La mañana siguiente, Erick llevaba el desayuno a Amelia en la cama.
Ella dormía boca abajo, con la espalda desnuda cubierta por su cabello oscuro y la sábana enredada en sus piernas. La suave luz de la mañana entraba por la ventana, dibujando sobre su piel una escena tranquila e íntima.
Erick sonrió al verla tan hermosa.
Las hormonas del embarazo la habían vuelto más demandante, más cariñosa… y quién era él para negarse a su esposa. Si algo tenía claro era que estaba completamente perdido por e