VIVIANA
El amanecer entró por las rendijas del rancho como un cuchillo de luz. Viviana, con los ojos hinchados de tanto llorar la noche anterior, se levantó con la determinación de que ese día debían trabajar para seguir adelante. Sacudió suavemente del hombro a Juan, mientras la niña aún dormía con la boca abierta y un mechón rebelde sobre la frente.
—Juan, levántese… ya es hora de ir a vender los helados.
—Ah, yo no voy —respondió él, con voz pastosa, como si las palabras se le pegaran en la