Mundo ficciónIniciar sesiónLa gala universitaria era exactamente el tipo de evento que siempre me hacía sentir como si estuviera invadiendo un mundo que no era mío.
Luces cálidas iluminaban el salón principal del club social donde la universidad celebraba su presentación anual de prácticas profesionales.
Paneles de madera oscura cubrían las paredes, mesas con manteles blancos impecables, bandejas de cristal circulando entre estudiantes que parecían haber nacido sabiendo exactamente cómo sostener una copa de vino.
Yo sostenía la mía con demasiada atención, no porque no supiera beber, sino porque todo en ese lugar parecía diseñado para recordarme que yo no pertenecía allí.
Los chicos de economía estaban vestidos como si ya trabajaran en bancos internacionales.
Trajes oscuros perfectamente ajustados, relojes demasiado caros para alguien de nuestra edad, sonrisas pulidas que parecían ensayadas frente a un espejo.
Las chicas no eran muy diferentes.
Vestidos elegantes, tacones imposibles, y esa seguridad que solo la consigues si creces rodeada de dinero.
Yo llevaba el único vestido negro que tenía.
Sencillo, sin marca reconocible, comprado en una tienda de segunda mano a dos cuadras de mi departamento.
Y aun así, en medio de ese mar de lujo, parecía un error.
Sentía las miradas, las evaluaciones silenciosas.
Los pequeños gestos que la gente de clase alta cree que son discretos… pero que en realidad gritan desprecio.
Avancé hacia una mesa del fondo intentando ignorarlo, fue entonces cuando escuché mi nombre.
—Amara Soler.
La voz era dulce, demasiado dulce, artificial.
Me giré lentamente.
Selene Duval estaba en el centro del grupo más exclusivo del salón.
Impecable, como siempre.
Vestido color champagne, cabello rubio perfectamente peinado, sonrisa elegante que nunca llegaba a sus ojos.
A su alrededor, tres o cuatro estudiantes parecían perros falderos esperando su aprobación.
Selene inclinó ligeramente la cabeza.
—No sabía que asistirías —dijo con una cortesía demasiado perfecta—. Pensé que estos eventos eran… incómodos para algunos estudiantes.
Las risas suaves de su grupo llegaron exactamente cuando debían; educadas, controladas, crueles.
—La invitación era para todos los alumnos —respondí con calma.
Selene asintió lentamente, como si estuviera evaluando una pieza de arte mediocre.
—Claro —dijo—. La universidad tiene que mantener su imagen de diversidad.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Alguien detrás de ella murmuró algo sobre becas, otro comentó algo sobre programas sociales.
Seguí sosteniendo mi copa como si no me afectara.
Porque si algo había aprendido viviendo en ese mundo era que mostrar debilidad era exactamente lo que ellos querían.
Selene dio un paso más cerca, su perfume era caro, ridículamente caro.
—Debo admitir algo, Amara —dijo bajando un poco la voz—. Me intriga tu… confianza.
—¿Confianza? —pregunté.
Selene sonrió un poco más.
—La forma en que te mueves entre nosotros.
Su mirada descendió brevemente por mi vestido, luego volvió a mis ojos.
—No muchas personas en tu situación tendrían ese coraje.
Su sonrisa se volvió más fina, más afilada.
Se inclinó ligeramente hacia mí y murmuró lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara.
—Ninguna rata de la baja sociedad puede entrar a la familia Armand.
El golpe fue directo, brutal.
Pero no reaccioné, no aparté la mirada. La observé durante un segundo más largo de lo socialmente cómodo.
—Entonces supongo que estoy a salvo —respondí con calma—. Porque yo no recuerdo haber pedido entrar.
Un par de estudiantes se removieron incómodos.
Selene mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron.
—Qué curioso —dijo finalmente—. Porque últimamente tu nombre aparece demasiado cerca del de Alaric.
No respondí, simplemente dejé mi copa sobre la mesa, había tenido suficiente por una noche.
Salí del salón principal ignorando la presión en mi pecho.
El aire del pasillo era más fresco, más respirable.
Caminé hacia la salida trasera del salón social.
Solté un suspiro largo, como si pudiera expulsar todo lo que había soportado dentro del salón.
Fue entonces cuando lo vi.
Alaric Armand estaba apoyado cerca de una de las ventanas altas del corredor.
Solo, con las manos en los bolsillos, mirando la oscuridad del jardín exterior.
Algo en su postura era diferente, no arrogante, no seguro, parecía… agotado.
Cuando pasé a su lado, habló sin mirarme.
—¿Huyendo de la fiesta, Soler?
Su voz era baja, casi cansada.
Me detuve.
—¿Observando desde las sombras, Armand? —respondí.
Alaric giró la cabeza lentamente y me miró.
—No estaba observando.
—Claro.
—Estoy intentando sobrevivir a esta noche de circo.
Arqueé una ceja.
—Debe ser muy difícil sobrevivir en tu propio evento.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—No es mi evento.
—Es tu mundo.
Alaric exhaló lentamente.
—Exactamente ese es el problema.
El silencio entre nosotros se volvió extraño, lo observé con más atención.
Su corbata estaba ligeramente desajustada, el botón superior de su camisa abierto, parecía alguien que llevaba horas interpretando un papel que detestaba.
Suspiré.
—Ven —dije de pronto.
Alaric frunció el ceño.
—¿Qué?
Miré el pasillo vacío.
—Ven ahora —insistí—. Antes de que alguien nos vea.
Sus ojos se entrecerraron.
—Soler…
—Confía en mí cinco minutos.
—Eso suena como el inicio de una muy mala decisión.
—Probablemente lo sea.
Sostuve su mirada.
—¿Vienes o no?
Alaric me observó durante unos segundos más, como si estuviera intentando entender qué estaba pasando por mi cabeza.
Finalmente suspiró.
—Te has vuelto completamente loca —murmuró.
—Muy posible.
—Y aun así quieres que te siga.
—Como quieras.
Negó con la cabeza, pero empezó a caminar detrás de mí.
Y por alguna razón tuve la sensación clara de que esa decisión iba a complicar nuestras vidas mucho más de lo que cualquiera de los dos imaginaba.







