Mundo ficciónIniciar sesiónAmara Soler no pertenece a ese mundo… y todos se encargan de recordárselo. Becada en una universidad de élite y trabajando de noche para pagar la cirugía de su madre, soporta humillaciones, rumores y miradas que la quieren ver caer. Alaric Armand, heredero millonario y futuro dueño de un imperio, debería casarse con alguien de su nivel, alguien como Selene Duval. No con la chica humilde que lo desafía bajo un cielo estrellado y le exige que deje de vivir como un prisionero de su apellido. Lo que comienza como un matrimonio por contrato, una solución fría para salvar reputaciones y pagar deudas médicas, pronto se convierte en algo más peligroso: deseo, posesión y un vínculo que amenaza con destruir las reglas de la alta sociedad. Entre galas, traiciones y enemigos dispuestos a separarlos, Amara deberá decidir si puede sobrevivir en un mundo que la desprecia… mientras el hombre más poderoso de todos empieza a reclamarla como suya.
Leer másEl día que Alaric Armand se arrodilló frente a mí para pedirme matrimonio, la mujer que todos creían su futura esposa estaba sentada a menos de tres metros de distancia.
La mitad de la sala dejó de respirar, la otra mitad empezó a susurrar.
Yo solo podía pensar en una cosa: aceptar fingir ser su esposa había sido una idea terrible.
Tres días antes, ese plan parecía brillante, ahora no estaba completamente segura de qué había hecho.
El hijo de uno de los empresarios más grandes de la ciudad, casándose con una chica becada en una universidad de élite en lugar de una chica de su mundo: Selene Duval. Su padre había planeado todo, menos el hecho de que su hijo no estaba de acuerdo.
El vestido llegó a mi apartamento esa misma tarde, y no vino solo. Una caja larga y rígida, forrada en papel negro con el sello plateado de una casa de moda que jamás habría podido permitirme, apareció en la puerta junto a otra más pequeña que contenía los zapatos.
El mensajero apenas esperó a que firmara antes de irse, todo estaba demasiado bien organizado, demasiado calculado como para ser casualidad. Abrí la caja del vestido primero.
El diseño era impecable: seda profunda color vino, corte elegante que abrazaba la cintura y caía con una precisión casi arquitectónica hasta el suelo. No era simplemente un vestido bonito: era un vestido pensado para ser visto, para dominar una habitación, para una cena importante.
Dentro había una pequeña tarjeta con la caligrafía firme de Alaric.
“Para esta noche.”
Exhalé lentamente.
No había pedido mi opinión, no había preguntado qué quería ponerme, no había dejado espacio para improvisación. Alaric había comprado toda mi ropa para esa noche.
El vestido, los zapatos de tacón negro con suela roja, las joyas discretas que encontré después en una tercera caja: pendientes de diamante pequeños, eran elegantes, imposibles de ignorar.
Todo elegido por él, todo calculado. Cuando terminé de arreglarme y me miré en el espejo, por un momento no reconocí a la mujer frente a mí.
La tela se ajustaba a mi cuerpo como si hubiese sido hecha a medida. Los hombros descubiertos, la caída perfecta de la falda, los tacones elevando mi postura unos centímetros más de lo habitual.
Parecía alguien que pertenecía a ese mundo, y eso, en sí mismo, ya era parte del juego. El auto negro de Alaric llegó puntual a las siete.
Durante el trayecto hacia la Casa Armand apenas hablamos.
Él observaba su teléfono, revisando algo con esa concentración silenciosa que siempre lo envolvía antes de eventos importantes. Yo miraba por la ventana, intentando ordenar los pensamientos que se acumulaban en mi cabeza desde que había abierto aquella caja.
—Te queda bien —dijo finalmente, levantando la vista para recorrerme con calma. Su mirada descendió desde mis hombros hasta mis manos—. Sabía que ese color funcionaría contigo.
No sonaba sorprendido, sonaba satisfecho.
—Gracias —respondí, manteniendo la voz neutral.
Alaric asintió apenas, como si ese intercambio cerrara un asunto ya resuelto.
Cuando el auto cruzó las rejas de la Casa Armand, supe inmediatamente que aquello no era una cena cualquiera.
Las luces del jardín iluminaban la fachada de piedra con una elegancia casi teatral.
Invitados llegando en autos de lujo, murmullos de conversaciones refinadas filtrándose desde el interior.
Familia, socios, observadores. Alaric salió del auto primero y extendió la mano hacia mí.
