La mañana recibió a Erick con un frío cortante cuando por fin logró abandonar los terrenos de la mansión Rivas. Erick no recordaba cuánto había corrido, cuánto había sangrado, ni cuántas veces había estado a punto de caer. Solo sabía una cosa:
Amelia estaba encerrada en esa mansión. Y él iba a volver por ella.
Su cuerpo estaba destruido. Cada paso era un latigazo. Pero siguió, guiado únicamente por una mezcla de rabia, amor, desesperación y la promesa que había hecho.
Cuando llegó a los límites de su territorio, un par de autos negros frenaron bruscamente. Sus hombres, que llevaban meses buscándolo sin descanso, bajaron armados.
—¡Señor! ¡SEÑOR! —gritó uno, corriendo hacia él.
Erick dio un paso tembloroso… y cayó.
Uno de los hombres lo atrapó antes de que tocara el suelo.
—¡Lo tengo!
—¡Avísenle a Miguel! ¡Ya lo encontramos!
—¡Está mal herido!
El caos explotó alrededor, brazos fuertes lo cargaron, gritos y órdenes se mezclaron, puertas se abrieron, luces cegadoras, autos encendieron mo