La madrugada aún no había aclarado cuando Patrick abrió los ojos. Como siempre, despertó antes que Amelia. Su rutina era perfecta, meticulosa, predecible; se levantó en silencio, se colocó la ropa deportiva y salió de la habitación con la suavidad calculada de un hombre que tenía todo bajo control.
Bajó por las escaleras, entró a la cocina y preparó la bandeja de siempre: agua, pan, una fruta. Nada más.
Acomodó todo exactamente como lo hacía cada día.
Ni un milímetro fuera de lugar.
Caminó haci