La mañana se estiró lenta, pesada. Patrick salió temprano, hablándole con ese tono amoroso que ahora hacía que la piel de Amelia se erizara por razones equivocadas. La abrazó, la besó en la frente y le dijo que volvería tarde: tenía reuniones, acuerdos, llamadas.
Ella le sonrió. Seguro que tendría otra ronda de sexo con su secretaria por eso no volvería a almorzar.
En cuanto el auto desapareció por la reja principal, Amelia dejó caer la máscara. Respiró temblorosa, apoyándose en la encimera de la cocina. El silencio de la mansión la rodeó, y con él, un pensamiento que ya no podía contener:
Tenía que volver con Erick.
Guardó las herramientas en el bolsillo interior de un abrigo ligero. Nada demasiado ruidoso: un destornillador, un alicate pequeño, una llave inglesa. Cosas que parecían inocuas, pero podían romper una cerradura vieja.
No hubo titubeos esta vez.
No podía darse el lujo de dudar, había mucho en juego.
Caminó hacia el despacho sin que la servidumbre lo notara, cerró la puert