La mañana recibió a Erick con un frío cortante cuando por fin logró abandonar los terrenos de la mansión Rivas. Erick no recordaba cuánto había corrido, cuánto había sangrado, ni cuántas veces había estado a punto de caer. Solo sabía una cosa:
Amelia estaba encerrada en esa mansión. Y él iba a volver por ella.
Su cuerpo estaba destruido. Cada paso era un latigazo. Pero siguió, guiado únicamente por una mezcla de rabia, amor, desesperación y la promesa que había hecho.
Cuando llegó a los límites