Mundo ficciónIniciar sesión“Diez millones. Una firma. Mi vida entera a cambio de una herencia de cenizas.” Elena Valli es una moneda de cambio. Su padre cometió un error imperdonable y el cobrador es el hombre más despiadado del mundo corporativo: Damián Cavalli. Él no busca una esposa; busca un trofeo. Una propiedad que pueda quebrar para vengar las sombras de su pasado. “No te confundas, Elena. No eres la dueña de esta casa. Eres el activo que garantiza que tu padre siga respirando”. Damián es gélido, dominante y letal. Ha comprado el nombre de Elena, su tiempo y su libertad. Pero en la intimidad de su jaula de lujo, el odio empieza a transformarse en una obsesión que ninguno puede controlar. Entre besos exigentes y secretos, Elena descubre que el monstruo que la posee es el único capaz de protegerla de un enemigo que acecha en las sombras. En este juego de poder, la línea entre la sumisión y el deseo es más delgada que la seda de sus sábanas. Ella fue vendida por una deuda, pero él terminará pagando el precio más alto de todos: su propia redención. ¿Qué pasa cuando la víctima se convierte en la única debilidad del verdugo?
Leer más**ELENA**
El silencio en el estudio de mi padre era tan pesado que podía escuchar los latidos desbocados de mi propio corazón. Él no se atrevía a mirarme. Sus manos temblaban mientras sostenía una copa de cristal vacía. ¿Qué demonios le está pasando? El hombre que respetaba y admiraba ahora me estaba haciendo esto. ¡Tan estúpida soy!
—Dime que es una broma, papá —exigí, apretando los puños a mis costados.
—No lo es, Elena. Si no firmo este acuerdo, mañana vendrán a embargar la casa y yo terminaré en una celda —su voz sonó rota, patética.
—¿Y tu solución es venderme? ¿Como si fuera una maldita propiedad de la empresa?
—No es una venta, es un matrimonio de conveniencia. ¡Eres una exagerada!
—¡Es lo mismo cuando el comprador es Damián Cavalli! —grité, sintiendo una mezcla de náuseas y furia—. Sabes lo que ese hombre le hizo a nuestros socios. Es un monstruo. No hay mujer que salga bien librada de su cama. ¿Es que no te duele que tu hija caiga en sus manos?
—Él prometió que no te faltará nada, hija. Limpiará mi deuda y te dará una asignación mensual. Solo son dos años. Además, es peor que te entregues aún muerto de hambre; por lo menos con este matrimonio estás salvando a tu papito.
—Dos años de mi vida a cambio de tu libertad para seguir cometiendo errores —sentí una lágrima traicionera rodar por mi mejilla, pero la limpié de inmediato—. ¿Cuándo va a suceder eso?
—Él está afuera, Elena. ¡Lo lamento, princesa! Ya verás que te tratará como una reina, porque eso eres para mí.
Me quedé helada. Mis ojos se dirigieron a la puerta doble de roble.
—¿Afuera? ¿Ahora mismo? ¡Qué carajos!
—Vino a supervisar que firmes el consentimiento. Es un hombre desconfiado; debes tenerle paciencia.
La puerta se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe, solo el chirrido de las bisagras y la presencia de un hombre que parecía devorar toda la luz de la habitación. Damián Cavalli vestía un traje gris hecho a medida que resaltaba su altura imponente y sus hombros anchos. Sus ojos, oscuros y gélidos, se clavaron en los míos.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con una voz aterciopelada que escondía una amenaza.
—Solo mi dignidad, señor Cavalli, son unas bestias —respondí, dándole la cara a pesar de que mis piernas querían fallar.
Damián esbozó una sonrisa ladeada, carente de cualquier rastro de humor. Mientras mi yo interior estaba que echaba chispas de coraje. Aunque sea guapo, eso no le quita lo salvaje que es.
—Tu dignidad tiene un precio muy alto, Elena. Diez millones de dólares, para ser exactos. Me imagino que ya te lo dijo tu papito.
—Usted no me conoce. ¡No soy tan atractiva y mucho menos sumisa!
