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Trajes Caros & Mentes Vacías.

Hay algo extremadamente ridículo en usar traje completo para una clase a las ocho de la mañana, pero en esta universidad, si no hueles a dinero antes del desayuno, prácticamente no existes.

Lo pienso mientras empujo la puerta del aula de Economía Avanzada.

Las conversaciones bajan apenas un tono cuando entro.

Tres chicos están en la primera fila: traje gris entallado, traje azul marino, traje negro con la corbata perfectamente ajustada. Parecen ejecutivos esperando firmar la compra de una empresa, no estudiantes.

Y luego estoy yo, con mi falda negra sencilla, blusa blanca que ya no es tan blanca como cuando la compré, zapatos pulidos, pero gastados.

En cualquier otro lugar sería ropa normal, aquí es una señal de que no pertenezco.

—Miren quién llegó —dice una voz femenina.

No necesito girarme para reconocerla: Selene Duval.

Está dos filas atrás, rodeada de su pequeño círculo de admiradores. Cabello rubio perfecto, traje color crema, sonrisa impecable.

La clase se queda en silencio esperando el espectáculo.

—Nuestra historia de superación personal favorita —continúa Selene con voz dulce.

Una de sus amigas ríe.

—La becada.

Selene inclina la cabeza con falsa curiosidad.

—Siempre me pregunto cómo funcionan esas cosas —dice—. Debe ser muy estresante vivir sabiendo que un mal semestre y todo desaparece.

Las miradas se clavan en mi espalda.

Camino hacia mi asiento sin acelerar el paso, no les voy a regalar mi vergüenza.

Me siento y saco mi cuaderno.

El silencio dura exactamente dos segundos.

—Espera —dice un chico detrás de mí—. ¿En serio usa un cuaderno?

—Tal vez la universidad todavía no aprobó su solicitud para una laptop —responde otro.

Las risas se esparcen por el aula.

Selene me observa como si fuera un experimento interesante.

—No sean tan crueles —dice con una sonrisa suave—. Amara está haciendo lo mejor que puede.

Su amigo se une a la conversación.

—Es que algunos ni siquiera nacen en el lugar correcto.

Más risas.

Aprieto el lapicero entre los dedos, Selene da media vuelta en su asiento.

—Dime algo, Amara —dice—. ¿Cómo es estudiar aquí sabiendo que todo el mundo en esta sala podría pagar tu beca diez veces?

El aula se queda completamente en silencio, todos esperan que responda.

Levanto la vista lentamente.

—Debe ser complicado para ti —digo con calma— creer que el dinero compra inteligencia.

Las risas desaparecen, algunos estudiantes se miran entre ellos.

Selene parpadea una vez, no esperaba que la desafiara.

Su sonrisa vuelve, más fría.

—No —dice despacio—. Pero compra acceso, cosa que tú no tienes… y es lo único que necesitas para ganar.

El profesor entra en ese momento, el drama se pausa, y la clase comienza.

Él empieza a hablar sobre modelos económicos y desigualdad estructural, la ironía es tan evidente que casi resulta graciosa.

Cuando hace una pregunta complicada, levanto la mano.

—Señorita… Soler.

Mi apellido resuena en el aula.

Respondo citando teorías, datos y ejemplos históricos. Cuando termino, el profesor asiente.

—Excelente análisis.

Silencio, por unos segundos nadie se ríe, al menos hasta que Selene habla.

—Claro —dice—. Cuando no tienes vida social, te sobra tiempo para estudiar.

Las risas regresan, entonces siento otra mirada encima mío.

No es burla, no es desprecio.

Cuando giro la cabeza lo veo: Alaric Armand está sentado a mi derecha, una de las personas más poderosas dentro de esta universidad.

Viste un traje oscuro impecable, reloj caro, expresión tranquila.

No sonríe, solo observa. Cuando nuestras miradas se cruzan, no aparta la suya.

Un trueno sacude el edificio, la tormenta empieza afuera.

Mi cuerpo se tensa sin querer.

—¿Te molestan las tormentas? —pregunta Alaric en voz baja.

—No.

—Parecías inquieta.

