Misterios Familiares.

De un momento a otro, Alaric intervino con naturalidad, empujando suavemente mi vientre con su mano, alejándome así de su padre.

—Es una buena idea, amor.

El apodo se sintió como una bofetada.

Lo miré.

—No quiero ser una molestia.

—No lo eres —respondió él—. Además, te vendrá bien conocer el lugar.

Dudé un instante, pero finalmente asentí.

—Está bien.

El hombre sonrió levemente.

—Excelente.

Con el paso de las horas, los invitados comenzaron a retirarse. Las conversaciones se dispersaron, el champagne dejó de circular y la mansión recuperó su silencio habitual.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo: Alaric había desaparecido.

No estaba a mi lado, no lo veía en los salones. La ausencia me inquietó, pero no de manera dramática, solo sutilmente.

Caminé por los pasillos de la mansión, intentando encontrarlo. Las paredes estaban decoradas con cuadros antiguos y fotografías familiares.

El lugar tenía una presencia imponente, como si cada objeto contara una historia.

Finalmente escuché voces provenientes de un salón con la puerta entreabierta.

Me detuve, no entré, permanecí en silencio. Dentro estaban Alaric y su padre.

La discusión era tensa; el hombre hablaba con irritación contenida.

—Arruinaste el acuerdo —dijo.

Comprendí de inmediato: el acuerdo era el matrimonio con Selene Duval. Algo planeado durante años.

El padre continuó.

—Sabes lo que significaba, no era solo una unión personal, era una alianza estratégica.

Alaric respondió con frialdad:

—No voy a casarme con alguien por obligación.

El hombre se tensó.

—No se trata de obligación, se trata de estabilidad.

—Se trata de control —corrigió Alaric—. Y no voy a vivir bajo esas condiciones.

El silencio que siguió fue pesado. Luego el padre dijo algo que me golpeó.

—Ni siquiera tuve que conocerla para saber por qué la elegiste.

La frase era confusa, pero la implicación clara: Alaric había tomado una decisión.

El hombre volvió a hablar:

—Escogiste exactamente el mismo tipo de mujer que tu madre.

No entendí del todo, no conocía la historia, pero la respuesta de Alaric fue más fría de lo que esperaba.

—La diferencia es que yo no me avergüenzo de ella —la palabra casi fue un grito, cargada de dolor—. No voy a sacrificar a la mujer que elegí para proteger un negocio.

La palabra quedó suspendida en el aire: elegí.

No supe cómo procesarlo en ese momento.

Me alejé antes de ser descubierta; no quería que supieran que había escuchado, pero la frase se quedó conmigo, rebotando en mi cabeza una y otra vez.

Seguí caminando por la mansión.

El lugar era inmenso, demasiado silencioso.

Finalmente llegué al gran salón privado central. Me senté en un sillón de cuero, intentando ordenar mis pensamientos.

Cerré los ojos un momento, solo para respirar.

Cuando los abrí, la vi: una silueta femenina se dibujaba en lo alto de la escalera, iluminada por la luz tenue de un candelabro antiguo.

Al principio pensé que era un juego de sombras, el ambiente lo hacía parecer irreal, pero no lo era.

La presencia era inconfundible: elegante, imponente, con un aura de autoridad y fragilidad al mismo tiempo. Cada movimiento suyo parecía medido, cada gesto delicado pero con propósito.

La madre de Alaric.

Lo supe antes de que hablara, lo supe por la elegancia natural de su postura, por la manera en que la luz delineaba su rostro.

No llevaba un vestido costoso, sino una bata de seda que caía como un suspiro, y su cabello negro brillaba suavemente en las ondas sobre sus hombros.

Era hermosa, pero había una melancolía contenida en su mirada, un peso invisible que parecía romperla por dentro.

Me puse de pie sin pensarlo.

—Buenas noches —dije con respeto.

No respondió, solo me observó con intensidad, como si evaluara no solo quién era, sino quién podía llegar a ser.

Sus ojos se humedecieron por un instante, un reconocimiento silencioso que no necesitaba palabras.

Luego, con la misma elegancia que la definía, dio media vuelta y desapareció por el pasillo superior, dejándome con el eco de su presencia flotando en el aire.

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