Tormenta de Veneno.

La lluvia no disminuye cuando salgo del edificio de Economía.

El cielo parece haberse roto sobre el campus; el agua cae en ráfagas gruesas que golpean el pavimento con un sonido constante.

Genial, mi paraguas barato no sobreviviría ni cinco minutos ahí fuera.

Tengo turno en el bar más tarde y todavía debo pasar por el hospital, así que quedarme empapada no es exactamente una opción.

La biblioteca está a un edificio de distancia, así que respiro hondo y corro.

El viento me lanza agua al rostro antes de que alcance la puerta principal. Cuando entro, el cambio es inmediato: silencio, calor suave, olor a café y papel viejo.

Tres pisos de estanterías, ventanales altos, mesas largas de madera donde los estudiantes estudian o fingen estudiar mientras revisan sus teléfonos.

Sacudo el agua de mi cabello y subo al segundo nivel, mientras la tormenta golpea los ventanales como si quisiera entrar.

Encuentro una mesa libre, dejo mi bolso y saco mi cuaderno. No pasan ni treinta segundos cuando escucho una risa.

—Vaya.

La voz es familiar.

—La becada también usa la biblioteca.

Levanto la vista lentamente, no descansé de ella ni media hora.

Selene Duval está sentada unas mesas más allá con su grupo habitual: dos chicas impecables, tres chicos con ropa que parece sacada de una revista de negocios.

Tazas de café caro, tabletas, laptops ultrafinas, todo perfectamente distribuido.

Selene me observa con una sonrisa que parece amable desde lejos.

—Pensé que estudiabas en otro lugar —dice inclinando la cabeza—. ¿Dónde era? ¿En el bar de mala muerte donde trabajas? ¿O hacías otras cosas?

Las risas aparecen de inmediato.

Abro mi cuaderno, no respondo.

—Debe ser agotador —continúa—. Clases, trabajo… hospital.

Mi mano se detiene sobre la página, levanto la vista.

—¿Cómo sabes eso?

Selene sonríe más.

—Oh, por favor, este lugar no es tan grande.

Sus amigas intercambian miradas divertidas.

—Aunque debo admitir —añade Selene—, es admirable.

Pausa, y toma un sorbo de su café antes de seguir hablando.

—La universidad debe adorar tu historia —inclina la cabeza—. Estudiante brillante, origen humilde, madre enferma…

Una de sus amigas murmura.

—Muy inspirador.

Las risas vuelven, Selene me mira directamente.

—Es la clase de historia que queda perfecta en los folletos de admisión.

Siento la sangre subir a mi rostro.

—Pero claro —continúa con suavidad—. Una historia bonita no cambia las reglas del juego.

Silencio.

—Algunos nacen para ganar —pausa—. Y otros solo para esforzarse intentando alcanzarnos.

Aprieto el lapicero, esta mujer me tiene harta, pero no voy a reaccionar, no aquí, no frente a todos.

Entonces algo cambia en el ambiente, varias miradas se giran hacia el centro de la sala. Sigo la dirección y lo veo.

Alaric Armand está sentado a mitad de la biblioteca, solo.

Un libro abierto frente a él, una libreta negra, nada más. La lámpara de lectura ilumina su rostro con una luz cálida.

Su traje oscuro sigue impecable, parece completamente ajeno a todo, pero cuando nuestras miradas se cruzan, sé que no lo está.

Me observa durante un segundo más de lo normal, luego vuelve al libro.

Selene también lo ha visto, lo sé porque se levanta de inmediato, acomoda su cabello rubio y camina hacia él con pasos elegantes.

Varias cabezas se giran discretamente, Selene se detiene junto a su mesa.

—Alaric —dice con una sonrisa suave—. No sabía que estabas aquí.

Él levanta la vista.

—Ahora lo sabes.

Su voz es neutral, Selene ignora el tono.

—Estamos estudiando para el examen de microeconomía —dice señalando su mesa—. Podrías venir con nosotros.

Alaric la observa unos segundos.

—No.

La palabra cae seca, Selene parpadea.

—¿No?

—Prefiero estudiar solo.

Un silencio incómodo se instala en la biblioteca. Selene mantiene la sonrisa, pero el brillo en sus ojos cambia.

—Claro —dice finalmente—. Como quieras.

Se gira para volver a su mesa. En ese momento, sus ojos se deslizan hacia mí, y entonces sonríe.

Camina directamente hacia mi mesa, se detiene frente a mí.

—Qué curioso —dice lo suficientemente alto para que las mesas cercanas escuchen—. No sabía que te gustaba observar a otras personas mientras estudian.

No respondo, pero Selene se inclina un poco.

—Aunque supongo que es comprensible —sus ojos recorren mi ropa húmeda—. Cuando alguien de tu posición entra a un lugar como este, lo único que puede hacer es mirar.

Varias personas levantan la cabeza.

Cierro mi cuaderno.

—¿Ya terminaste? —pregunto.

Selene sonríe.

—Solo estoy diciendo la verdad.

Entonces una voz interviene.

—Eso es discutible.

Toda la biblioteca se queda en silencio, levanto la vista.

Alaric se ha levantado, su mirada está fija en Selene, sostiene su libro en una mano.

—La verdad suele requerir hechos —responde él con calma—. No solo prejuicios.

Selene lo observa unos segundos, no parece sorprendida, pero sí irritada.

—No sé qué te pasa hoy —dice Selene en voz baja—. Pero te conviene parar.

El murmullo crece. Mis manos se tensan sobre mi libro, estoy a punto de levantarme, pero Alaric habla antes.

—Si vas a crear un espectáculo —dice— hazlo en otro lugar.

Selene entrecierra los ojos.

—No sabía que ahora te molestaban los espectadores.

Alaric ni siquiera responde a sus palabras, solo cierra el libro que trae en las manos.

—Ya terminaste.

Un par de estudiantes sueltan una risa nerviosa, Selene se queda quieta y su sonrisa desaparece por un instante.

Es pequeño, pero suficiente. Luego me mira otra vez, esta vez ya no hay diversión de su parte.

—Ten cuidado —dice suavemente, sus ojos no se apartan de los míos—. Las personas que se acercan demasiado a cosas que no les pertenecen suelen salir lastimadas.

Se gira antes de que alguien pueda responder, el sonido de sus tacones se pierde entre las estanterías, pero se detiene cuando escucha las palabras de Alaric.

—Amara —dice con calma—. Ven aquí.

El silencio que sigue es tan pesado que asfixiar el lugar, Selene me observa como si quisiera matarme.

Y de repente entiendo algo muy claro: Si camino hacia Alaric ahora… esto se va a convertir en una guerra.

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