Los movimientos se volvieron más intensos, más erráticos, como si el ritmo de nuestros cuerpos ya no respondiera a nuestra voluntad, sino a una urgencia más profunda, más instintiva. Cada embestida era un golpe contra el borde de la cordura, una llamada desesperada al clímax que sabíamos inevitable. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose, el roce húmedo y voraz de la piel contra la piel, llenaba la habitación con una sinfonía carnal que parecía arrastrarnos, y consumirnos.
Yo sentía cómo e