No necesitaba verla del todo para saber que estaba hermosa ahí, rendida pero desafiante, con ese cuerpo que parecía esculpido por manos que conocían el deseo, por dedos que entendían lo que era la tentación y la arrogancia en la misma proporción. No necesitaba verla, porque podía sentirla. Era esa clase de presencia que llena la habitación con el peso de su propia existencia, con la gravedad de su piel desnuda y su voz que parecía siempre estar al borde de una provocación.
Estaba tendida frente