Los días pasaron como una prisión silenciosa para Amelia.
Patrick no la dejaba respirar.
No podía caminar sola por el jardín.
No podía salir a la reja.
No podía usar su teléfono.
No podía ni abrir una cortina sin que él preguntara por qué.
La vigilancia la estaba asfixiando, y esa mañana, Amelia finalmente explotó.
—No sé por qué no me dejas salir —dijo Amelia con la voz temblorosa, cansada—. No soy tu prisionera, Patrick.
Patrick apoyó las manos en la mesa, respirando hondo.
—Estás embaraza