Selección Cruel.

El inicio de semestre siempre era exagerado.

La universidad lo vendía como entusiasmo académico, pero todos sabíamos lo que realmente era: una exhibición.

Empresas asociadas llegaban con trajes impecables, sonrisas calculadas y discursos sobre mérito, mientras los estudiantes fingíamos que no estábamos calculando exactamente qué apellido valía más en el mercado laboral.

El auditorio de la universidad de Economía estaba lleno mucho antes de que comenzara la presentación.

Portátiles abiertos, tabletas brillando, conversaciones en voz baja que sonaban educadas… hasta que uno escuchaba lo suficiente para entender lo que realmente se estaba diciendo.

Yo me senté en la tercera fila hacia el costado izquierdo.

Era una posición aprendida con el tiempo: lo suficientemente cerca para no parecer desinteresada, lo suficientemente lejos para no convertirme en el centro de atención de quienes disfrutaban mirar demasiado.

El profesor Halberg comenzó con su entusiasmo habitual.

Excelencia académica, oportunidades exclusivas, carreras que definirían el futuro del sistema financiero global.

Detrás de él, la pantalla proyectaba los logotipos de las empresas participantes: bancos internacionales, fondos de inversión, consultoras.

Cada nombre provocaba un murmullo distinto entre los estudiantes, como si cada empresa representara un nivel diferente de prestigio.

Entonces apareció el último logotipo: Armand Capital.

No fue necesario que nadie dijera nada para que la atmósfera cambiara.

Incluso quienes fingían revisar sus notas levantaron la vista.

Armand Capital no era solo otra firma de inversión, era una institución construida sobre generaciones de poder financiero.

No reclutaban estudiantes con facilidad, y cuando lo hacían, no era solo una práctica: era una señal de pertenencia.

Un sello silencioso que decía: tú eres uno de nosotros.

Sentí varias miradas girarse discretamente hacia la parte posterior del auditorio, no tuve que mirar para saber por qué.

Alaric estaba allí.

No lo había visto entrar, pero su presencia siempre hacía lo mismo: tensaba la habitación como una cuerda demasiado tensa.

Desde ayer, su nombre se había mezclado con el mío en conversaciones que ya ni siquiera intentaban bajar la voz.

Todo había empezado con algo ridículamente inocente: una biblioteca, una mesa compartida, un par de horas de estudio.

Pero en este lugar nada permanecía inocente durante mucho tiempo.

Los rumores habían crecido con rapidez enfermiza.

Primero insinuaciones suaves: que me había acercado a él estratégicamente, que una becada inteligente siempre sabía exactamente dónde sentarse para que la vieran las personas correctas.

Después llegaron las versiones más crueles, las que se contaban con una sonrisa elegante, como si quienes las repetían solo estuvieran compartiendo un dato curioso.

Decían que Alaric me utilizaba como entretenimiento, decían que yo fingía ingenuidad para despertar su interés.

Y el rumor más reciente, el que se repetía cada vez con más seguridad, afirmaba que mi beca había sido obtenida manipulando información en el proceso de admisión.

Nadie decía directamente que había mentido, pero todos sabían insinuarlo.

La persona que había perfeccionado ese arte era Selene Duval.

Ella estaba sentada dos filas delante de mí.

Postura impecable, cabello recogido con elegancia, la tableta sobre la mesa como si incluso sus apuntes merecieran admiración.

No necesitaba girarse para saber que yo estaba detrás de ella, Selene siempre sabía exactamente dónde estaba cada pieza de su tablero.

La presentación continuó durante casi media hora.

Representantes de diferentes empresas hablaron de liderazgo, impacto global y ética financiera.

Todo sonaba muy noble… si uno ignoraba que muchas de esas empresas existían gracias a decisiones que habían arruinado economías enteras.

Finalmente, el profesor Halberg abrió el espacio para preguntas.

Varias manos se levantaron.

La primera en hablar fue Selene.

El profesor le concedió la palabra con una sonrisa automática.

Selene era una de sus estudiantes favoritas.

Brillante, impecable, exactamente el tipo de alumna que la universidad adoraba mostrar.

