculaba que la llevaría derecho al parque en donde lo esperaba su dinero.

-Yo también voy con ustedes, quiero ir a averiguar por don Jefferson y comunicarle a su familia su estado. -John había entrado sin hacer ruido; traía dos bolsas con pan, leche, pañales, huevos y embutidos.

Juan se rascó el cuello dejándoselo rojo, formulando: -John, es mejor que usted se dirija a su hogar a ver a su madre; la pobre debe de estar muy preocupada.

-Ja, ja, ja, yo supuse que ustedes eran pareja. -Viviana se levantó para ir al baño. -¿Por favor, me puedo bañar?

-Huy, no, qué tal, si yo fuera gay, por lo menos no tendría tan mal gusto de meterme con un tipo tan feo como John. -Juan se chupó un dedo que luego tocó su talón y después lo volvió a chupar. -Sí puede, por supuesto, señorita, es mejor que se bañe mientras preparamos el desayuno, ja, ja, ja, como la pareja que somos.

Viviana se entró al baño, acomodando las latas que lo encerraban para evitar que vieran su desnudez, algo innecesario debido a que los hombres se concentraron en cocinar, ya que era bastante difícil prender el fogón de leña.

-Juan, usted es muy degenerado, la mayoría del barrio tiene gas natural, ¿usted qué hizo con todo lo que se ganó?

-No sea sapo, a usted no le interesa, eso no es de su incumbencia; tras de que le doy posada y más encima me critica, es mejor que desayune y se marche derechito a su rancho.

-Sí me voy y me llevo todo lo que compré.

-Pues lléveselo, yo no necesito nada suyo. -Juan observó los huevos revueltos, sintiendo el olor y la boca; se le hizo agua, aunque le servía que este señor le dejara el camino libre.

-Tan loco, es mejor que desayunemos y después me voy a la casa de mi mamá. -John sirvió el desayuno, huevos revueltos, leche y pan.

Viviana salió del baño vestida; no quería salir con una toalla para evitar provocaciones, igual que su hija, y no contaba con más ropa que la que llevaba puesta cuando se escapó. Observó que eran tres platos, así que sin preguntar se sentó a desayunar y, aunque el humo invadía el lugar, ese humilde desayuno a todos les pareció un manjar de reyes.

Acabaron de comer y salieron presurosos; Juan apretó un candado que competía en óxidos con la cadena y las latas que tenía por pared y techo.

-Chao, Juan, hasta luego, señora Viviana, que le vaya muy bien, fue un gusto conocerla.

-Hasta luego, don John, usted es un ángel, muchas gracias por toda su ayuda. -Viviana se despidió besándolo en la mejilla, aunque por los nervios le besó el comienzo de la boca.

-Nos vemos, John, cualquier cosa me dice, usted sabe que lo llevo en la buena. -Juan se despidió con un apretón de manos mientras pensaba: "Ojalá que no lo vuelva a ver, perro gris, siempre me cayó mal".

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