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CAPÍTULO 4 — El calabozo

La mansión Rivas amaneció envuelta en un silencio espeso, casi expectante. Patrick salió temprano, vestido con su traje impecable, dejando un beso rápido en la frente de Amelia antes de marcharse. “Vuelvo a la hora de almuerzo”, le dijo. Su voz era dulce, perfecta, falsa. Amelia asintió sin mirarlo demasiado. La noche anterior casi no había dormido; la imagen de Patrick cargando esa bandeja hacia la puerta secreta no se le había ido de la cabeza. Algo ahí dentro le gritaba que no debía ignorarlo.

Apenas la puerta principal se cerró y el auto se perdió de vista, Amelia respiró hondo. Tenía que hacerlo. No podía vivir con esa inquietud devorándole el pecho. Reunió valor, se peinó rápido y bajó a la cocina.

—Hoy no quiero que nadie trabaje —dijo con una sonrisa amable a la servidumbre—. Quiero preparar un almuerzo para Patrick y necesito privacidad. Pueden tomarse la mañana libre.

Las mujeres intercambiaron miradas, sorprendidas, pero Amelia era siempre tan dulce que nadie cuestionó la orden. En menos de diez minutos, la mansión quedó vacía. Las puertas se cerraron. El eco de los pasos se desvaneció. Y Amelia se quedó sola.

El silencio le heló la sangre, pero también le dio fuerza. Caminó hacia el despacho con las manos ligeramente temblorosas. Cada paso resonaba en el piso como un latido acelerado. Cuando por fin llegó, la puerta estaba entreabierta, como si la casa misma quisiera conducirla a la verdad.

Entró. El aire estaba frío.

El olor a madera viejo.

Las fotos, los libros, las cortinas… todo se sentía distinto con Patrick lejos. Como si la casa exhalara un secreto encerrado por demasiado tiempo.

Amelia se acercó al panel de madera , recordó cómo Patrick lo había abierto: presionó un libro específico, de lomo rojo oscuro. Lo empujó hacia adentro. Un clic leve sonó y el panel se desplazó lentamente, revelando una abertura estrecha.

La oscuridad detrás de la puerta la golpeó como un susurro frío.

Un pasillo estrecho descendía en forma de escalera.

El aire olía a humedad… y a algo más. Algo metálico. Algo que le hizo arder la garganta.

Amelia tragó saliva. Pero la curiosidad era demasiada, bajó lento.

Cada escalón crujía bajo su peso. El goteo de agua resonaba en el fondo. El frío aumentaba con cada paso, envolviéndola en un abrazo hostil. La luz era casi inexistente, apenas filtrada por una bombilla débil colgando del techo.

Al llegar al final, el pasillo se abría hacia un pequeño espacio subterráneo.

Un calabozo. Ella se detuvo, paralizada. No podía creer lo que estaba viendo.

Barrotes gruesos, oxidados. Paredes húmedas. Una cubeta vieja.

Restos de pan en el suelo. Una camita de concreto con una frazada raída.

Y ahí, en el suelo, encorvado, había algo... un hombre.

Delgado, golpeado, con ropa sucia y rota.

El cabello le caía en mechones largos sobre los hombros.

La barba crecida ocultaba parte de su rostro.

Pero sus ojos…

Sus ojos eran dos tormentas azules ardiendo en la oscuridad. Eran los mismos ojos con los que llevaba soñando hacía meses, los mismos ojos que aparecían en flashes de otra realidad.

Cuando la vio, se incorporó con un esfuerzo brusco.

—Amelia…

Ella retrocedió un paso.

No sabía por qué su nombre en esa voz la quemó por dentro. Era la misma voz que escuchaba en su cabeza.

El hombre se aferró a los barrotes, temblando.

—Amelia… amor… viniste por mí.

Amelia sintió que las piernas le fallaban.

Su corazón latió tan fuerte que creyó que iba a desmayarse.

—¿Q-qué…? —balbuceó—. ¿Quién… quién eres?

Los ojos del hombre se llenaron de dolor, de desesperación… y de un amor tan intenso que la dejó sin aire.

—Soy yo. Erick.

El nombre cayó dentro de ella como una piedra lanzada a un océano oscuro.

Erick.

Erick.

Erick…

La voz en su cabeza… la que se le repetía a cada momento.

La que la consoló…

La que le dijo que no llorara…

Era esa voz.

Erick dio un golpe suave a los barrotes.

—Amelia, escúchame, por favor. Me encerró. Patrick me encerró aquí. Él te mintió. Tú y yo… nosotros estábamos juntos. Tú eras mía.  Estábamos enamorados.

Ella negó con la cabeza de inmediato, pero el cuerpo la traicionó. Le temblaron las manos. La vista se nubló por un instante porque las lágrimas empezaban a brotar.

—No… eso no puede ser… Patrick es mi esposo… —susurró.

Erick apretó los barrotes con desesperación.

—¡NO! —su voz se quebró—. Él te mintió. Ese bebé… —señaló su vientre—. Es mío, Amelia. Es nuestro hijo. Nuestra vida juntos. Nos íbamos a casar. Encontraste a Patrick en la cama con su secretaria, corriste lejos y yo te consolé, nos enamoramos. Patrick nos descubrió. Se volvió loco. Te persiguió. Tú terminaste con él por su traición.  Nosotros íbamos a contarlo todo, nos íbamos a casar, incluso elegiste el vestido, uno de corte princesa, hermoso, con un corsé de corazón.…

Amelia retrocedió dos pasos, casi chocando contra la pared, era el mismo vestido que había visto en su visión, eran sus ojos los que la miraba a través del espejo, miró su brazo, ahí estaba el tatuaje que llevaba el brazo que la sostenía. Su respiración se volvió errática. Su mente gritaba que huyera pero su corazón gritaba que escuchara.

Erick dio un paso hacia adelante, la mirada rota.

—Amelia… tú me amas. Lo hacías. Me lo dijiste. Tú me elegiste a mí. Te fuiste con él esa noche por miedo a que él arruinara tu empresa. Solo firmarías un documento ¡Pero ibas a volver a mis brazos! ¡Íbamos a estar juntos!

Ella negó, apretando los puños contra su cabeza.

—No recuerdo… nada… no sé de qué estás hablando… —su voz era un susurro roto.

Erick apoyó la frente contra los barrotes, derrotado.

—Él provocó el accidente —dijo con voz baja—. La mujer con la que te engañó… fue ella quien te embistió con el auto. Patrick la mandó. Él quiso borrarme de tu vida., el borró tus recuerdos. Te necesitaba para la fusión, por tu empresa… y me encerró. Me torturó. Me quitó todo…

Amelia sintió un vértigo repentino.

Las náuseas volvieron.

El corazón le estallaba en los oídos.

La piel le ardía.

—No… —susurró mientras retrocedía lentamente hacia el pasillo—. Esto no… no puede ser…

Erick estiró la mano entre los barrotes, como suplicando.

—Amelia… por favor… no me dejes aquí otra vez…

Pero ella no podía más. La realidad se dobló. El aire se volvió hostil.

Corrió.

Su respiración era un sollozo quebrado mientras subía las escaleras. Las manos le temblaban tanto que casi no pudo cerrar el panel cuando volvió al despacho.

Salió tambaleándose, alcanzó la cocina y se apoyó en la encimera, con el corazón descontrolado y el vómito subió sin control.

Un sollozo escapó de su garganta.

Y otra vez, la voz interna, suave, rota, familiar, susurró en su mente:

“Te amo Mily

Amelia cayó de rodillas, no recordaba a Erick, pero su alma se rompía tan solo pensar en que él estaba sufriendo.

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