—Recuerda algo —dijo en voz baja mientras yo apoyaba mi mano en la suya, su tono era suave, pero firme—. Desde esta noche estás conmigo.
No era una sugerencia, era una declaración. Entramos juntos al salón principal.
Las conversaciones bajaron apenas unos tonos cuando aparecimos, no lo suficiente para parecer descortés, pero sí lo bastante para que quedara claro que la gente había notado mi presencia.
La familia Armand estaba reunida cerca de la mesa principal, pero no había señal alguna de la madre de Alaric, lo cual me resultó extraño.
También estaba la familia de Selene Duval: hija del mayor socio del padre de Alaric, la chica con la que se supone debía casarse. La vi antes de que ella me viera a mí, de pie junto a su padre, impecable en un vestido marfil, con la seguridad de alguien que llevaba años moviéndose en ese círculo.
Cuando su mirada finalmente cayó sobre mí, el cambio en su expresión fue mínimo, pero suficiente: sorpresa, confusión, y después algo más frío. Traía el tipo de sonrisa que una mujer usa cuando todavía no sabe si acaba de ser insultada o desafiada.
Alaric no le prestó atención, me guió con una mano firme en mi espalda baja, presentándome a distintas personas con una naturalidad que casi parecía ensayada.
—Amara —decía simplemente.
Sin explicaciones adicionales, sin contexto.
Las miradas curiosas se acumulaban, algunas discretas, otras descaradamente evaluadoras. Sentía el peso del diamante en mis pendientes cada vez que alguien inclinaba la cabeza para observarme mejor, pero mantuve la sonrisa y la cabeza alta.
Si esta noche era un escenario, entonces yo también tenía que actuar. La cena avanzó con la precisión de un evento cuidadosamente organizado.
Platos elegantes, conversaciones empresariales, brindis ocasionales, y una tensión subterránea que nadie mencionaba pero todos percibían.
Selene habló poco.
Cuando lo hizo, su voz era perfecta, controlada. Pero cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos había una pregunta silenciosa que ninguno de los dos estaba dispuesto a formular en voz alta.
¿Por qué estoy aquí?
La respuesta llegó al final de la cena.
Alaric se levantó lentamente cuando el último plato fue retirado. Golpeó suavemente su copa con una cucharilla, el sonido cristalino atravesó el salón. Las conversaciones se apagaron.
—Si me permiten un momento —dijo con calma.
Su voz tenía esa autoridad natural que hacía que nadie cuestionara cuando hablaba.
—Esta noche quería aprovechar que tenemos a la familia reunida, y a varios de nuestros socios más cercanos.
Una pausa, algunas miradas curiosas comenzaron a moverse entre los invitados.
—Hay algo que he mantenido en privado durante un tiempo.
Sentí su mano encontrar la mía debajo de la mesa, firme y cálida.
—He estado saliendo con alguien —continuó mientras un murmullo leve recorrió la sala—. Durante meses decidimos mantenerlo en secreto. No por vergüenza, sino porque queríamos algo que fuera solo nuestro antes de traerlo al mundo exterior.
Mi cabeza giraba a mil por hora, esa historia no existía, la estaba inventando frente a todos.
—Pero esconder algo importante nunca fue mi estilo —añadió, mirándome ahora directamente—. Y tampoco quiero seguir fingiendo que esta mujer no es una parte esencial de mi vida.
El silencio se volvió denso, Alaric tomó con más fuerza mi mano y luego rodeamos la mesa para quedar en el centro mismo del salón.
Se arrodilló frente a mí, por un segundo nadie respiró.
Sacó una pequeña caja negra de su bolsillo.
Mi corazón dio un salto, este era el momento en el que debía reaccionar, y lo hice.
Mis manos cubrieron mi boca con una sorpresa perfectamente ensayada, aunque el torbellino en mi cabeza era absolutamente real.
—Amara —dijo Alaric con una calma casi peligrosa, su mirada estaba fija en la mía—. No quiero seguir escondiendo lo que siento por ti.
Mentira.
—Quiero que todos sepan que eres la mujer con la que quiero construir mi futuro.
Otra mentira.
Pero la forma en que lo decía… hacía que sonara como la verdad más sólida del mundo.
Cuando la caja se abrió, el diamante capturó la luz del salón como una explosión silenciosa. Era gigantesco, ridículo, inconfundible.
Varias mujeres respiraron abruptamente y escuché uno que otro chillido.
Alaric no miraba el anillo.
Me miraba a mí.