—Sé lo suficiente. Sé que harás lo que sea para que tu padre no termine en una fosa común. Así es el mundo, cariño, cruel y devorador.
—Es un chantaje —acusé, acercándome a él hasta sentir el aroma a sándalo y peligro que emanaba de su piel.
—Es una transacción comercial. Yo necesito una esposa que proyecte una imagen de estabilidad para mi nueva fusión, y tú necesitas que tu familia no se muera de hambre. Tu padre no quiere ir preso, las deudas no lo dejan respirar, pero por suerte tiene algo que me interesa.
Damián sacó un bolígrafo de oro de su bolsillo interior y lo dejó sobre el escritorio, justo encima del contrato. Maldita sea, este hombre presume su riqueza de una manera ridícula.
—Firma —ordenó.
—¿Y si me niego?
Él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Sus dedos rozaron mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.
—Entonces verás cómo destruyo cada ladrillo de esta casa antes de que termine el día.
“Es un demonio vestido de caballero”.
—Elena, por favor… Firma de una buena vez, deja de tonterías; el señor se puede arrepentir. —Suplicó mi padre desde el rincón.
Miré el papel. Las cláusulas eran una sentencia: convivencia obligatoria, apariciones públicas, fidelidad absoluta. Tomé el bolígrafo. Mis dedos rozaron los de Damián y una corriente eléctrica me recorrió el brazo.
—Dos años —murmuré, estampando mi firma con un trazo violento—. Pero que le quede claro algo, señor Cavalli: puede comprar mi tiempo y mi nombre, pero jamás podrá comprarme a mí. Espero que respete eso.
Él tomó el documento y lo examinó con meticulosidad. Luego, guardó el bolígrafo y se enderezó.
—Eso ya lo veremos, señora Cavalli. El auto nos espera afuera. Prepárate, nos vamos a tu nueva casa. De ahora en adelante, olvídate de todos.
—¿Ahora? —pregunté, parpadeando confundida.
—He pagado la factura completa, Elena. No dejo mi mercancía en manos ajenas.
—¡Papá! Di algo.
—Ya tus cosas están en las maletas; los sirvientes las subirán al auto. Gracias, hija, tu papito estará agradecido contigo siempre.
El trayecto hacia la residencia de Damián transcurrió en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el ronroneo del motor del vehículo de lujo. Me pegué a la puerta, intentando poner la mayor distancia posible entre mi cuerpo y el hombre que acababa de comprar mi libertad. A través del cristal tintado, vi cómo mi antigua vida desaparecía entre las sombras de la noche.
“Adiós, Elena. Ya no te pertenece”. Me dije mentalmente.
—Deja de mirar atrás —la voz de Damián cortó el aire como una cuchilla—. No hay nada en esa casa que valga el precio que he pagado por ti.
Me giré para encararlo, apretando el bolso contra mis rodillas para ocultar el temblor de mis dedos.
—Para usted todo tiene un valor monetario, ¿verdad? —le espeté con amargura—. Las personas, los sentimientos… incluso la humillación.
Damián ni siquiera se inmutó. Estaba revisando unos informes en su tableta electrónica, la luz azulada del dispositivo acentuando las líneas duras de su mandíbula y la perfección casi irreal de sus facciones. Mientras yo maldecía al padre que me tocó, que lo único que ve es dinero. Te odio, papá.
—El sentimentalismo es un lujo que los perdedores como tu padre no pueden permitirse. Yo prefiero los activos tangibles.
—Y yo soy el activo más reciente en su cartera, señor. —concluí, sintiendo una punzada de náuseas. Qué más da, ahora era de su propiedad; solamente rogaba que los dos años pasaran con rapidez.
