Mundo ficciónIniciar sesión**ELENA**
Damián terminó de subir el cierre y, en lugar de apartarse, apoyó sus manos en mis hombros, obligándome a mirar nuestro reflejo en el espejo. Éramos la imagen perfecta del poder y la sumisión.
—Esto no es humillación, querida. Esto es educación. Te estoy enseñando cuál es tu lugar en mi mundo. Debes ser mi perra más obediente.
Él tomó un collar de diamantes de la mesa de noche. Una pieza pesada y brillante que parecía una cadena para perro de lujo. Se colocó frente a mí y lo rodeó en mi cuello, cerrando el broche con un clic definitivo.
—Ahora —dijo, mirándome a los ojos a través del espejo—, salgamos a demostrarle a esos buitres que eres la propiedad más valiosa de Damián Cavalli. Que te compre a buen precio.
Ese maldito me quería exhibir; yo, Elena, el orgullo andante, ahora era la compra más grande de él.
La gala benéfica se celebraba en el Museo de Arte Contemporáneo, un edificio de líneas agresivas y luces blancas que encajaba perfectamente con el ánimo de la noche. Al bajar del coche, el estallido de los flashes me cegó por un instante. Instintivamente, busqué refugio, y Damián aprovechó para pasar su brazo por mi cintura, pegándome a su costado con una fuerza que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba.
—Sonríe —me ordenó al oído mientras avanzábamos por la alfombra roja—. Mañana quiero que todos los periódicos hablen de lo enamorado que parece tu nuevo esposo.
—Espero que el público sea mejor actor que usted —le devolví el dardo, manteniendo una sonrisa impecable frente a las cámaras.
Al entrar en el gran salón, el murmullo de las conversaciones cesó de golpe. Cientos de ojos se clavaron en nosotros. Allí estaban los socios de mi padre, los hombres que me habían visto crecer y que ahora me miraban con una mezcla de lástima y curiosidad morbosa.
—¡Damián! Qué sorpresa verte por aquí tan bien acompañado —un hombre mayor, de cabello canoso y sonrisa falsa, se acercó a nosotros. Era el señor Thorne, el principal rival de mi padre.
—Thorne —Damián asintió con una cortesía cortante—. Supongo que conoces a mi esposa, Elena.
Thorne tomó mi mano y la besó, su mirada recorriéndome de una forma que me hizo sentir sucia.
—Por supuesto. La pequeña Elena. Quién iba a decir que terminarías en manos de un hombre tan… ambicioso. Tu padre debe estar muy tranquilo sabiendo que su deuda está en familia.
Sentí cómo la mano de Damián en mi cintura se apretaba hasta casi hacerme daño.
—Mi suegro sabe exactamente dónde está su hija. No te preocupes por su tranquilidad. Preocúpate por la tuya cuando mi auditoría llegue a tus oficinas —la voz de Damián era puro hielo.
Thorne palideció y, tras una excusa barata, se alejó. Yo me solté del agarre de Damián en cuanto estuvimos solos en un rincón.
—¿Auditoría? ¿Qué le vas a hacer a él? —pregunté, sintiendo que me hundía en un pantano de intrigas que no comprendía.
—Lo que se le hace a cualquiera que intente tocar lo que es mío.
Antes de que pudiera replicar, una voz femenina, aguda y cargada de veneno, nos interrumpió desde atrás.
—¿Damián? No me digas que este es el famoso juguete nuevo del que todos hablan.
Me giré para encontrarme con una mujer espectacular, vestida de rojo, cuya mirada hacia Damián desbordaba una familiaridad que me provocó un pinchazo inesperado en el pecho.
—Isabella —Damián no se movió, pero su expresión se volvió aún más ilegible—. No sabía que habías regresado de Londres.
—Vine en cuanto me enteré de tu “negocio” matrimonial —ella se acercó a él, ignorándome por completo, y puso una mano sobre su solapa—. Debes estar muy desesperado por venganza si has llegado al extremo de casarte con la hija de ese hombre.
“Juguete nuevo. Negocio matrimonial”.
Isabella finalmente me miró, con una sonrisa de suficiencia que me hizo querer desaparecer.
—Hola, querida. Disfruta de la mansión mientras dure. Damián suele aburrirse rápido de las cosas que compra por impulso.
Damián no dijo nada para defenderme. Se quedó allí, observando la escena con una frialdad que me confirmó lo que ya sabía: para él, yo no era más que una pieza en un tablero, y en este juego, las piezas son sacrificables. ¡Qué idiota soy!
—Si me disculpan —dije, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemar mis ojos—, necesito aire.
Caminé hacia la terraza, ignorando la voz de Damián llamándome. Necesitaba salir de allí antes de que mi máscara de seda se rompiera frente a todos. Pero al llegar al barandal de la terraza, una mano fuerte me sujetó del brazo, impidiéndome seguir.
No era Damián. Era un hombre joven, de ojos claros y expresión angustiada que no había visto en años.
—¿Elena? —susurró él—. Dios mío, es verdad lo que dicen. Tienes que salir de aquí antes de que Cavalli termine con lo que queda de tu familia.
—¿Joel? —balbuceé, reconociendo a mi primer amor, el hombre que mi padre había alejado de mi vida hace tiempo.
—Vámonos ahora, Elena. Tengo un coche afuera. No dejes que él te destruya.
En ese momento, la sombra de Damián se proyectó sobre nosotros desde la puerta de la terraza. Su voz sonó como un trueno en medio de la noche.
—Suelta a mi esposa ahora mismo si valoras tu vida.
**DAMIAN**
Ver las manos de ese tipo sobre la piel de Elena provocó algo en mis entrañas que no tenía nada que ver con los negocios y mucho con un instinto primitivo que creía haber enterrado. Joel. Conocía el nombre y conocía el rostro. Un perro faldero del pasado de los Valli que no sabía cuándo retirarse de una mesa donde ya no tenía fichas. ¡Por un carajo!
Caminé hacia ellos con la calma de quien sabe que tiene el control total de la situación. La luz de la luna bañaba la terraza, acentuando la palidez de Elena y la expresión patética de valentía en el rostro del chico.
—Suéltala antes de que te rompa la mano con la que firmas tus préstamos, Joel. —Mi voz no se alzó, pero el tono fue suficiente para que él diera un paso atrás, aunque sus dedos todavía rozaran el brazo de ella.
—Ella no es un objeto, Cavalli. No puedes comprar a una persona —escupió Joel, intentando mantener la compostura.
—En este mundo, todo lo que tiene un precio puede comprarse —me detuve justo frente a ellos, ignorando al intruso para clavar mi mirada en Elena—. Y tu padre le puso a ella una etiqueta de diez millones de dólares. Una etiqueta que yo pagué en efectivo.