Lo miro.

—Lo que me inquieta es estar en un lugar donde la gente cree que usar traje les da personalidad.

Sus labios se curvan apenas.

—Yo también llevo traje.

—Sí —admito—. Pero tú no desfilas diez veces por el pasillo para que otro lo noten.

El silencio entre nosotros se vuelve denso.

—No estás intentando agradar —dice él.

—No vine a agradar.

—Entonces ¿a qué viniste?

—A estudiar, esto es una universidad.

Sus ojos se oscurecen ligeramente.

—Aquí eso no siempre es suficiente.

—Ya me di cuenta.

La clase termina y empiezo a guardar mis cosas, intento apurar el paso porque tengo turno en el bar en unas horas.

—Amara.

La voz de Selene corta el aire, me giro.

Está de pie ahora, cruzada de brazos, el aula vuelve a quedarse en silencio.

—Solo un consejo —dice—. Las personas como tú siempre creen que el talento es suficiente, pero este mundo no funciona así.

Sus ojos bajan hacia mis zapatos.

—Tarde o temprano alguien te recordará cuál es tu lugar.

Antes de que pueda responder, otra voz interviene.

Una voz fría, calmada, autoritaria.

—Eso será difícil.

Todas las miradas giran, Alaric Armand se ha levantado, su mirada está fija en Selene.

—Porque el lugar de Soler —dice lentamente— todavía no ha sido decidido.

Selene lo observa con incredulidad.

—¿La estás defendiendo?

—Solo señalo lo obvio.

La tensión en el aula es palpable.

Selene sonríe, pero esta vez la sonrisa es peligrosa.

—Qué interesante —dice—. No sabía que te interesaban las causas benéficas.

Algunos estudiantes contienen la respiración, Alaric no se mueve.

—No es caridad.

Selene inclina la cabeza.

—Entonces ¿qué es?

Alaric responde sin apartar la mirada.

—Interés, supongo.

El aula estalla en murmullos.

Selene me mira por primera vez como si me estuviera evaluando de verdad.

Sus ojos recorren mi ropa, mi postura, mi rostro, como si estuviera inspeccionando algo desagradable.

Luego sonríe, es una sonrisa lenta y cruel.

—Vaya —dice con suavidad—. No sabía que tus estándares podían ser tan… flexibles, Alaric.

Un murmullo incómodo atraviesa el aula, Selene vuelve a mirarme.

Esta vez con un asco abierto que ni siquiera intenta disimular.

—Aunque supongo que todos necesitamos algo con qué jugar antes de que nuestras familias empiecen a organizar bodas.

El aire se congela, mis ojos se abren apenas, no tengo idea de qué habla.

Alaric no reacciona.

Selene suspira con fingida paciencia.

—¿No lo sabías? —Pregunta, mirando directamente hacia mí—. Nuestros padres llevan años hablando de unir a las familias.

—¿Debería importarme? —Devuelvo su pregunta.

Selene ladea la cabeza otra vez, observándome como si estuviera resolviendo un problema trivial.

—Debo admitir algo, Alaric —añade con una sonrisa fría, sus ojos vuelven a mí—. Si vas a elegir una distracción antes de casarte, al menos podrías elegir algo decente.

Un murmullo recorre el aula, mi cuerpo se tensa.

Selene continúa, con una calma venenosa.

—No una que confundirías con una prostituta cualquiera.

El mundo parece detenerse, siento la sangre subir a mi rostro.

Estoy a punto de hablar, a punto de levantarme, pero en ese instante, la mano de Alaric se cierra alrededor de mi muñeca debajo del escritorio.

Firme, no brusca, pero imposible de ignorar.

Un gesto silencioso, una advertencia.

Mi mirada se mueve hacia él, su expresión sigue siendo fría, como si nada de esto lo hubiera afectado, pero su agarre no se afloja.

Selene observa la escena, y sonríe otra vez. En ese momento entiendo algo con claridad brutal.

Por estar en el lugar incorrecto, en el momento incorrecto, acababa de convertirme en el problema personal de Selene Duval, y las mujeres como ella nunca pierden.

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