—Cásate conmigo.
Durante un segundo no entiendo lo que significa, las palabras llegan, pero el sentido tarda más.—¿Su exnovio?Alaric asiente. La luz del teléfono ilumina parcialmente su rostro y no me gusta lo que veo.Porque está demasiado serio, demasiado concentrado.—¿Cómo lo sabe Herrera?—Porque encontró una fotografía.—¿Una fotografía?—Redes sociales antiguas.Parpadeo.—¿Y eso es suficiente?—No.—Entonces…—También encontró registros de llamadas.Mi estómago se contrae.—¿Ella hablaba con él?—Hasta hace seis meses.Silencio.—¿Seis meses?—Sí.—¿Y nadie lo sabía?—Parece que no.La sensación incómoda vuelve porque cada respuesta abre más preguntas.—¿Por qué ocultaría algo así?—No lo sé.Pero algo me dice que Alaric sí tiene teorías, simplemente todavía no quiere compartirlas.A las ocho de la noche estamos en la oficina de Herrera. La primera vez que entré aquí me sentí fuera de lugar, ahora simplemente me siento cansada.Herrera está de pie junto a una mesa llena de documentos: corbat
Por un segundo creo que escuché mal.—¿Qué?Pero Alaric ya está dejando dinero sobre la mesa, ya está tomando las llaves, ya está pensando tres pasos por delante.—Alaric.—Vamos.—Tal vez está en una reunión.—No.—Tal vez dejó el teléfono en silencio.—No.—Tal vez...—Amara.Su voz corta la mía, no es brusca, no es agresiva. Es peor, es segura y esa seguridad hace que el miedo empiece a instalarse en mi estómago porque Alaric no parece preocupado, parece convencido.Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.Quince minutos después estamos en el auto.Llamo a Selene otra vez, nada, directamente buzón.Vuelvo a intentarlo, lo mismo.—Sigue sin responder.Alaric mantiene la vista fija en el camino.—Lo sé.—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?—No estoy tranquilo.—Lo pareces.Sus dedos se cierran con más fuerza alrededor del volante, solo un instante, pero lo veo.—Créeme, no lo estoy.Silencio.El tráfico avanza lento, demasiado lento y por primera vez desde que lo conozco siento a
“Voy por ti.”Las tres palabras permanecen en la pantalla mientras sigo inmóvil en medio del sendero.Alrededor mío, el campus continúa funcionando: estudiantes que ríen, profesores que caminan deprisa, puertas que se abren y se cierran.La vida normal.Y, sin embargo, siento que algo acaba de inclinarse, como cuando una pieza de dominó cae. Todavía no ves el resto, pero sabes que vienen detrás.Mi teléfono vibra otra vez.Alaric.Llamada entrante.Contesto inmediatamente.—¿Dónde estás?Sin saludo, sin introducción, su voz suena diferente: más seca, más alerta.—Cerca del estacionamiento norte.—Quédate ahí.—Alaric...—Quédate ahí.Y corta.Miro la pantalla incrédula.—Qué amable —murmuro.Pero ya estoy obedeciendo porque conozco ese tono y porque algo me dice que discutir ahora sería una pérdida de tiempo.Tres minutos después aparece, cruzando el campus con pasos largos, directos, decididos. Como si el resto de las personas fueran obstáculos temporales entre él y algún objetivo.E
La biblioteca empieza a vaciarse cerca de la una de la tarde, los estudiantes desaparecen hacia otras clases, los grupos de trabajo se dispersan. Las conversaciones se apagan una por una y cuando levanto la vista del portátil, solo quedamos Alaric y yo en nuestra mesa o casi.Él regresa dos minutos después con dos cafés, como si hubiera calculado exactamente cuánto tardaría en terminar de hablar con Selene, como si siempre supiera dónde estar.Deja uno frente a mí.—Gracias.—De nada.—¿Nunca te equivocas con el café?—Sí.—¿Cuándo?—Cuando intento adivinar qué quiere otra persona.—Eso no responde mi pregunta.—Sí la responde.Resoplo.Alaric se sienta frente a mí y durante unos segundos ninguno habla. El cansancio de la mañana empieza a instalarse, pero no es desagradable.Es uno de esos silencios tranquilos que aparecen cuando ya no hace falta llenar cada espacio con palabras.—Selene está asustada —digo al final.—Sí.—Intenta ocultarlo.—También.Muevo el vaso entre las manos.—¿










Último capítulo