La luz del amanecer se filtraba por las cortinas translúcidas como un velo dorado, cubriendo la habitación con un brillo cálido y sereno. La mansión Rivas siempre despertaba en silencio, como si respetara la fragilidad con la que Amelia había vuelto a la vida dos meses atrás.El reloj marcaba las 7:05 cuando ella abrió los ojos, respirando profundo, sintiendo ese aroma inconfundible a sándalo que Patrick siempre colocaba en el difusor antes de dormir.Amelia parpadeó un par de veces. La habitación era hermosa: amplia, elegante, luminosa… pero por alguna razón había días en que la sentía demasiado grande para ella. Como si en algún rincón, en algún espacio vacío, hubiera algo olvidado esperando por ser recordado.No tuvo tiempo de pensar en eso. La puerta se abrió con un leve chirrido, y ahí estaba él.Patrick.Guapo, pulcro, impecable incluso a primera hora de la mañana. Llevaba una bandeja de desayuno; café, jugo natural, pan tostado, frutos rojos y huevos revueltos. Todo perfectamen
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