Mundo ficciónIniciar sesiónDejé de respirar en el instante en que supe que esas palabras iban a salir de su boca frente a decenas de personas.
—Cásate conmigo.
El silencio explotó en murmullos, miradas, respiraciones contenidas; mujeres mayores sostenían sus collares, expectantes a mi respuesta.
Sentí los ojos de Selene clavados en mí desde el otro lado de la mesa.
Sonreí con euforia elegante, debía presentar la actuación perfecta, la salud de mi madre está en juego.
—Sí —dije, con la voz apenas temblorosa—. Claro que sí.
Alaric tomó mi mano con cuidado y deslizó el anillo en mi dedo. El diamante era pesado, demasiado visible, demasiado definitivo. Los aplausos comenzaron lentamente y luego crecieron hasta llenar el salón.
Alaric se levantó y, antes de que pudiera procesar nada más, sus manos rodearon mi rostro.
Me besó, pero no fue un beso breve de celebración; fue profundo, largo, demasiado largo para un evento social.
Intenté apartarme tras unos segundos, consciente de las miradas que nos rodeaban, pero su mano en mi nuca se tensó apenas, suficiente para impedirlo.
El mensaje era claro: no te muevas.
Cuando finalmente se separó, el salón seguía lleno de aplausos y comentarios apenas distinguibles.
—Impresionante —murmuró alguien cerca.
—Ese anillo cuesta una fortuna.
—¿Desde cuándo…?
Selene no aplaudía, pero tampoco apartaba la mirada.
Levanté la mano con naturalidad para presumir el anillo, como todas las novias lo hacen, como si el diamante no pesara lo que pesaba, los aplausos se hicieron más fuertes y las cámaras se multiplicaron.
Sostuve el rostro de Alaric con ambas manos. Nuestras frentes se tocaron, ojos cerrados, sonrisas ensayadas para las fotos que seguramente se estaban tomando.
Mantuve la cabeza alta, sonrisa intacta.
Durante el resto de la gala, Alaric no se separó demasiado de mí.
Su mano se posaba en mi espalda cada vez que alguien se acercaba demasiado, guiándome con una mezcla extraña de posesión y cuidado.
Nunca me degradó, nunca me expuso más de lo necesario, pero cada gesto recordaba silenciosamente a todos en la sala que ahora estaba bajo su protección, o control.
Cuando la cena terminó y comenzamos a despedirnos de los invitados, Alaric se inclinó hacia mí como si fuera a decir algo trivial.
Pero sus labios rozaron apenas mi oído, su voz fue tan baja que nadie más pudo escucharla.
—Nadie te toca —susurró, sus dedos cerrándose sobre mi mano, justo sobre el diamante—… salvo yo.
Mientras todos celebraban nuestro compromiso, comprendí algo con absoluta claridad: ya no había vuelta atrás.
Los familiares no se habían ido del todo.
La gala había terminado oficialmente, pero muchos invitados permanecían en los salones de la mansión Armand, terminando sus copas y conversando en tonos bajos.
Intenté disimular lo mejor posible.
Sonreía cuando alguien me saludaba, respondía con cortesía, fingiendo naturalidad mientras caminaba junto a Alaric.
Sentía las miradas evaluadoras, los comentarios velados, la curiosidad disfrazada de interés.
No eran insultos directos; en ese círculo la hostilidad rara vez necesitaba ser directa: bastaba con la insinuación.
Alaric actuaba con una naturalidad que me descolocaba.
Tomó mi mano sin dudar y la acercó a su costado, como si ese lugar le perteneciera. En más de una ocasión posó la mano en mi espalda con un gesto que podía interpretarse como protección o simple cortesía.
Al presentarme a ciertos invitados, lo hizo con una sonrisa tranquila.
—Ella es Amara —decía con tono firme—. Mi prometida.
Las palabras caían con peso, sin falsedad ni exageración, sonaban a verdad.
Yo respondía con educación.
—Encantada.
