La madrugada aún no había aclarado cuando Patrick abrió los ojos. Como siempre, despertó antes que Amelia. Su rutina era perfecta, meticulosa, predecible; se levantó en silencio, se colocó la ropa deportiva y salió de la habitación con la suavidad calculada de un hombre que tenía todo bajo control.
Bajó por las escaleras, entró a la cocina y preparó la bandeja de siempre: agua, pan, una fruta. Nada más.
Acomodó todo exactamente como lo hacía cada día.
Ni un milímetro fuera de lugar.
Caminó hacia el despacho, presionó el libro rojo y el panel se abrió con su típico chasquido suave. Patrick descendió las escaleras sin prisa. Cada paso era parte de un ritual que dominaba a la perfección.
“Una visita más —pensó—. Pronto morirá.
Al llegar al final, el olor a humedad lo envolvió como siempre.
Pero algo estaba mal. Muy mal.
Desde el umbral, Patrick supo que algo no encajaba, el calabozo estaba… demasiado silencioso, la respiración irregular de Erick no estaba, ni su tos, Patrick avanzó un pa