—Profesor —dijo con voz clara—, tengo una pregunta sobre los requisitos éticos para representar a las empresas asociadas.

Halberg asintió.

—Adelante.

Selene apoyó ligeramente un dedo sobre su cuaderno antes de continuar.

Luego giró la cabeza apenas lo suficiente para que su mirada pasara por mi dirección durante una fracción de segundo.

Fue un gesto mínimo, pero completamente intencional.

—Si un estudiante obtuvo su beca mediante… información falsificada —continuó con suavidad—, ¿eso afectaría su elegibilidad para representar a la universidad en una de estas prácticas?

El silencio fue inmediato, no fue sorpresa.

La sala entera entendió exactamente lo que estaba ocurriendo.

Sentí las miradas antes de levantar la vista.

Cabezas girándose lentamente, ojos deslizándose hacia mi fila, curiosidad disfrazada de neutralidad.

Alguien murmuró a mi izquierda.

—Eso explica muchas cosas.

Otra voz respondió en tono venenoso.

—Yo también puedo actuar como mosquita muerta si pagan lo suficiente.

Las risas fueron suaves, controladas.

Las personas criadas en cunas de oro sabían humillar sin perder la compostura.

El profesor carraspeó incómodo.

—Bueno… —dijo— cualquier irregularidad en el proceso de admisión sería revisada por la administración correspondiente, pero todas las aplicaciones son examinadas exhaustivamente. Las falsificaciones son imposibles.

Su respuesta era diplomática, pero nadie estaba escuchando realmente.

El objetivo de la pregunta nunca había sido obtener una aclaración administrativa, el objetivo era el espectáculo, y yo era la atracción principal.

Desde el fondo del auditorio alguien habló lo suficientemente alto para que todos lo escucharan.

—Bueno, si Soler entra a Armand Capital al menos alguien servirá café.

Varias personas rieron.

Otra voz agregó.

—O tal vez solo confirmará que es el juguete momentáneo de Alaric.

La insinuación quedó flotando en el aire, clara y desagradable.

El calor subió por mi cuello hasta mis mejillas, sentí el impulso instintivo de bajar la mirada, de encogerme en el asiento, de desaparecer.

Pero no lo hice.

Me quedé exactamente donde estaba, respiré despacio. No iba a darles la satisfacción de verme romperme.

Lo que más dolía no eran las palabras, era la sensación de estar siendo observada como si fuera un animal en el zoológico.

Entonces, casi contra mi voluntad, miré hacia la última fila.

Alaric estaba allí, sentado con la espalda recostada contra el asiento.

Una carpeta abierta sobre las piernas, su expresión era tranquila: no intervenía, no negaba nada, no se defendía, solo observaba.

Y, de alguna manera, eso era peor que las risas. Porque significaba que también estaba permitiendo que ocurriera.

El profesor decidió recuperar el control antes de que la situación se desbordara.

Tomó la lista de estudiantes preseleccionados para las prácticas y comenzó a leer nombres.

El auditorio volvió a fingir normalidad académica.

Cuando llegó el turno de Armand Capital, el profesor ajustó sus gafas.

—Para Armand Capital —anunció— los estudiantes preseleccionados son: Alaric Armand, Lorenzo de la Torre, Macarena Zaharie…

Nadie se sorprendió, era exactamente lo que todos esperaban.

Entonces el profesor hizo una pausa, frunció el ceño, revisó la hoja otra vez.

—Y… —dijo finalmente— Amara Soler.

El silencio fue absoluto, no el silencio incómodo de antes, uno distinto, denso e incrédulo.

Sentí todas las miradas del auditorio clavarse en mí otra vez, pero esta vez no había burla, había algo más peligroso.

Confusión y rabia.

Levanté la vista lentamente, Selene ya se había girado en su asiento.

Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos no.

Desde la última fila, Alaric me observaba con la misma expresión tranquila de siempre, como si ya hubiera sabido exactamente que esto iba a pasar.

Y de pronto entendí algo que me heló la sangre: una vez más, me encontraba en el ojo del huracán por culpa de Alaric Armand.

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