Algunos invitados sonreían con cortesía; otros me observaban con curiosidad. Un hombre de mediana edad levantó su copa.
—Un placer conocerla —dijo—. Alaric nunca nos había presentado a alguien tan importante.
La frase parecía amable, pero percibí lo que había debajo de inmediato.
—El placer es mío —respondí con serenidad.
Alaric apretó ligeramente mi mano, gesto breve.
—Hemos mantenido las cosas en privado —añadió—. Pero ya era momento de hacerlo oficial.
Apretó mi mano tres veces, como si pudiera percibir mi ansiedad.
Un murmullo discreto recorrió el grupo, nadie dijo nada ofensivo. En ese ambiente no hacía falta, las miradas eran suficientes.
Manteniendo la postura, cabeza alta y sonrisa perfecta, por dentro todo se sentía extraño.
No era amor ni romanticismo.
Era un acuerdo, un pacto. Y aun así, la forma en que Alaric me trataba confundía las líneas.
Cuando me abrazó frente a los invitados, no fue mecánico: me rodeó con naturalidad, como si fuera lo correcto. Besó mi sien con suavidad, antes de hablar.
—Estás haciendo un buen trabajo —susurró solo para mí.
Lo miré.
—Actuar no es lo mío.
Él sonrió apenas.
—Hoy lo es.
No había burla, ni manipulación evidente, solo certeza. Intenté mantener la compostura.
—No sé si debería sentirme halagada o preocupada.
—Ninguna de las dos —respondió—. Solo sé tú misma.
La frase me descolocó, ser yo misma allí no era sencillo. No encajaba, y todos los presentes lo sabían de alguna manera.
Selene seguía observando desde lejos, como un depredador elegante y silencioso, evaluando cada movimiento mío. Alaric también lo notó, su mirada cambió apenas, un brillo oscuro cruzando sus ojos que no necesitaba explicación.
Lentamente, dio un paso hacia mí, sin alzar la voz ni hacer ruido.
Entonces, sin avisar, me tomó del rostro con una mano firme pero suave, y sus labios se posaron sobre los míos.
El beso fue inesperado y absoluto: no había duda, no había gentilezas. Era un acto de posesión y desafío al mismo tiempo, una declaración silenciosa que hablaba más que cualquier palabra.
Mi corazón se disparó, la sangre me golpeaba en las orejas, y aun así no pude apartarme.
Sentí la presión de las miradas sobre nosotros: Selene, los invitados, la presión de la cena en sí, pero no importaba.
Cada segundo que pasaba con sus labios sobre los míos me decía que él controlaba ese espacio, que había elegido este momento y este lugar para dejar claro que yo le pertenecía, aunque nadie más lo entendiera. Ese era el acuerdo, y él estaba tomando su papel con completa seriedad.
Cuando finalmente nos separamos, sus ojos oscuros me buscaron con calma absoluta y un fuego contenido. No había palabras, pero el mensaje era claro: él había marcado la frontera, y nadie, ni Selene, ni la cena, ni los rumores, podía atravesarla.
El padre de Alaric observaba con curiosidad.
No interrumpía ni comentaba hostilidades, pero su mirada evaluadora era evidente.
Cuando se acercó a nosotros, lo hizo con educación impecable.
—Amara —dijo con tono neutral—. Me alegra que hayas decidido acompañarnos esta noche.
Incliné la cabeza.
—Gracias por la invitación.
Me observó un instante.
—La mansión puede ser un lugar abrumador para quienes no están acostumbrados.
No era un insulto, pero tampoco un cumplido. Lo comprendí al instante.
—No se preocupe —respondí—. Estoy bien.
El hombre asintió.
—Me alegra escucharlo. La noche es larga, sería apropiado que nuestra futura familia conozca la casa.
La invitación sonó cordial, pero percibí la intención detrás: no era simple hospitalidad, era evaluación. Quería observarme en su terreno, entender quién era realmente, y probablemente sabía más de lo que dejaba ver.







