Mundo ficciónIniciar sesión**DAMIAN**
Me acerqué a ella, ignorando su intento de retroceder. Tomé su mentón con firmeza, obligándola a mirarme. Sus labios estaban entreabiertos, y por un segundo, la tensión en la habitación se volvió tan espesa que el aire pareció escasear.
—Vas a sonreír como si yo fuera tu salvación, Elena. Porque si el mercado sospecha que este matrimonio es una transacción, las acciones de tu padre caerán a cero y él terminará en la calle antes del mediodía. ¿Entendido?
“Su piel es tan suave como recordaba, pero su orgullo es lo que realmente quiero quebrar”.
—Es usted un monstruo —murmuró ella, aunque no apartó la mirada.
—Un monstruo que acaba de comprar tu lealtad. No me hagas perder la paciencia. Tienes treinta minutos.
Salí de la habitación sin mirar atrás, sintiendo el peso de su mirada cargada de odio en mi espalda. Bajé al salón principal, donde Mónica, mi jefa de relaciones públicas, ya revisaba una serie de bocetos en su tableta.
—Señor Cavalli, la prensa está ansiosa por la primera foto oficial. ¿La señora está lista? —preguntó la mujer sin levantar la vista.
—Lo estará. Asegúrate de que parezca una reina, Mónica. Una reina que ha encontrado a su rey.
—¿Y si ella se resiste?
—Elena es inteligente —respondí, sirviéndome un café negro—. Sabe que su seguridad depende de lo bien que mienta hoy.
Treinta minutos después, Elena bajó las escaleras. Llevaba un vestido verde esmeralda que resaltaba la palidez de su piel y la intensidad de sus ojos. El equipo de maquillaje había hecho un trabajo impecable ocultando su cansancio, pero no podían borrar la rigidez de sus hombros.
—Impresionante —admitió Mónica, acercándose para ajustar un mechón de cabello—. Señor Cavalli, necesitamos una toma en el sofá. Cerca. Muy cerca.
Elena me miró con una mezcla de horror y desprecio. Caminé hacia ella y le ofrecí mi mano.
—Es el momento del espectáculo, querida —dije con una ironía que solo ella podía detectar.
—Si me toca más de lo necesario, le juro que…
—¿Que… qué? —la interrumpí, rodeando su cintura con mi brazo y atrayéndola hacia mí con un movimiento posesivo—. Sonríe, Elena. Cada una de tus muecas cuesta un millón de dólares.
Nos sentamos en el sofá de cuero blanco. Mónica dirigía a los fotógrafos mientras yo deslizaba mi mano por el costado de Elena, sintiendo cómo se tensaba bajo el fino tejido del vestido. Ella apoyó una mano en mi pecho, supuestamente en un gesto de afecto, pero sentí cómo sus uñas se clavaban sutilmente en la tela de mi camisa.
—Mírense a los ojos —ordenó el fotógrafo—. Como si no hubiera nadie más en la habitación.
Giré la cabeza y me encontré con su mirada. Estaba ardiendo. No era amor, era una furia líquida que me desafiaba a dar un paso más. Me acerqué a su oído, fingiendo un susurro romántico para la cámara.
—Si sigues mirándome así, la gente va a pensar que quieres devorarme aquí mismo.
—Prefiero morir de hambre antes que tocar un centímetro de usted por placer —respondió ella entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta para el flash.
—Qué lástima. Porque para la foto de portada, necesito que parezca que no puedes vivir sin mis labios.
Sin darle tiempo a reaccionar, puse mi mano en su nuca y la obligué a inclinar la cabeza hacia atrás. No la besé, pero me detuve a milímetros de su boca. Podía sentir su respiración errática golpeando mi rostro. Sus ojos se dilataron y, por un instante, la máscara de odio se agrietó para revelar algo mucho más peligroso: atracción.
—Excelente —exclamó Mónica—. Esa tensión es justo lo que necesitamos. El público va a enloquecer.
Me aparté con una lentitud deliberada, disfrutando de la confusión en su rostro. Elena se levantó de inmediato, alisándose el vestido con manos temblorosas.
“Sabe que la atracción está ahí, y eso la aterra más que mis amenazas”.
Una vez que el equipo se retiró, el silencio volvió a inundar la mansión, envolviendo cada rincón como una densa niebla. Elena se quedó de pie junto al gran ventanal, sus manos rozando ligeramente las cortinas de terciopelo. Observaba el jardín con una mezcla de melancolía y anhelo, como si buscara una salida que no existía, mientras las sombras de los árboles danzaban bajo la tenue luz de la luna.
—Ya tienes tus fotos, Damián. ¿Puedo volver a mi cautiverio ahora? —su voz sonaba cansada, despojada de la chispa de hace unos momentos.
—Aún no. Tenemos que revisar la agenda de la gala benéfica de mañana. Es la presentación oficial ante la junta directiva de tu padre.
Ella se giró, su rostro palideciendo aún más.
—¿La junta de mi padre? Ellos me conocen desde que era niña. Van a saber que algo está mal.
—No si te comportas como la mujer que acaba de salvar el legado familiar. —Me acerqué al bar y serví dos copas de vino tinto. Le tendí una, pero ella no la tomó—. Bebe, Elena. Te ayudará a relajar ese cuerpo que parece de piedra.
—No quiero nada de usted. Nunca se sabe qué cochinadas le ha puesto al vino.
—Tonta… ¿Incluso si te dijera que tengo documentos que podrían limpiar el nombre de tu padre? —solté el anzuelo, observando cómo sus ojos se iluminaban con una esperanza dolorosa.
—¿De qué está hablando? Usted dijo que él era un ladrón.
—Lo es. Pero hay otros que robaron más que él y lo usaron como chivo expiatorio. Si juegas bien tus cartas en este matrimonio, tal vez te entregue las cabezas de los verdaderos responsables.
Elena dio un paso hacia mí, la distancia de seguridad desapareciendo por completo.
—¿Por qué me dice esto ahora?
—Porque necesito que estés motivada. El odio es un gran motor, pero la esperanza es mucho más manejable.
La tomé del brazo y la atraje hacia la luz de la lámpara. Sus ojos buscaban una mentira en los míos, pero solo encontraron la frialdad de mi determinación. En ese momento, un sobre que estaba sobre la mesa auxiliar llamó su atención. No me dio tiempo a detenerla. Ella lo tomó y sacó una fotografía antigua.







