Viviana
El grupo caminaba hacia el asadero como si fuera una procesión extraña: cuatro figuras envueltas en murmullos, risas nerviosas y miradas que se cruzaban como flechas invisibles. El aire olía a carbón encendido y a promesas incumplidas.
Lucía, siempre chispeante, se adelantaba un poco, lanzando carcajadas que parecían campanas desafinadas. Cada tanto, giraba la cabeza hacia Juan y le lanzaba frases juguetonas:
—Juan, usted sí que sabe hablar bonito. Eso de “castillo para mi reina” me dej