El día transcurrió con una lentitud insoportable para Amelia. Cada ruido en la casa, cada sombra, cada voz le parecía un posible descubrimiento. Patrick no volvió a la hora de almuerzo había dicho.. Ese retraso le dio a Amelia el tiempo que necesitaba… y también el miedo suficiente para casi desmayarse en cada minuto que pasaba.
A las cinco de la tarde, Patrick confirmó que estaría en casa a las siete.
Ese era el reloj que marcaba su respiración.
A las seis, cuando la servidumbre terminó su jornada, Amelia esperó a que el último carro saliera de la reja. Cerró las cortinas, apagó algunas luces y caminó rápido hacia el despacho. Sentía el corazón latiendo en la garganta. Cada paso resonaba como si la casa la estuviera vigilando.
Presionó el libro rojo.
El panel se abrió. El pasillo oscuro la tragó.
Amelia bajó los escalones casi corriendo, con las herramientas escondidas en su bolsillo, y el goteo constante del calabozo marcando el ritmo de su respiración.
Cuando llegó al final, Erick