Mundo ficciónIniciar sesión**DAMIAN**
Elena me miró con una mezcla de humillación y furia. Sus ojos brillaban, pero no se movió hacia él. Sabía que estaba atrapada.
—Vámonos, Elena. Mi coche está abajo —insistió Julián, ignorándome—. No tienes que pasar por esto.
—Dile, Elena —la desafié, dando un paso más hasta quedar a milímetros de ella—. Dile quién pagó la fianza de su hermano el mes pasado. Dile de quién es el banco que sostiene la hipoteca de la galería de arte que él tanto presume.
Ella parpadeó, confundida, y luego miró a Julián. El silencio de él fue su respuesta.
“Creen que pueden jugar al héroe en mi propio tablero”.
—¿Tú también? —susurró Elena, su voz rompiéndose—. ¿Tú también le debes dinero a él?
—Era la única forma de salvar el negocio, Elena… —empezó a balbucear Julián, pero la decepción en el rostro de ella fue absoluta.
Tomé a Elena del brazo con firmeza y la atraje hacia mi costado. Esta vez, ella no opuso resistencia. Estaba rota por dentro, y yo era el único soporte sólido que le quedaba, por muy letal que fuera.
—Vete de aquí, muchacho. Antes de que decida que tu deuda ha vencido esta misma noche —sentencié.
Julián nos miró una última vez antes de dar media vuelta y desaparecer por las puertas de cristal de la gala. Me quedé solo con ella en la penumbra de la terraza. El viento agitaba los bajos de su vestido negro, y el aroma de su perfume, mezclado con el aire nocturno, empezó a nublar mi juicio.
Elena se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, pero no se alejó. Se apoyó en la barandilla de piedra, respirando con dificultad.
—Es usted un demonio —murmuró, sin mirarme—. Tiene a todo el mundo atado de pies y manos.
—Se llama previsión, Elena. No dejó nada al azar.
—¿Incluso a Julián? ¿También era parte de su plan que él apareciera hoy?
—Fue una coincidencia afortunada —mentí con naturalidad. En realidad, sabía que él estaría allí, pero no esperaba que tuviera la audacia de tocarla—. Pero me ha servido para que entiendas una cosa: no hay nadie que pueda salvarte de mí. Nadie es lo suficientemente limpio ni lo suficientemente rico.
Me acerqué a ella, rodeándola con mis brazos sin llegar a tocarla, atrapándola contra la barandilla. El calor de su cuerpo era una invitación silenciosa que mi autocontrol luchaba por ignorar.
—Podría haberme ido con él —dijo ella, levantando la vista. Sus labios estaban a escasos centímetros de los míos—. Podría haber escapado.
—¿Y dejar a tu padre a mi merced? No eres tan egoísta, Elena. Tu orgullo es grande, pero tu lealtad es mayor. Y eso es exactamente lo que te hace mía.
“Deseo besarla hasta que olvide que alguna vez existió otro hombre, hasta que su piel recuerde únicamente el calor de mis labios. Deseo marcarla con la intensidad de mi amor, para que el mundo entero sepa que su libertad se ha rendido voluntariamente al fuego de nuestra pasión”.
Elena soltó un suspiro trémulo. Sus manos subieron a mis hombros, no para empujarme, sino para sostenerse. El contacto de sus dedos sobre la tela de mi esmoquin me hizo tensar cada músculo.
—Solo soy una deuda para usted, Damián. Recuérdelo.
—Eres la deuda más placentera que he cobrado en mi vida —bajé la cabeza, rozando su mejilla con la mía—. Y todavía falta mucho para que terminemos de ajustar las cuentas.
La tensión entre nosotros era casi física, una corriente eléctrica que amenazaba con incinerar el contrato que nos unía. Por un segundo, creí que ella acortaría la distancia, que se entregaría a esa atracción prohibida que ambos intentábamos negar. Pero entonces, el ruido de unos aplausos provenientes del interior nos devolvió a la realidad.
—Se acabó la fiesta —dije, recuperando mi máscara de frialdad—. El coche nos espera.
El viaje de regreso a la mansión fue diferente al anterior. Ya no había espacio entre nosotros en el asiento trasero. Elena estaba sentada a mi lado, tan cerca que podía sentir el roce de su muslo contra el mío con cada movimiento del vehículo. No decía nada, pero su mano descansaba sobre el asiento, a pocos milímetros de la mía.
“Está asustada, pero también está empezando a despertar”.
Dejé que mi mano cubriera la suya, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Sus dedos se tensaron bajo los míos, como si dudara entre resistirse o ceder; sin embargo, no retiró la mano. Me permitió entrelazar nuestros dedos, un gesto sencillo que para mí se sintió como una pequeña victoria, una conquista mayor que resonó en mi pecho con una mezcla de alivio y esperanza.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó ella, mirando por la ventana las luces borrosas de la ciudad.
—Ahora vas a aprender a ser una Cavalli. Mañana empezará tu entrenamiento para manejar las empresas de tu familia bajo mi supervisión. Si quieres salvar el legado de tu padre, tendrás que trabajar para mí.
—¿Y por las noches? —preguntó, girándose para mirarme. Sus ojos desafiantes habían regresado.
—Por las noches serás mi esposa. Y cumplirás con cada una de las reglas de esta casa.
El coche se detuvo frente a la imponente mansión, cuyos ventanales reflejaban las luces del atardecer. Antes de bajar, me incliné hacia ella, atrapando su mirada en la penumbra del interior, donde el tenue resplandor del tablero iluminaba apenas sus ojos, profundos y llenos de misterio.
—Mañana te daré el primer documento sobre el pasado de tu padre. Pero cada secreto tendrá un precio, Elena. Nada es gratis conmigo.
—¿Y qué quiere a cambio de la verdad? —su voz era un susurro cargado de una tensión que hizo que mi pulso se acelerara.
—Eso lo decidiremos en la habitación —respondí, abriendo la puerta y bajando del auto para ofrecerle mi mano.
Sabía que la estaba llevando al límite, que cada palabra y cada gesto eran una chispa en un campo minado. Pero en este juego de poder, donde cada movimiento era una estrategia calculada, solo uno podía tener la corona. Y yo, con cada fibra de mi ser, no pensaba ceder la mía.







