Mundo ficciónIniciar sesiónJeffrey es un hombre frío, dominante y marcado por la tragedia. Viudo, con el deseo reprimido durante años, hasta que ella aparece: Isabelle, un huracán sensual, atrevida y provocadora. Diez años menor, imposible de ignorar, hecha para el pecado. Ella lo tienta con cada mirada descarada, con cada sonrisa maliciosa, hasta que él la toma y la reclama como suya. Pero Isabelle no es fácil de domar. Es adictiva, peligrosa, y cuando su mundo se tambalea, Jeffrey debe decidir: ¿la deja ir o la encadena a su deseo? Porque ahora que la ha probado, no piensa perderla. No piensa compartirla. Isabelle es suya. Y hará lo que sea para que lo entienda.
Leer másLos movimientos se volvieron más intensos, más erráticos, como si el ritmo de nuestros cuerpos ya no respondiera a nuestra voluntad, sino a una urgencia más profunda, más instintiva. Cada embestida era un golpe contra el borde de la cordura, una llamada desesperada al clímax que sabíamos inevitable. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose, el roce húmedo y voraz de la piel contra la piel, llenaba la habitación con una sinfonía carnal que parecía arrastrarnos, y consumirnos.Yo sentía cómo ella se contraía a mi alrededor, cómo cada fibra de su ser me apretaba con una ferocidad inesperada. Era como si su cuerpo se negara a dejarme escapar, como si su deseo fuera un ancla hundida en lo más profundo de su vientre. Mis manos, aferradas a sus caderas, no la soltaban. La sostenían con una mezcla de urgencia y devoción, guiando su vaivén, marcando un ritmo frenético que no necesitaba palabras, solo instinto.Ese cuerpo... Lo había explorado con la devoción de un escultor, con la obsesión
Me detuve justo debajo de su ombligo, con los labios rozando apenas la línea de su piel. El sabor de ella ya estaba en mi lengua, una mezcla de perfume liviano, sudor tibio y esa esencia inconfundible que solo emana del deseo contenido demasiado tiempo. Su vientre temblaba bajo mi boca como una cuerda tensa a punto de romperse, y por un segundo, solo un segundo, respiré su aroma con la devoción de un animal salvaje que ha cazado a su presa.No había ternura en ese acto. Nada que se pareciera al cariño. Era hambre. Yo también estaba al borde. No por amor. No por esa conexión que en otros momentos y en otras camas algunos persiguen como un anhelo puro. No. Esto era otra cosa. Era la urgencia de la carne, el impulso salvaje de poseer, de marcar, de arrancar de su cuerpo cada sonido, cada espasmo, cada estremecimiento que se atreviera a negarme.Mis dientes rozaron la curva de su cadera, apenas una caricia, pero lo suficientemente firme como para hacerla tensarse. No se apartó. No se quej
No necesitaba verla del todo para saber que estaba hermosa ahí, rendida pero desafiante, con ese cuerpo que parecía esculpido por manos que conocían el deseo, por dedos que entendían lo que era la tentación y la arrogancia en la misma proporción. No necesitaba verla, porque podía sentirla. Era esa clase de presencia que llena la habitación con el peso de su propia existencia, con la gravedad de su piel desnuda y su voz que parecía siempre estar al borde de una provocación.Estaba tendida frente a mí como un maldito desafío. Como una apuesta que no estaba seguro de querer ganar, pero que sabía que iba a jugar hasta el final.Me arrodillé en la cama, entre sus piernas, y la observé por un largo momento. No porque dudara, sino porque quería memorizar ese instante con más precisión. Ella estaba ahí, completamente expuesta, y aun así no parecía frágil. Al contrario. Su vulnerabilidad era una máscara más. Una trampa. Había algo en la forma en la que me miraba, en cómo alzaba apenas el mentó
La sostuve con fuerza, sintiendo el calor de sus muslos envolviéndome, envolviendo algo más que mi cuerpo. Era el eco de una necesidad acumulándose entre miradas que decían más de lo que nuestras bocas estaban dispuestas a confesar. Su respiración rozaba mi oído como un susurro impaciente, cargado de electricidad, de un deseo que temblaba entre los dos, vivo, tan vivo que dolía.No había prisa, no todavía. Pero tampoco había espacio para la cordura. La razón se había rendido en el umbral, incapaz de sostenerse frente al hambre que crecía en silencio.Caminé con ella en brazos por el pasillo, sintiendo cada pequeña contracción de sus piernas alrededor de mi cintura. Su boca seguía marcando mi cuello, arañando mi piel con cada exhalación, como si intentara dejarme allí su firma, su presencia, una marca de territorio tan visceral como invisible. Había algo salvaje en ella, algo que despertaba lo peor de mí… y también lo mejor.No dije nada. No hacía falta.Las palabras eran innecesarias
Último capítulo