**ELENA**El intercomunicador de la pared chirrió. La voz de Damián llenó la cabina, pero no era la voz del hombre que me había besado en la cabaña. Era puro mercurio, gélido y letal.—Suéltala, Lorenzo. No te lo volveré a pedir.—¿Y qué vas a hacer, muchacho? —Lorenzo soltó una risotada ronca—. ¿Disparar a través de la puerta? ¿Hundir tu preciado juguete con nosotros dentro? Tengo el dedo en el gatillo. Un espasmo y la hija del hombre que tanto odias se convertirá en un recuerdo.—Ella no me importa —la frase de Damián me golpeó como un latigazo físico—. Es una deuda saldada. Si la matas, me ahorras el trabajo de decidir qué hacer con ella cuando esto termine.Sentí una punzada de dolor más aguda que el cañón de la pistola.“¿Saldada? ¿Eso es todo lo que soy?”.—Mientes —replicó Lorenzo, apretando más el arma contra mi piel—. Si no te importara, no habrías cruzado la frontera con ella. No habrías arriesgado el chip por su seguridad.—Crucé la frontera porque es mi propiedad, y no per
**DAMIAN**“Me odias. Pero me quieres dentro de ti. Esa es la verdadera deuda”.—Damián… no aquí —susurró ella, sus manos subiendo a mis hombros, dudando entre empujarme o atraerme más.—Aquí. Donde yo decida. Cuando yo quiera —me aparté lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras por un deseo que la traicionaba—. Mañana llegaremos al puerto. Si te portas bien, tal vez te deje ver el mar. Si no…—¿Si no, qué?—Si no, pasarás el resto del viaje encadenada a la cama de la cabina. Tú eliges, Elena. ¿Quieres ser mi socia o quieres ser mi juguete?Ella me sostuvo la mirada, sus labios apretados en una línea de furia contenida. Sabía que la estaba quebrando. Sabía que su voluntad se estaba desmoronando bajo el peso de mi dominación.—Sube al coche —sentencié, dándome la vuelta.No esperé a ver si obedecía. Sabía que lo haría. No por miedo a la muerte, sino porque el vínculo que nos unía era ya una adicción que ninguno de los dos podía dejar.Llegamos a San
**ELENA**Me apartó de un empujón, casi haciéndome caer de la cama.—¡No me vuelvas a tocar mientras duermo! —rugió, levantándose y buscando su arma en la mesilla—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Jugando a la enfermera compasiva?—Estabas gritando, Damián. Estabas sufriendo —dije, sentándome y tratando de cubrirme con la sábana.—¡Yo no sufro! —golpeó la pared con el puño sano—. Lo que viste fue una debilidad que no volverá a repetirse. Olvídalo. Si se lo mencionas a alguien, si usas eso para intentar manipularme, te juro que te arrepentirás de haber nacido.—No quiero manipularte. Solo quería ayudarte.—¡No necesito tu ayuda! —se acercó a mí, tomándome del cabello para obligarme a mirarlo. Sus ojos ardían de furia y de algo que se parecía mucho al miedo de ser descubierto—. Lo único que necesito de ti es que estés lista en cinco minutos. Nos vamos. Y Elena…Hizo una pausa, su rostro a milímetros del mío.—Si vuelves a mirarme con lástima, te daré una razón de verdad para llorar. Vís
**ELENA**La luz intermitente del letrero de neón del motel pintaba la habitación de un rojo violento cada pocos segundos. El ambiente olía a humedad, a desinfectante barato y a la sangre de Damián. Lo obligué a sentarse en la única silla de madera, cuya estructura crujió bajo su peso imponente. Verlo así, con la camisa abierta y el hombro desgarrado, me provocaba una náusea que luchaba por controlar. No era asco por la herida, era el terror de darme cuenta de que el hombre que controlaba mi mundo podía sangrar.—Quédate quieto —le ordené, mi voz sonando más firme de lo que realmente me sentía.—Te estás tomando demasiadas atribuciones, Elena —gruñó él, aunque sus ojos estaban entrecerrados por el dolor—. Recuerda quién es el dueño aquí.—Un dueño muerto no puede cobrar deudas, Damián. Así que cállate.Tomé el algodón empapado en alcohol y lo presioné contra la carne viva. Damián soltó un siseo, sus músculos se tensaron y sus dedos se clavaron en el borde de la silla con tal fuerza qu





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