10. Un Rostro Familiar
La pregunta de Matteo quedó suspendida en el aire como una guillotina. Isidora sintió el peso de las rosas blancas en sus manos y el crujido del sobre de Diego en su bolsillo. El silencio se extendió entre ellos, denso y peligroso.
—Diego vino a darme la bienvenida. Trajo flores.
Matteo atravesó el umbral de la puerta doble con pasos lentos, deliberados. No era la marcha apresurada de un hombre impulsivo; era el acecho calculado de un depredador que ya había decidido atacar.
—¿Por qué él debería