Eres Mía.
Dejé de respirar en el instante en que supe que esas palabras iban a salir de su boca frente a decenas de personas.
—Cásate conmigo.
El silencio explotó en murmullos, miradas, respiraciones contenidas; mujeres mayores sostenían sus collares, expectantes a mi respuesta.
Sentí los ojos de Selene clavados en mí desde el otro lado de la mesa.
Sonreí con euforia elegante, debía presentar la actuación perfecta, la salud de mi madre está en juego.
—Sí —dije, con la voz apenas temblorosa—. Claro que sí