La Propuesta.

Subimos por una escalera de servicio que llevaba al techo del edificio principal, Alaric hablaba detrás de mí con un tono entre divertido y desconfiado.

—Si alguien nos ve subir aquí, esto va a convertirse en un escándalo —comentó.

—Entonces intenta caminar más rápido —respondí sin girarme.

—Esto es exactamente el tipo de comportamiento que arruina reputaciones.

—Tu reputación sobrevivirá.

—No estoy tan seguro de la tuya —contestó.

—No tengo una que mantener.

Lo escuché reír por primera vez.

Abrí la puerta metálica del tejado y el aire nocturno nos golpeó de inmediato. El cielo estaba completamente despejado, miles de estrellas brillaban sobre nosotros, y la ciudad se extendía alrededor del campus como un mar de luces distantes.

Alaric se detuvo detrás de mí.

—Debo admitir algo —dijo tras un momento.

—¿Qué cosa? —pregunté.

—No esperaba que me secuestraras esta noche.

Me encogí de hombros y saqué de mi bolso una botella pequeña de whiskey, ventaja de trabajar en un bar.

Alaric la observó sorprendido.

—¿Trajiste alcohol a la universidad? —preguntó con incredulidad.

—Calla —respondí, extendiéndosela.

Dudó un instante y luego bebió un trago largo, exhalando lentamente.

—Es mejor que el de abajo —admitió, y yo asentí, sabiendo que los tragos de la universidad eran más agua que alcohol.

Acomodé mi vestido y me senté en el borde del tejado; él hizo lo mismo a mi lado. Durante un momento, ninguno habló.

—Deja de actuar como guardia de seguridad —dije finalmente.

Alaric giró la cabeza hacia mí.

—¿Perdón?

—En la fiesta —expliqué— estabas vigilando a todo el mundo.

Le saqué la botella de la mano, bebí un trago y se la devolví.

—Parecías el encargado de proteger un banco.

Su risa fue breve.

—Tal vez lo soy.

—¿De qué exactamente?

Sus ojos volvieron al horizonte.

—De una vida que no quiero.

Lo miré.

—Explícate.

Alaric tardó un momento en responder.

—Odio este mundo —dijo finalmente.

—¿El de las fiestas elegantes? —pregunté.

—El de las expectativas —aclaró con tono amargo.

Bebió otro trago.

—Mi padre cree que todo está decidido.

—¿Qué cosa?

Alaric me miró.

—Mi vida.

Hubo un silencio breve.

—Incluyendo a Selene —agregó—. Quiere casarme con ella. Según él, eso sería bueno para la empresa, pero no puedo imaginar una vida evitando llegar a mi propia casa.

Solté una pequeña risa.

—Entonces no te cases con ella.

Alaric negó con la cabeza.

—No es tan simple.

—Siempre lo es.

—No cuando tu apellido mueve mercados.

Lo observé unos segundos antes de hablar.

—Entonces toma control de tu vida.

—¿Crees que nunca lo intenté? —preguntó con una leve dureza.

—¿Y yo qué voy a saber?

—No es tan fácil.

El silencio volvió. Finalmente, fue mi turno de compartir.

—Mi madre está enferma. Por eso estoy en esta universidad, fue la única que me ofreció una beca completa.

Alaric me miró de inmediato.

—Endometriosis severa —dije con calma, girando la botella entre mis dedos—. Necesita cirugía y meses de tratamiento hormonal, es… complicado.

—Lo imagino —dijo.

—No —respondí con firmeza—. No tienes idea.

Alaric permaneció callado unos segundos y luego habló con una calma peligrosa.

—Cásate conmigo.

Me atraganté con el whiskey.

—¿Qué acabas de decir?

—Un matrimonio por contrato —repitió con absoluta tranquilidad.

Mi cerebro tardó un momento en procesarlo.

—Eso es una locura.

—Es una solución —afirmó.

—Es un maldito matrimonio —mi voz sonó más aguda de lo esperado.

—Solo si lo miramos desde la parte legal —aclaró.

Negué con incredulidad.

—Eso no lo hace sonar mejor.

Alaric se inclinó ligeramente hacia mí.

—Si me caso contigo, mi padre no podrá obligarme a casarme con Selene.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

—Y a cambio —continuó— pagaré todos los gastos médicos de tu madre.

Guardé silencio, pensando en mi madre, en las facturas que seguían llegando, en el miedo de no poder cubrir el siguiente tratamiento.

—La cirugía que mencionaste —añadió con calma—. Los tratamientos, la recuperación, todo con los mejores médicos. Y cualquier gasto futuro hasta que esté completamente sana. Ambos ganamos.

Tragué saliva.

—¿Por qué yo? —pregunté.

Una sonrisa mínima apareció en su boca.

—Porque no te interesa agradar ni meterte en el mundo del cual estoy intentando escapar.

El silencio se extendió entre nosotros. Pensé en mi madre, en las facturas, en el miedo constante a no poder pagar lo siguiente.

Lo miré de nuevo.

—Acepto —dije finalmente.

Alaric no pareció sorprendido, solo extendió la mano con calma.

—Entonces tenemos un trato.

Nuestros dedos se rozaron al estrechar manos, el contacto breve pero eléctrico. Mientras lo miraba bajo el cielo estrellado, una idea peligrosa surgió en mi mente.

Si iba a acercarme a alguien como Alaric Armand, la verdadera pregunta no era si debía hacerlo, sino:

¿Qué tan peligroso sería acercarme tanto?

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